La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina | Letras Libres
artículo no publicado

La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina

En la “Nota de lecturas” que cierra Sefarad (2001), Antonio Muñoz Molina cita los libros “que más me alimentaron mientras escribía”. La nómina es bastante breve si se tiene en cuenta la extensión y la ambición del proyecto: narrar –aunque sea por sinécdoque– el Exilio a partir de pasajes extraídos de la historia de España, del nazismo y del estalinismo. Destaca la importancia de Jean Améry y de Primo Levi; menciona que no tiene noticia de que ninguna editorial española “se haya interesado” por la publicación de Par-delà le crime et le châtiment; y, sobre todo, escribe: “Lo que se puede aprender sobre el ser humano y sobre la Historia de Europa en el siglo XX en esos tres volúmenes [de Levi] es terrible y también aleccionador, y honradamente no creo que sea posible tener una conciencia política cabal sin haberlos leído, ni una idea de la literatura que no incluya el ejemplo de esa manera de escribir”. El texto está fechado en diciembre de 2000. Al año siguiente, la editorial Pre-Textos, que ya había publicado Levantar la mano sobre uno mismo, distribuyó en las librerías españolas Más allá de la culpa y la expiación, en su voluntad de dar a conocer en nuestra lengua a Jean Améry. En el año 2009 en que aparece La noche de los tiempos la mayoría –si no todos– de los libros que Muñoz Molina citaba en inglés o en francés en el cambio de siglo (y muchísimos otros sobre el mismo tema) se encuentran disponibles en nuestro idioma. Vista en perspectiva, Sefarad es una novela pionera. En 2001 se publicó también Soldados de Salamina; en 2004, El vano ayer. En esos mismos años, sin la misma ambición de narrar la historia del siglo XX desde un lugar inédito, proliferaron –y lo siguen haciendo– relatos sobre la Guerra Civil y el franquismo escritos en clave realista, con o sin la participación de la autoficción. Ninguna otra novela española se ha atrevido a novelizar la Europa de los años treinta y cuarenta, tal vez porque Sefarad (con su hibridación de lo biográfico y lo ficcional) no es una obra completamente lograda y, por tanto, no se constituyó en modelo. Los escritores locales se concentraron en la historia local, mientras los también europeos Sebald, Littell y Enard (por no hablar del norteamericano Vollmann) se atrevían con Europa entera. Los libros de esos cuatro autores también se han traducido al español. Por todo ello la nueva novela de Muñoz Molina me suscita un sinfín de preguntas.

Hay que decir, de entrada, que es una buena novela. Narra la complejidad del exilio de Ignacio Abel, arquitecto de la Ciudad Universitaria de Madrid, hombre casado, padre de dos hijos, de ideología socialista pero con parientes políticos católicos y fascistas. Una complejidad que se expresa en el doble proceso que vive el protagonista, simultáneamente: el alejamiento del proyecto político español y el alejamiento de la propia familia, a causa de su enamoramiento de una joven estadounidense. De hecho, quizá la característica fundamental de su personalidad sea la lejanía: de sí mismo y de los otros, como si su mirada hacia adentro y hacia fuera se centrara en el cálculo de estructuras y no en los contenidos que esas estructuras albergan. Ambos procesos confluirán en su propio exilio en los Estados Unidos, en una de cuyas universidades acabará dando clases. La documentación que permite la recreación histórica se adivina exhaustiva: Madrid es descrito con un altísimo grado de verosimilitud; los personajes reales que aparecen en la ficción (como Bergamín, Azaña o Zenobia Camprubí) son dibujados con la misma tridimensionalidad que los ficticios (aunque Adela, la esposa traicionada, tenga mucha más profundidad que Judith, la norteamericana romántica). Toma bien el pulso a la época, con la filosofía y la poesía española como telón de fondo, como se observa en la lorquiana y juanramoniana conferencia que Abel imparte sobre arquitectura popular (“el rigor cubista de los pueblos blancos andaluces”). Los momentos climáticos son ciertamente sobrecogedores (la bofetada al hijo, el descubrimiento de la infidelidad, el arresto y su violencia, el encuentro final de los amantes). Está escrita con precisión y con elegancia, en una prosa amable que fluye por los meandros de la subordinación.

