La dicha de agradecer | Letras Libres
artículo no publicado

La dicha de agradecer

El 22 de febrero de 1942, pocos meses después de terminar su célebre Novela de ajedrez, el escritor austriaco Stefan Zweig se quitaba la vida junto a su segunda esposa, Lotte Altmann, en la ciudad brasileña de Petrópolis. Tenía 61 años y hacía casi una década que había abandonado su patria y el continente europeo, amenazado por el incipiente terror nazi.
     Brasil fue su último destino después de un largo periplo que lo llevó de Londres a Nueva York y hasta Uruguay. En 1942, todo lo que Zweig había rechazado y combatido a lo largo de su vida, el obtuso nacionalismo, los análisis irreales de la realidad y, en suma, la estulticia elevada a razón de Estado, lo veía encarnado en los nuevos bárbaros totalitarios alemanes, cuya brutalidad aplastaba cualquier brote de pensamiento libre y autonomía individual en el continente europeo. Cansado de su vagabundear, Zweig se instaló finalmente en Petrópolis. Las noticias que le llegaban de los avances del ejército alemán por Francia, los Países Bajos y hasta de las agresiones aéreas a Inglaterra le hicieron temer lo peor: que el diabólico Leviatán terminaría por adueñarse del mundo entero. Entonces, en aquella tierra amiga pero extraña, el gran cosmopolita comenzó a sentir un profundo desarraigo al saberse desgajado de lo que amaba sobre todas las cosas, al verse privado de aquello que nutría su nervio característico, de aquella Europa sin fronteras de antaño, unida por unos anhelos culturales y unas convicciones que la hacían libre y avanzada, y que parecía haber dejado de existir.
     De joven había leído los Ensayos sin que le causaran mayor impresión, pero en esta ocasión, cercano ya el ocaso de su vida, sería distinto. El Zweig maduro se sintió seducido de inmediato por la idiosincrasia de Michel de Montaigne (1533-1592), cuya ascendencia semijudía lo había dotado, igual que a él, de ese sexto sentido para los asuntos del intelecto. En él vio "un libre penseur y citoyen du monde, de espíritu libre y tolerante, no hijo y ciudadano de una raza o una patria, sino un auténtico ciudadano universal, más allá de los países y de los tiempos". A semejanza de Erasmo o Castellio, aquel hombre independiente, mesurado y original se erigía en figura emblemática de la mejor cultura europea: humanista e ilustrado antes de tiempo, supo ser humano en una época de inhumanidad, en la que también "los fanatismos sociales y nacionales destruían el mundo de un cabo a otro". El autor de La lucha contra el demonio halló en el gascón un alma gemela. Así que concibió de inmediato la idea de dedicarle uno de sus magistrales estudios históricos.
     También Montaigne detestó la sinrazón y la violencia de su tiempo y, horrorizado por la barbarie de las guerras de religión, frente a las matanzas que perpetraban hugonotes y católicos, optó por retirarse del mundo con 38 años de edad, a fin de emplear el resto de su vida en aquello que merecía la pena: la calmada lectura de los sabios autores antiguos. Encerrado en una torre-biblioteca del castillo familiar con más de mil volúmenes como compañía, logró vivir durante casi una década libre de los dolorosos afanes de la época, y compuso sus Ensayos. El atrincheramiento en la "ciudadela" interior fue su forma de buscar la paz en medio de la tempestad mundana. A Zweig, en cierto modo, le hubiera gustado hacer lo mismo, pero no lo soportó: la catástrofe era demasiado gigantesca como para pretender ignorarla.
     Una premonición y un aliento fue para Zweig la sentencia de Montaigne sobre la muerte voluntaria, acto extremo de libertad individual: "La vida depende de la voluntad de otros, la muerte, de nuestra voluntad". Si bien el autor francés murió en su lecho por enfermedad, Zweig, sano y consciente, puso en práctica la máxima: tras una visita al carnaval de Río, el escritor y su mujer se suicidaron con veronal. El mensaje que dejó a sus amigos, escrito de su puño y letra, terminaba con estas palabras: "¡Saludo a todos mis amigos! ¡Ojalá que todavía puedan ver la aurora tras la larga noche! Yo, demasiado impaciente, me adelanto a ellos".
     Las páginas que dejó escritas sobre Montaigne son espléndidas en su sencillez. Zweig, con su claridad y economía estilística características, rememora al francés con breves y firmes pinceladas, situándolo en medio de su ambiente sin esfuerzo y sin carga alguna para el lector. A cuantos conocen a Montaigne, les incitará a la relectura de su obra; mientras que quienes aún lo desconozcan obtendrán una imagen inolvidable del padre de la introspección y la intimidad modernas.
     Junto a "Montaigne", El legado de Europa recoge una miscelánea compuesta por textos más breves: prólogos, reseñas, necrológicas, homenajes, que datan de distintos periodos de la vida de Zweig. El culto editor judío Richard Friedenthal los reunió en este volumen póstumo (1960) de título tan certero, pues remite, en efecto, a lo mejor del legado europeo, a la cultura de la libertad y el cosmopolitismo, de la tolerancia y la humanidad tan bien representada por Zweig y por los personajes de las letras y la política a los que éste dedica sus artículos; se trata de una herencia espiritual que nunca dictadura alguna ni terroristas locales o planetarios podrán erradicar.
     Encontramos en este volumen varias joyas: una estupenda reseña de Las mil y una noches; los soberbios retratos de Romain Rolland, Walther Rathenau y Jaurès (aprovechados para El mundo de ayer); el esclarecedor ensayo sobre Jakob Wassermann; los prólogos a los libros japoneses de Lafcadio Hearn y a la novela Niels Lyhne de Jacobsen, así como a un cuento de E.T.A. Hoffmann. También emotivas necrológicas, como las dedicadas a Mahler, Roth y Rilke.
     Un denominador común une a todos estos textos, tan variados y amenos: la luminosidad que otorga la dicha de agradecer. Zweig, optimista por naturaleza, europeo infatigable en un continente que carecía de pasaportes y fronteras, que trabó amistad con los intelectuales más relevantes, que sintió curiosidad por todo lo humano, mantuvo siempre la cualidad de recordar la felicidad que le proporcionaron con su sola existencia las personas a las que admiró y los libros que le habían gustado: fue por ellos por lo que su vida mereció vivirse, y sus magníficos artículos dan cabal cuenta de ello. -