La revolución iba en serio | Letras Libres
artículo no publicado

La revolución iba en serio

Carlos Granés

La invención del paraíso. El Living Theatre y el arte de la osadía

Madrid, Taurus, 2015, 272 pp.

Carlos Granés (Bogotá, 1975) publicó en 2011 El puño invisible, un ensayo amplio y ambicioso sobre las vanguardias artísticas y su relación con la cultura, la política y el capitalismo. La invención del paraíso se centra en un caso particular: las aventuras del grupo de teatro Living Theatre, fundado por Julian Beck y la recientemente fallecida Judith Malina. El libro, que combina con destreza la narración y la reflexión, cuenta dos episodios principales: por una parte, la gira del grupo por Estados Unidos en 1968 y 1969 con el espectáculo Paradise Now, una obra que duraba varias horas, donde los actores y el público compartían una especie de éxtasis y acababan desnudos y corriendo por la calle; por otra, su estancia en el Brasil de la dictadura militar, que acabó en su detención y expulsión del país. Son dos experiencias de la revolución cultural: una en una sociedad abierta y otra en una sociedad cerrada.

Lectores de Artaud y seguidores del dadaísmo, Malina y Beck contribuyeron a popularizar la vanguardia europea en Estados Unidos. Como buena parte de la izquierda del siglo XX, creían en la idea del Hombre Nuevo. Pero su estrategia no era alcanzar el poder y producir desde allí un cambio en la sociedad, sino lograrlo a través del arte: pretendían provocar una alteración en las conciencias que conduciría a la transformación social.

La libertad sexual, ciertas actitudes y las drogas los acercan a otros movimientos contemporáneos, pero tenían algo anticuado. Para Granés, aunque durante un tiempo parecieron antagónicos, el capitalismo y la vanguardia eran proyectos que tenían mucho en común: “Las vanguardias artísticas, así tuvieran como meta acabar con el capitalismo, en realidad compartían el mismo espíritu de renovación, ruptura y rebeldía [...] Puede que los vanguardistas despreciaran a los capitalistas; puede que fueran sus más enconados enemigos y vieran en ellos la peste que lo corrompía todo, pero en realidad estaban más cerca de lo que creían. Ambos eran piedras angulares del proyecto moderno.” El primero en entender que podían tener una coexistencia feliz fue Salvador Dalí, que supo sacar “rédito comercial a la rebeldía y a la locura creativa”. Por otra parte, uno de los legados de los años sesenta es que la revolución vende, y mucho. Pero esa concepción materialista era ajena al Living Theatre, como también parece serlo cualquier rastro de ironía. Al leer este libro a veces triste y en ocasiones cómico, da la impresión de que en su vida había una buena cantidad de diversión, idealismo y espíritu ácrata, pero no tanto sentido del humor ni de lo práctico. En 1963 atribuyeron la clausura de su teatro a la censura gubernamental: por supuesto, no creyeron que la agencia tributaria estadounidense, el irs, les cerraba el local porque nunca habían pagado impuestos. La gira de Paradise Now, además de ser un éxito de público y una fuente de escándalos y detenciones, estuvo llena de problemas logísticos (que tenían consecuencias en la salud de los miembros de la compañía) y económicos (los engañaron, el irs detectó nuevas deudas). Cuando viajaron a Brasil, en buena medida fue por un malentendido: Zé Celso los invitó animado por una mezcla de entusiasmo y alcohol. Malina y Beck pensaban que sus obras eran una forma de lucha eficaz contra la dictadura. Otra de las peculiaridades de los fundadores del Living Theatre, que los distingue de otros movimientos de extrema izquierda de esa época, y que supuso una fuente de tensiones en el grupo, fue el firme rechazo a la violencia.

Una de las ideas centrales de La invención del paraíso es que la transgresión artística no amenaza al poder en una democracia, aunque, y esto es algo que resulta evidente en el libro, los Estados Unidos del Living Theatre eran menos tolerantes que las democracias contemporáneas. Pero lo que puede ser un escándalo irrelevante en una sociedad abierta se convierte en algo mucho más serio en una dictadura. Hay ejemplos actuales, como el caso de Pussy Riot en la Rusia de Putin o las piezas de Ai Weiwei en la China contemporánea, en los que gobiernos autoritarios se sienten amenazados por la transgresión artística y actúan en consecuencia. En esos regímenes, parafraseando el título del ensayo de Ramón González Férriz, la revolución no es tan divertida. Y la transgresión es peligrosa. “En Nueva York –anotó Malina en su diario– la paranoia es una manera de jactarse del propio coraje; en París quiere decir que estás metido en asuntos peligrosos. Pero eso son juegos de niños.”

La experiencia brasileña estuvo llena de paradojas. El Living Theatre quería despertar la conciencia de la opresión de la dictadura montando en las favelas una obra inspirada en Sacher-Masoch, en torno a la dialéctica sadomasoquista del amo y el esclavo, pero el régimen los detuvo por su estilo de vida y no por su teatro: lo personal fue lo político. “La fuerza sediciosa de la individualidad solo se percibe en sociedades cerradas, en especial en las dictaduras y las teocracias, donde la torpeza de esos gestos autoexpresivos rompe con la perfección del sistema y siembra la amenaza del caos”, escribe Granés. Una gran campaña internacional, en la que participaron desde Jean-Paul Sartre a Marlon Brando, pasando por Jane Fonda, Marshall McLuhan, John Lennon y Alberto Moravia, y el apoyo de su país de origen (donde creían que imperaba un régimen fascista) permitió la salida de los estadounidenses, mientras que los brasileños siguieron presos y sufrieron torturas. En la orden de expulsión el general Médici decía que el Living Theatre era “una amenaza para la seguridad nacional”.

Granés está lejos del Living Theatre. Sus preferencias estéticas, su concepto del ser humano y su visión de la política son muy distintos a los de Beck y Malina: quizá eso le hace soslayar que el pop y la vanguardia también han contribuido a que las sociedades abiertas sean más tolerantes. Al mismo tiempo, muestra una simpatía casi nostálgica por el idealismo quijotesco y libertario del Living Theatare, y un placer contagioso en la narración de su peripecia. Esa tensión, que nunca termina de resolverse, alimenta este libro admirable. ~