Veo que el tono de la novela se está contagiando a esta reseña (“meandros”). La metáfora fluvial sintoniza con la forma en que Muñoz Molina administra la temporalidad de su relato. No se trata de una novela lineal: los saltos temporales son continuos. Pero el lector no pierde jamás de vista en qué punto de la narración se encuentra. No estamos ante curvas vertiginosas ni ante esquinas imprevistas: estamos ante meandros que nos conducen suavemente por la arquitectura de la memoria. Para el retrato psicológico de Judith Biely, Muñoz Molina invoca dos nombres: Galdós y Dos Passos. Tanto la literaturización de la ciudad como la estructura temporal están mucho más cerca del primero que del segundo. Sólo en algunas escenas en que el caos bélico invade las calles de Madrid e Ignacio Abel deambula como un sonámbulo por la metrópolis violenta, el autor recurre a la enumeración aproximadamente caótica para comunicar la aceleración de la vida urbana en un contexto de crisis (“La realidad se quebraba en imágenes inverosímiles que de pronto se volvían comunes, con la súbita discontinuidad de una película en la que faltan fotogramas”); pero incluso entonces existe tal control de la narración y del lenguaje (sin fisuras, sin dudas) que es difícil olvidar que un narrador omnisciente, galdosiano y no modernist, está elaborando esas escenas tres cuartos de siglo después. Porque, en efecto, el narrador es omnisciente, pero flirtea con un yo que adivinamos real –como ocurre en otras ficciones de Muñoz Molina. “Importa la precisión extrema. Nada real es vago”, leemos en la página 22; y en la 577, “Toco las hojas de un periódico […] ahora sí estoy tocando algo que pertenece a la materia de aquel tiempo”.

La posible aportación de La noche de los tiempos al cansino subgénero de la Guerra Civil se encuentra en la voluntad de llevar a cabo un retrato sin maniqueísmo, en que las barbaridades de la guerra sean atribuidas por igual a los responsables de ellas, miembros de cualquiera de los muchos bandos que la protagonizaron. Aunque Abel tenga una mirada un tanto machadiana, aunque defienda una visión contra-esencialista del paisaje español, aunque sea un declarado socialista, no es un fanático. Es capaz de ver gracias a un espíritu crítico forjado en el estudio y en una experiencia determinante en la Bauhaus. No sólo sufre la violencia de las facciones conglomeradas en el bando republicano, también es capaz de analizar sus causas, para comprenderlas, no para maquillarlas. Su formación germánica, su amistad con un profesor ruso exiliado en España y su amor por una judía norteamericana amplían, además, el marco de reflexión y sitúan el caso español en el mapa global. Estilística, técnica y conceptualmente, La noche de los tiempos es una novela superior a Sefarad. Más equilibrada; con un mejor acabado. Pero ésa no es la cuestión de fondo. Porque la lectura de la novela no consigue apagar las preguntas que, (im)pertinentes laten en el fondo de la literatura de esta primera década del siglo XXI. ¿Qué sentido tiene escribir otra novela sobre la Guerra Civil? ¿Son necesarias esas mil páginas? ¿Tiene en cuenta La noche de los tiempos la existencia previa de Lefeu o la demolición, de Austerlitz, de Las benévolas, de Zona, de Europa Central? Si lo hace: ¿por qué apuesta por un lenguaje propio del cambio del siglo XIX al XX en vez de hacerlo por un lenguaje propio de nuestra época? Y sobre todo: ¿dónde han quedado el ejemplo de Jean Améry y de Primo Levi? Testigos directos del horror, se negaron a perpetuar la noche del realismo decimonónico para retratarlo. Por eso inventaron un idioma personal. Ésa es la única opción del arte. ~