La Historia, de Elsa Morante | Letras Libres
artículo no publicado

La Historia, de Elsa Morante

A vueltas con la vieja confrontación de la historia individual frente a la historia social, como anduvieron Robert Musil, Primo Levi o Henry Roth, Elsa Morante (Roma, 1912-1985), izquierdista militante, interlocutora de Pavese o Vittorini, escribe de forma febril La Historia (1974), suerte de bandera de la narrativa comprometida contemporánea, de grito continuado de más de seiscientas páginas de rabiosa rebeldía, obsesiva observación social y categórica condena de la barbarie que azotó el siglo XX despertando al ser humano del algodonoso sueño en el que se refugió durante la infancia. Kafka presagió esa barbarie; Morante la proclamó con la energía que le insuflaba contemplar la injusta y forzada miseria de algunos barrios pobres de Roma, su ciudad, devorados por el monstruo de una Historia con mayúscula que sólo complacía a un puñado de mesías de medio pelo. Antes de publicarla en Einaudi, Morante se había consagrado en cuerpo y alma a la escritura de esta novela caudalosa y coral que es a un tiempo documento histórico, relato costumbrista hecho de retazos de neorrealismo y de fotos verbales en blanco y negro (calles atestadas, escenas de racionamiento, proclamas fascistas y miserias domésticas), álbum autobiográfico –en el que, como en un collage, conviven canciones de amor y de guerra, carnets de identidad, carteles políticos, titulares de noticiarios radiofónicos o recortes de diarios y cartas personales–, diario personal de un superviviente (pero escrito en tercera persona) y crónica periodística del Holocausto y de los estragos de la Segunda Guerra Mundial. La Historia, una de las grandes novelas de la segunda mitad del XX, retrata, con los ojos de un narrador implicado y empático, a la joven viuda judía Ida Ramundo y a Useppe, su hijo bastardo, nacido de la relación forzada de su madre con un soldado nazi; a la familia Marrocco, al anarquista judío Davide y a otros muchos; en realidad retrata al individuo caído en la desgracia de la Historia que le ha tocado vivir, recordando a la vez esa misma Historia por medio de exordios o introitos que anotan año por año y mes a mes los principales acontecimientos políticos, de tal forma que Morante, en efecto, confronta el plano de la petite histoire de sus criaturas con el de la Historia colectiva: “1942. Enero-Febrero. Conferencia de Wanssee para la planificación racial. El dirigente nacionalista Chiang-Kai-Chek es nombrado comandante de las tropas aliadas en China... El primer invierno de su vida, Giuseppe lo pasó en total clausura, aunque su mundo se hubiese ensanchado poco a poco de su cuarto al resto del piso”. Es La Historia un relato que crece recreando situaciones simultáneas, yuxtaponiendo escenas como si de una novela en contrapunto se tratara, fragmentando Roma como Döblin fragmentó Berlín o Dos Passos Nueva York, paseando la cámara por las calles de una ciudad convertida en metáfora de la condición humana: “En los últimos meses de la ocupación alemana, Roma tomó el aspecto de ciertas metrópolis indias donde sólo los buitres se alimentan hasta la saciedad y no existe ningún censo de vivos y muertos”. Una novela en contrapunto que avanza de 1941 a 1947 henchida de dolor porque Morante, que en la encuesta de 1959 de la revista Nuovi Argomenti ya señalaba que la novela es el género que le permite a su autor una reflexión sobre el mundo, la Verdad histórica y el compromiso social, pone su dedo en la llaga de las víctimas del fascismo y de la guerra nacida de los desacatos de la Historia, en la penitencia de cuantos desvalidos, como Ida y su hijo, deambulan como autómatas de cuerda por un campo de batalla que jamás escogieron.

“Cuando escribió La Historia”, recuerda Einaudi en Giulio Einaudi en diálogo con Severino Cesari (Anaya & Mario Muchnik), “dijo ‘éste es un libro que no posee sólo un valor literario. Tiene un valor de carácter moral, de sentido de lo que fue el período que hemos vivido. La historia como debe ser vista y leída, la literatura como testimonio de la historia’”. Einaudi recuerda asimismo que Italo Calvino, autor y asesor literario de la editorial, le escribió a Morante una carta señalándole que “esta concreción de tu narrar, este hacer sentir siempre las cosas y las personas vivas, hace olvidar incluso cuán tenue es la materia que tratas. Pero ¿qué importa? Tú cuentas tus verdaderos sentimientos, no cerebrales”. La Historia, enmienda a la totalidad de un tiempo para olvidar, minuciosa reconstrucción de un paisaje moral, es un rompecabezas de mil fichas que al final, juntas, dejan entrever una imagen de la violencia gratuita del siglo XX fragmentada en secuencias anuales y pintada con las palabras de un narrador que imagina lo que recuerda o recuerda lo que imagina, de un narrador que cuenta realmente lo que parece haber visto. Plástica y conmovedora, Morante supo enseguida que la novela sería polémica primero e inmediatamente popular, le pidió a su editor una edición barata, accesible, y al poco tiempo media Italia la había leído y discutía sobre ella. La Historia se había convertido en un best seller indiscutible al precio de 200 liras (y de un cargo de conciencia del lector en relación con la historia inmediata de su país).