La pregunta por el género | Letras Libres
artículo no publicado

La pregunta por el género

Martin Amis

La Zona de Interés

Traducción de Jesús Zulaika y Ernest Riera

Barcelona, Anagrama, 2015, 312 pp.

¿Qué hilo unirá una investigación con el género de un libro? ¿Por qué los mismos viajes o las mismas lecturas a veces se convierten en ficción y otras en poesía, en ensayo, en crónica? A juzgar por las ocho páginas del epílogo de La Zona de Interés, Martin Amis acumuló tanto material sobre el nazismo para la escritura de esta novela como, en su momento, sobre el estalinismo para el ensayo autobiográfico Koba el Temible (Anagrama, 2004). Me interesan los mecanismos mentales por los que un escritor decide qué género está en la misma frecuencia de las obsesiones, los intereses, las intenciones del libro que se propone escribir. Parece claro que ambos libros son absolutamente complementarios. Amis ha alcanzado un conocimiento enciclopédico de los años cuarenta europeos y es capaz de observar con un ojo el caso alemán y con el otro el caso soviético. Es sabido que la mirada es la superposición de esas dos miradas independientes. Tanto es así que el principal asesino nazi de la novela habla por momentos como el mismísimo Stalin. Su esposa nos lo confiesa al final. No era necesario, en términos estrictamente narrativos, porque el lector debía descubrirlo por sí mismo. Pero tal vez sí lo fuera en términos más intangibles: la distancia del escritor respecto a sus personajes, la construcción de una dimensión ética del relato. Es ese imperativo el que más me interesa para pensar una novela que es consciente de moverse por una zona tan atractiva como problemática. La zona sobre la que más ha reflexionado la filosofía moral contemporánea.

La Zona de Interés tiene una estructura trimembre. Cada capítulo se divide en tres partes, cada una de ellas enfocada en un personaje: el seductor Golo, sobrino de un jerarca nazi, con un trabajo técnico en los campos; el psicópata Doll, casado, con hijos, con amantes, máximo responsable del campo; y Szmul, Sonderkommando, colaborador judío. Mientras las voces se alternan, al fondo se va consumiendo la Segunda Guerra Mundial y se va consumando el genocidio de millones de seres humanos, mientras el nazismo se representa con un sinfín de decisiones tomadas sobre la marcha, como una negociación imposible entre los egos más dopados de la historia contemporánea, bajo la batuta de la persona más incomprensible que haya existido.

En el centro del relato de Amis hay una indagación sobre la empatía: “Uno nunca está en el lugar de nadie”, leemos en la página 74, “nadie se conoce a sí mismo”, prosigue Doll: “Y entonces llegas a la Zona de Interés, y ella te dice quién eres.” En ese momento el antagonista de la novela nos revela la que podría ser su tesis implícita: un asesino nazi es exactamente lo opuesto de un novelista. Mientras que el trabajo de este consiste en ponerse continuamente en el lugar de los otros (aunque sean ficciones), la esencia del nacionalsocialismo no fue solo la negación de la humanidad de los judíos o de los enemigos, sino también la erradicación de lo humano en la intimidad de los propios alemanes. Pero en la Zona de Interés, en un campo de la muerte, en ese lugar inhóspito, en la frontera de lo humano y el abismo, sucede lo inesperado: el amor. O, al menos, el enamoramiento. O, como mínimo, una atracción física que se puede confundir con esos sentimientos más profundos, porque el contexto cataliza precisamente la confusión. La inesperada pareja está conformada por la esposa de Doll y por el protagonista, Golo, quien tras el fin de la guerra colaborará con los aliados y se justificará a sí mismo como una suerte de “exiliado interior”. Esa categoría, según W. G. Sebald, es imposible. Como lo es la epifanía moral que plantea Amis en el clímax conceptual de su novela: el amor hace que Golo se dé cuenta de su mezquindad (“aborreciéndome, lo sucio y enteco que había permitido que se volviera mi corazón”); y, a renglón seguido, que se identifique con un artista, alguien que se define por “lo diametralmente opuesto de lo que llamamos dar las cosas por sentado”. Ambas ideas, una insinuada, la otra manifiesta, me parecen igualmente brillantes. En efecto, los mejores novelistas (Céline es la excepción) son antinazis, o al menos sus obras consiguen idear mecanismos de distancia para que funcionen al margen de la ideología de quien las ha escrito. Y es cierto que el artista no da nada por supuesto: cada obra es una investigación sin un punto de partida claro, sin un camino preestablecido, una ráfaga de descubrimientos.

Pero esas palabras están puestas en boca de nazis. En la página 233 Amis va más lejos: le hace decir a Doll un verso intervenido de Paul Celan (“La oscuridad es un maestro oriundo de Alemania”). Al final del libro, en la dedicatoria, encontramos tanto ese nombre como el de Primo Levi, junto al de la suegra, los hijos y la esposa de Amis, Isabel Fonseca, todos ellos descendientes de judíos. Quiere dejar claro de qué lado está. Ha entrado, con las armas de novelista, en la Zona de la Oscuridad; pero en el epílogo y en los agradecimientos quiere manifestar, con las armas del ensayista y del ser humano, que él conoce los límites. Que el suyo ha sido un riesgo controlado.

Camille de Toledo explicó en El haya y el abedul. Ensayo sobre la tristeza europea (Península, 2011) que la generación de Amis dictó las reglas de una suerte de pedagogía de la memoria, de una visión socialdemócrata de la memoria histórica, al tiempo que convertía en programa político el deber de memoria. Si Levi, Celan, Jorge Semprún o Jean Améry escribieron desde las entrañas de la experiencia, sus hijos simbólicos lo hicieron desde la formalización, la fascinación, la culpa, la moda o, incluso, como Claude Lanzmann, desde la reglamentación. Los nietos firman películas como The Act of Killing. Y en ese nuevo contexto, el gesto de Amis resulta extemporáneo. Y con “gesto” me refiero al epílogo y a la dedicatoria. Porque la novela, con su atrevido planteamiento y con su humor negro, se acerca a la película de Joshua Oppenheimer sobre las masacres en Indonesia; pero el epílogo y la dedicatoria sitúan el libro en el marco de los memoriales y los museos del siglo XX.

La Zona de Interés es una buena novela, muy inquietante por momentos, que juega a la perfección con las convenciones del relato de intriga y de la narrativa amorosa, con voces verosímiles en las que las obsesiones, la poesía y la depravación conviven con solidez, extraordinariamente documentada. Y sin embargo, si al final optó por explicar que en la voz de Doll estaba también la de Stalin, si al final compensó el verso intervenido de Celan con la dedicatoria, si al final añadió varios párrafos para justificar con fuentes que las mujeres de la ficción son absolutamente verosímiles, me pregunto por qué Amis no optó por el ensayo o por la crónica para explorar esos agujeros negros. ~