La literatura norteamericana y otros ensayos, de Cesare Pavese | Letras Libres
artículo no publicado

La literatura norteamericana y otros ensayos, de Cesare Pavese

De forma póstuma, Einaudi publica en 1951, con un jugoso prólogo de Italo Calvino, La literatura norteamericana y otros ensayos, un florilegio con los más distinguidos artículos del autor de Un bello verano escritos entre 1930 y 1950 sobre su adorada literatura norteamericana, las relaciones entre literatura y sociedad (entre creación literaria y compromiso político) y la teoría de la expresión poética, un volumen que Calvino enseguida entendió como la autobiografía intelectual de Pavese, que contribuye a establecer las bases de lo que décadas más tarde se dio en llamar world literature –por encima del sistema de literaturas nacionales opera una macroestructura promiscua de tradiciones trenzadas– y, por encima de todo, que revela las inacabables virtudes del autor piamontés como lector –lean su primoroso artículo “Leer”– estimuladas por su oficio de traductor y, desde 1937, de editor en Einaudi, seleccionando buenos libros de narrativa, poesía y ensayo extranjeros y gestionando sus traducciones en la editorial de Turín. La literatura norteamericana y otros ensayos, felizmente reeditada ahora con todos los honores, es un modelo de lectura perspicaz y de amplitud de horizontes artísticos concebido, en su mayor parte, en una época en la que los creadores italianos escribían bajo el yugo del fascismo pacato y censor –piense el lector que, en 1926, el subsecretario de Bellas Artes advierte que ¡será perseguido por la ley quien imite el estilo de un extranjero!–, un régimen que estrechaba el panorama intelectual de entreguerras y pedía a gritos un espacio estimulante y redentor que para los escritores italianos se encarnó en la literatura norteamericana, más próxima desde que en 1941 Elio Vittorini publicó en Bompiani Americana, la célebre antología de cuentos y fragmentos de novela desde Washington Irving a John Fante, con traducciones de Moravia, Vittorini, Pavese o Montale, un volumen de verdadera enjundia que significó la madurez del mito italiano de Norteamérica como tierra de promisión intelectual y la obra, claro está, que avaló y le dio carta de naturaleza a La literatura norteamericana y otros ensayos, una obra adscrita al llamado mito de América que iluminó la obra de Vittorini, Moravia o Pavese desde que este último publicara su ensayo acerca de Sinclair Lewis, en 1930, hasta su suicidio, veinte años más tarde, en el funesto hotel de Turín.

Pavese quedó deslumbrado por la poesía audaz de Walt Whitman, muy presente a lo largo y ancho del volumen que nos ocupa, y enseguida se consagró a la traducción de títulos bien significativos de la modernidad narrativa anglosajona, Nuestro señor Wrenn, de Sinclair Lewis, en 1931, e inmediatamente Moby Dick, de Herman Melville, uno de sus ídolos literarios (también tradujo Benito Cereno), y Arroz negro de Sherwood Anderson, en 1932, y más tarde Retrato del artista adolescente de Joyce, en 1934 y para Frassinelli, dos obras maestras de John Dos Passos, Paralelo 42 en 1935 y Un montón de dinero en 1937, ambas en Mondadori, y la Autobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein, en 1938. Adalid de la renovación artística, lector sumamente atento a las novedades de otros mercados y tradiciones narrativas y valedor del estilo por encima de cualquier otro aspecto literario –“¿Hay que concluir que en la narrativa todo es estilo, como en la natación? Evidentemente; pero siempre y cuando por estilo se entienda toda la composición (palabras, pasajes, punto de vista, ritmo y recurrencias)”, escribe en su celebérrimo artículo “Narrar es monótono”–, Pavese impulsó la traducción de autores de estilo palmario y novedoso, como William Saroyan, Malcolm Lowry, cuyo Bajo el volcán recomendó a Einaudi pocos meses después de que apareciera la edición original, o Hemingway, uno de los autores a los que más respetó, de cuyas traducciones se pudo ocupar durante un tiempo, encargando las de Los cuarenta y nueve relatos, Verdes colinas de África o Adiós a las armas, y al que le dedica una jocosa carta imaginaria en El oficio de vivir (“Did you ever seen Piadmontese hills? You’d like them. Yours, C.P.”).

Pavese encareció siempre la técnica narrativa del escritor. En El oficio de vivir habla de “la técnica moderna de los varios personajes de novela que se autobiografían todos ellos” refiriéndose a Mientras agonizo, y constata que “el artista que no analiza y no destruye continuamente su técnica es un pobre hombre”, de ahí su admiración por William Faulkner (anota la frase central de El ruido y la furia a modo de homenaje espontáneo en carta al camarada Pintor de 1943, “la vida aquí es un tale told by an idiot...”), y su manejo excepcional del monólogo interior, del punto de vista y de la imaginería, si bien la narrativa del autor de Santuario, al que dedica un magnífico artículo, esencialmente representa para Pavese el alejamiento radical del naturalismo de la mano de ciertas inflexiones del punto de vista –“¿Por qué el realismo naturalístico-psicológico no te basta? Porque es demasiado pobre. No se trata de descubrir una nueva realidad psicológica, sino de multiplicar los puntos de vista, que revelarán una gran riqueza”, anota en El oficio de vivir– y al mismo tiempo una concepción mítica y simbólica de la novela como la que vertebra su propia obra, y el empleo en la narrativa sin escrúpulos estéticos de ningún tipo de slang, de habla dialectal. Del mismo modo, aprendió de El cartero siempre llama dos veces, de James Cain, las complejidades del tiempo narrativo, un parámetro esencial en el realismo simbólico con el que quiso siempre definir su estilo.

Su crepuscular La luna y las hogueras (1950) abraza América en su espacio ficcional porque América estuvo en el espacio mental del autor de El diablo en las colinas desde los westerns que vio de jovencito a sus lecturas de Whitman y su pasión por la joven actriz Constance Dowling, que pudo haberle acercado a De Sica como guionista y, por qué no, haberle permitido viajar por fin a los Estados Unidos. En cualquier caso, La literatura norteamericana y otros ensayos es mucho más que la bibliografía oficial del americanismo literario y cultural de Pavese –incluye artículos sobre Lewis, Anderson, Lee Masters, Melville, Dos Passos, Whitman, Faulkner o Stein, al margen de textos sobre clásicos ingleses como Defoe, Dickens, Stevenson o Conrad: es por encima de todo un volumen de referencia si se pretende entender la multiculturalidad, el trasiego comparatista en sus albores o el proceso de enriquecimiento de un estilo literario, y constituye también una reflexión en torno a la cultura encerrada en la ergástula de la política (“El fascismo y la cultura”, “El comunismo y los intelectuales”), una prueba irrefutable de aquel axioma que establece que todo buen escritor es antes un buen lector, y un caleidoscópico ensayo acerca de la creación literaria por encima de lindes geográficas y de límites culturales y lingüísticos, precisamente porque, como el propio Pavese escribe en su sagaz artículo “Leer”, “todo es lenguaje en un escritor que lo sea de veras”. ~


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