La idiotez de lo perfecto, de Jesús Silva-Herzog Márquez | Letras Libres
artículo no publicado

La idiotez de lo perfecto, de Jesús Silva-Herzog Márquez



La idiotez de lo perfecto. Miradas a la política reúne cinco retratos que Jesús Silva-Herzog Márquez dedica a pensadores que, como afirma en la introducción, no siendo representativos de otra cosa que del caos y de la riqueza de la centuria pasada, tienen mucho que decirnos, a través de los buenos oficios de un ensayista que se mueve con creciente firmeza entre la academia y la escritura. Por fortuna, Carl Schmitt, el longevo jurista del nacionalsocialismo y a quien está consagrado el primer ensayo de La idiotez de lo perfecto ocupa, actualmente, una posición secundaria en un mundo donde la democracia liberal ha extendido su dominio en unas proporciones que, en 1934, cuando Schmitt ofreció sus saberes a Hitler, hubieran sido consideradas como fantasiosas. Pero no es gratuito que Schmitt haya suministrado cartucho no sólo al fascismo y a los militares criollos que imitaron sus crímenes, sino a algunos de los marxistas que tras 1968 asumieron que a su pensamiento le faltaba teoría política. La confianza que Schmitt puso en la figura del dictador o del caudillo como fuente del derecho y legislador de la excepción es, guardando todas las proporciones, una tentación perceptible en aquellas democracias proclives, como la mexicana, al arrobo populista. La noción schmittiana de democracia, pues la tiene, es anticonstitucional y antiliberal, como lo es un número cada vez más abultado de ciudadanos latinoamericanos.

Más cercanos al temperamento de ese lector liberal que es, en varios sentidos de la palabra, Silva-Herzog Márquez, están Norberto Bobbio, Isaiah Berlin y Octavio Paz, otros de los personajes convocados en La idiotez de lo perfecto. Pero es la figura de Michael Oakeshott, el autor de La política de la fe y la política del escepticismo, la que a Silva-Herzog Márquez le es más cara y a lo cual están dedicadas las páginas que yo calificaría como principales en este libro. Debo confesar que yo no tenía ni la más remota idea de quién era Oakeshott hasta que me lo recomendó, hace un par de años, el propio Silva-Herzog Márquez, de tal forma que he leído, con doble gratitud, ese capítulo de La idiotez de lo perfecto.

En Oakeshott hay una paradoja que Silva-Herzog Márquez comenta y que se aplica con naturalidad al propio comentarista. A Oakeshott (hay un par de libros suyos traducidos al español, en el FCE) le parecía un desorden mental la manía de enterarse todos los días de las noticias, neurosis que quizá compartan conmigo algunos de mis lectores. Pero me imagino que, por razones vocacionales y por imperativo moral, Silva-Herzog Márquez también la padece y que para él la filosofía política, lo mismo que la cocina y la jardinería para Oakeshott, es la forma de ahuyentar la impaciencia, acaso la más inmediata de las pulsiones producidas por la democracia. Oakeshott mismo detestaba todos los planes, incluidos los planes para eliminar los planes, lo cual lo volvió antipático entre los liberales, que lo tenían, en el mejor de los casos, como “el conservador preferido de los liberales”, según leo en La idiotez de lo perfecto.

Pocas cosas, a final de cuentas, resultan simpáticas en una democracia, régimen político basado, como dice Oakeshott, citado por Silva-Herzog Márquez, en “la oscuridad, la turbiedad, el exceso, las componendas, la apariencia indeleble de deshonestidad, la falsa piedad, el moralismo y la inmoralidad, la corrupción, la intriga, la negligencia, la intromisión, la vanidad, el autoengaño y por último, la esterilidad.”

Escaso provecho se saca, además, de la lectura cotidiana, a veces compulsiva, casi siempre tediosa, de periódicos y revistas, incluyendo, naturalmente, la relectura (si la hay) de las opiniones propias, que suelen ser las primeras víctimas de la mudanza de los tiempos. Todas esas sensaciones se acrecientan durante las temporadas electorales, que se asemejan a una feria donde consumir es dañino y no hacerlo más dañino aun. En días como éstos se recomienda, con cierto afán profesoral, la lectura de los clásicos de la política y de la filosofía para aprender a distinguir el trigo de la cizaña, lo efímero de lo trascendente y, a fin de cuentas, aunque sea poco prudente confesarlo, el bien y el mal. Entre quienes se dedican a ese ejercicio del criterio y recurren lo mismo al trazo geométrico que a la vegetación sublime de la filosofía política, está Silva-Herzog Márquez. Sus artículos semanales, como lo ratificará quien lea La idiotez de lo perfecto, resultan ser notas al pie de una página más trascendente, la dedicada a pensar cómo demonios se sobrevive en el mundo canalla e imperfecto pero hasta la fecha insustituible, de la democracia. Silva-Herzog Márquez es de los pocos que se libran, confiablemente, del chantaje de lo inmediato que orquesta la televisión comercial, de la urgencia dictada por la encuesta, de la repetición nauseabunda de la consigna electoral, del perfume barato de la entrevista de banqueta y de la novelería fantasiosa e histérica. De manera retórica me correspondería decir, a estas alturas de la parrafada, que no siempre estoy de acuerdo con él, lo cual sería inexacto porque, al menos, en los últimos años, de manera muy frecuente estoy en sintonía con Silva-Herzog Márquez, lo que me tranquiliza un poco. Compartir una opinión, tener ideas antes que convicciones, en momentos cuando lo que se exige es el acatamiento de profecías, es sentirse menos solo. ~