La escritura o la vida | Letras Libres
artículo no publicado

La escritura o la vida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Félix de Azúa

Autobiografía de papel

Barcelona, Mondadori, 2013

178 pp.

 

Contra Jeremías. Artículos políticos

Barcelona, Debate, 2013

212 pp.

“He conocido un mundo literario tan desaparecido como la Atlántida”, dice Félix de Azúa (Barcelona, 1944) en el prólogo de Autobiografía de papel, un volumen que complementa Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y que es al mismo tiempo una memoria de su relación con la literatura y la crónica de una transformación general. “No es un discurso de un yo, sino de un caso”: el de los “jóvenes que empezaron a escribir con intenciones artísticas entre 1960 y 1980”. Eran posmodernos, pero no lo sabían; contemporáneos de “todo aquello que marcó el final del romanticismo: el acabamiento de la concepción romántica del arte y de la concepción decimonónica de la política”. A través de su relación con los géneros que ha practicado, Azúa traza un recorrido intelectual que va desde la vanguardia y una idea hermética y casi sacerdotal de la literatura a la búsqueda de un espacio en una “democracia total”, donde no solo la novela –que, como explica el autor, solo fue un producto artístico mayor durante un periodo breve, aunque se sigan escribiendo grandes obras–, sino también el ensayo, se ha convertido en una mercancía y un elemento de la cultura popular. Hay una mirada autocrítica hacia las ideas sobre el arte y la política que tenía en su juventud, pero también un reconocimiento emocionante y a veces burlón a algunos maestros cercanos –como Benet y Sánchez Ferlosio– y lejanos –como Diderot y Benjamin– y a compañeros de generación.

Aunque tiende a presentar su relación con los géneros literarios como una serie de fracasos, la exposición tiene un aire lúdico y casi coqueto. Ofrece una descripción brillante e irónica del clima estético: la concepción de la poesía como un género supremo, inspirado en la tradición de Mallarmé; la influencia de las corrientes extranjeras, como la filosofía posestructuralista francesa, o las ideas de Leavis; las jerarquías y particularidades de la cultura española en dictadura y en democracia (“La política siempre ha sido en España la continuación de la religión por otros medios”). Explica su renuncia a la poesía, que se concebía “como lenguaje de lo incomunicable, como ruptura de la frontera cognoscitiva, como medio de acceder a lo inaccesible”, y la sensación de agotamiento que le produce la novela, cuando descubre que “ya no podía seguir escribiendo novelas sobre la negación de la negación y que se había acabado para mí el recurso a una sátira de la sátira o un rechazo del rechazo y que ya era hora de pasar a otro departamento”. Parece encontrarse más cómodo en el ensayo, donde ha escrito obras memorables como El aprendizaje de la decepción (Pamiela, 1989) o Diccionario de las Artes (Debate, 2011) y el periodismo, uno de los protagonistas del siglo XX: “Esta cultura global no es otra cosa, a mi modo de ver, que la entronización de la cultura periodística, el único género que exige un conocimiento superficial, pero lo más extenso posible, del mundo.”

Autobiografía de papel es, entre otras cosas, una reflexión sobre la transmisión de la información y se puede leer como una extraña novela de aprendizaje que ayuda a entender una parte de la historia de la literatura española contemporánea. En ocasiones desaliñado y casi siempre brillante, transmite una sensación de melancolía. Impresiona por su capacidad para sintetizar ideas y corrientes artísticas, y mezclarlas con anécdotas personales y requiebros humorísticos que desmontan un argumento en media frase. Está lleno de observaciones sugerentes: Azúa puede explicar un cambio de civilización a través de la decadencia del sombrero, señala que “los enemigos eternos son siempre muy conservadores y viven tranquilos odiándose mutuamente sin competencia” o detecta la influencia de la televisión en los narradores jóvenes. Como Mae West, cuando es bueno es muy bueno, pero cuando es malo es mucho mejor.

Esas cualidades están también presentes en Contra Jeremías, que recoge una selección de artículos políticos escritos entre 2007 y 2012: algunos terroristas que descendían de Mayo del 68 “murieron con las Adidas puestas” y Santiago Carrillo “pasó de ser una amenaza a un tipo pintoresco”. Contra Jeremías presenta otra faceta de Félix de Azúa: la del intelectual público. Como en Autobiografía de papel, hay un ajuste de cuentas consigo mismo y con su generación: “Si hubieran triunfado los míos, Cataluña habría sido una república popular maoísta. Nunca se lo agradeceré suficientemente a Suárez y González.” El volumen incluye hermosos textos sobre Tony Judt, Walter Benjamin o José Luis Pardo, y reflexiones sobre la historia del siglo XX. Pero lo que predomina es la denuncia. Por una parte, del “optimismo antropológico” del gobierno de Rodríguez Zapatero: su manera de tratar asuntos como el islamismo o el nacionalismo, la complacencia con la banca y la preferencia por lo cosmético, que “pone de manifiesto las causas reales de la desigualdad. Es la actitud conservadora de toda la vida que se arrodilla ante el poder real, pero vende publicidad onírica contra el poder”. Pero también de la burocracia y las disfunciones de la justicia, de la estupidez de la política, de la entraña totalitaria y tribal del nacionalismo, y de la actitud de la izquierda que se ha aliado con esa ideología reaccionaria que aspira al “regreso a la sociedad predemocrática controlada por los poderes feudales regionales mediante la alianza del campesinado con la oligarquía”. Tiene análisis perspicaces sobre el separatismo catalán, la italianización de la política española o la pervivencia del lenguaje de la guerra fría en el discurso político. El tono y la perspectiva de los textos cambian –algunos son airados, otros irónicos y otros bordean el cinismo– y no siempre es fácil saber cuál es la posición de Azúa, pero una de las ideas centrales es la crítica de la política de los sentimientos y la defensa de la razón, del individuo, de la libertad: en cierto modo, de una ciudad habitable. Exagerando, se podría decir que Autobiografía de papel es el certificado de defunción de una idea romántica, mientras que Contra Jeremías tiene algo de panfleto ilustrado. Son dos versiones de una inteligencia lúcida, divertida, contradictoria y vibrante: una voz imprescindible. ~