La libertad y los fantasmas | Letras Libres
artículo no publicado

La libertad y los fantasmas

Adam Michnik

En busca del significado perdido. La nueva Europa del Este

Traducción de Anna Rubió y Jerzy Sławomirski

Barcelona, Acantilado, 2013, 300 pp.

Ricardo Cayuela escribió que nunca había estado tan cerca de un héroe como cuando entrevistó a Adam Michnik para Letras Libres. Nacido en una familia judía laica, y marxista en su juventud, Michnik (Varsovia, 1946) fue uno de los líderes del movimiento disidente en Polonia: fue encarcelado en varias ocasiones, participó en la literatura samidzat y en Solidaridad, ha publicado ensayos históricos y políticos, y es fundador y director de Gazeta Wyborcza, el periódico más importante de Polonia. En los textos que recoge En busca del significado perdido, Michnik mezcla el periodismo con el ensayo político, la historia, la crítica literaria y la memoria personal para revisar las últimas décadas de Polonia y realizar una defensa del diálogo, la Unión Europea y la democracia liberal, frente a la amenaza del populismo y de la intolerancia. Aunque Polonia parece más a salvo de esos peligros que cuando Michnik escribió los textos, en un momento en que los hermanos Kaczinsky ocupaban el poder, la publicación es oportuna: fuerzas que agitan el miedo, la xenofobia y la demagogia ocupan espacios en buena parte del continente europeo.

En los cuatro primeros ensayos, un aniversario –de la creación de Solidaridad, de la imposición de la ley marcial en el 81, de la caída del comunismo y de la invasión soviética de Hungría en el 56– sirve como pretexto para analizar el paso de Polonia a la democracia. El trayecto no está exento de decepciones y paradojas. El movimiento obrero, fundamental en la oposición al dominio soviético, quedó debilitado cuando el país entró en un nuevo sistema económico. Además, “en la Polonia libre, Solidaridad se vio cada vez más marginada y muchos de sus militantes se sintieron estafados”. En la democracia, el gran líder disidente Lech Wałęsa tuvo aciertos esenciales –orientar el país hacia la Unión Europea y el libre mercado–, pero también graves errores. Se vieron las contradicciones de la Iglesia católica: en Polonia esta institución había defendido las libertades durante la dictadura, pero tras 1989 “aparecieron los fantasmas del integrismo, del triunfalismo, de la intolerancia y de la xenofobia”. Michnik contrapone el orgullo con que se recuerda la Insurrección de Varsovia –que, pese a todo su heroísmo, acabó en “una total y absoluta catástrofe”– con la memoria de la Mesa Redonda de 1989: aunque “abrió a los polacos –y no solo a ellos– el camino pacífico hacia la libertad, es considerada a menudo como un contubernio despreciable y un delito de alta traición”. El libro es autocrítico, pero también reivindicativo: entre los logros, se encuentra “desmontar la dictadura comunista sin derramar ni una gota de sangre, recuperar la soberanía, construir una democracia parlamentaria y una economía de mercado, conseguir un buen crecimiento económico, ingresar en la otan y en la Unión Europea, garantizar unas fronteras estables y establecer buenas relaciones con los vecinos y las minorías étnicas”. Michnik elogia el comportamiento de Wojtyla y Wałęsa. Pero también defiende la actuación puntual de antiguos opresores, como Wojciech Jaruzelski, el dirigente comunista que asumió la responsabilidad por declarar la ley marcial, o Czesław Kiszczak: su papel “durante el estado de guerra fue negativo, pero su papel en las negociaciones de la Mesa Redonda fue positivo. Y hay que decir que resulta más fácil ser el jefe del aparato de represión en un país comunista que traspasar el horizonte de la propia biografía y colaborar en el desmantelamiento de una dictadura”. Aboga por un “idealismo sin ilusiones”, cuyo enemigo es el populismo, que “se nutre del sueño de disfrutar de una vida segura, mientras que la democracia y la economía de mercado no ofrecen sino libertad y responsabilidad de la propia vida”.

En la parte central, Michnik aborda una característica de ese populismo: el instinto de la aniquilación del adversario. El motivo principal es la ley de la lustración, que usaba los archivos de la policía secreta comunista para desacreditar a personas que se habían opuesto al régimen. Para Michnik, se trataba de un contrasentido: en democracia se empleaban los métodos de la dictadura para atacar a quienes opusieron a ella. Y se activaba un celo puritano, que no tenía en cuenta el funcionamiento de un estado totalitario y su capacidad de generar corrupción y calumnias. Michnik realiza calas en la historia de Polonia para estudiar las voces de la “alcantarilla”, cuya pulsión de eliminación a veces puede ser física, como en el caso de Gabriel Narutowicz, asesinado cinco días después de convertirse en presidente. “La muchedumbre abraza ideas vulgares que convierte en verdades absolutas y, aplicando un simplismo maniqueo, cree ser la mismísima personificación del Bien en su lucha contra el Mal. La muchedumbre rechaza lo ambiguo y lo frágil, no entiende de matices –solo ve en ellos debilidad y engaño.” También detecta ese impulso en los ataques que sufrieron en otras épocas Adam Mickiewicz y Czesław Miłosz.

Algunas de las páginas más interesantes de En busca del significado perdido muestran los conflictos entre los exiliados y la oposición interior, y las polémicas de la vida intelectual polaca. La parte final habla de otro aspecto profundamente perturbador de la historia del país: el antisemitismo. Michnik aborda el pogromo de Kielce, que causó la muerte de cuarenta personas en 1946, y contrapone dos textos: el del obispo Kaczmarek y el del obispo Kubina: el primero rechazaba “con razón” la propaganda gubernamental, que había intentado culpar del pogromo a los enemigos del régimen, pero justificaba el crimen y suscribía falacias antisemitas; el segundo era una condena solitaria y sin paliativos. El último ensayo está dedicado a la masacre de Jedwabne, y a la relación de los polacos con el Holocausto, a partir de Vecinos, de Jan Tomasz Gross. Michnik, que recuerda la frase de Montesquieu: “Soy humano por naturaleza y francés solo por casualidad”, explica: “Cuando oigo llamamientos para que confiese mi culpa polaca me siento igual de herido que los actuales vecinos de Jedwabne que están siendo acosados por periodistas del mundo entero. Pero cuando oigo decir que el libro de Gross, que revela la verdad de aquel crimen, es una mentira inventada por una conspiración internacional judía contra Polonia, empiezo a sentirme culpable. Porque estas falaces tergiversaciones son, de hecho, una justificación de aquel crimen.” Observa: “Creo que existe un fenómeno que podría llamarse ‘egoísmo del dolor’. El dolor es siempre egoísta: es nuestra manera de vivir el dolor propio, el de nuestros familiares y el de nuestros amigos. Y el dolor colectivo es también egoísta.” Escribir como la conciencia de un país es una tarea muy difícil, pero Michnik nunca renuncia a mirar los aspectos más incómodos del pasado y del presente. Aúna la firmeza de sus convicciones y la legitimidad que le da su trayectoria con la capacidad de comprensión moral y política: no es equidistancia o ingenuidad, sino un esfuerzo tenaz y valiente, humanista y lúcido, por la convivencia. ~