La Casa de Dostoievsky, de Jorge Edwards | Letras Libres
artículo no publicado

La Casa de Dostoievsky, de Jorge Edwards

El mundillo literario chileno suele alborotarse cada tanto con polémicas genuinas y otras que son más bien gratuitas. En las últimas décadas le tocó a Alberto Fuguet y Sergio Gómez debido a la antología McOndo, y a Roberto Bolaño y Diamela Eltit, enfrentados por unas declaraciones nada diplomáticas del primero; este año el turno ha sido de Jorge Edwards (Santiago, 1931), ese escritor de modales tan finos que es fácil confundirlo con un diplomático (de hecho, lo ha sido durante muchos años). ¿La razón? Su última novela, La Casa de Dostoievsky, ganadora del Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2008. A muchos en Chile no les ha caído nada bien que la novela sea un retrato libre de Enrique Lihn, considerado hoy el poeta chileno más importante de la segunda mitad del siglo XX. Los amigos de Lihn han protestado, se han escrito artículos señalando a Edwards como “persona non grata” –título de sus memorias de sus años como diplomático en la Cuba revolucionaria– y así sucesivamente. Por lo visto, hay gente a la que todavía le importa deslindar claramente la ficción de la realidad y que no está de acuerdo con las libertades que se toma el novelista. Lo raro es que esa gente pertenezca al mundillo literario.

 

La Casa de Dostoievsky es la historia del Poeta, un talentoso escritor chileno dedicado a la bohemia. A través del Poeta, Edwards nos cuenta la historia de una generación literaria en Chile, desde fines de la década de los cuarenta hasta los años ochenta. Esta generación vive entregada a la bohemia; son más los que sueñan con la gran obra que los que la escriben. El que lea un rápido sumario de esta novela podrá pensar que se trata de una pariente cercana de Los detectives salvajes: en ambos libros hay poetas y marginales y ataques a Neruda (en La Casa de Dostoievsky se le conoce como “Poeta oficial”); también es cierto que en el panteón personal de Bolaño había un sitio especial para Lihn (eso aparece más en los cuentos que en Los detectives salvajes). Sin embargo, las intenciones de Edwards son diferentes a las de Bolaño. Para comenzar: aquí se ensalza a un poeta con una obra importante, alguien que, pese a estar seducido por la vida nocturna, gana premios y hace escuela. En Los detectives salvajes, Belano y Lima son la periferia de la neovanguardia, hombres en fuga que para resistir al sistema, a la institución de la literatura, se entregan a la poesía como una experiencia vital. Para el Poeta de Edwards, la experiencia es intensa, pero la obra se antepone siempre a esta: “En los últimos días había empezado a escribir de nuevo en uno de sus cuadernos escolares. Eran hileras de versos que se curvaban, se entrechocaban y se desplomaban por las orillas, asomándose a veces en el otro lado de las páginas.”

 

Abundan las casonas en la literatura chilena. La novela de Edwards convoca a las de José Donoso. Pero esas casas de la burguesía chilena en Donoso se transforman en Edwards en el espacio de los poetas malditos, de los artistas de talento y de los “locos desprovistos de todo talento”. El caserón donde vive el Poeta es conocido como la Casa de Dostoievsky: es un lugar de “relativa ruina” que “se había empezado a hundir en la tierra”. Desde esa Casa, el Poeta se dirige a todas partes y despliega su magisterio ante sus discípulos, el Chico y Eduardito: “Andar a la saga del Poeta, por el centro de la ciudad, por barrios periféricos y bajos fondos, por puebluchos polvorientos de los alrededores, adquiría el sentido de una iniciación, de una entrada en otra parte.”

 

Edwards se detiene en momentos específicos en la vida del Poeta: su enamoramiento de Teresa, a la que seguirá a París y con la que tendrá una relación clandestina; sus años en la Cuba revolucionaria, entre los sesenta y los setenta, donde asistirá al traumático caso Padilla (las mejores páginas de la novela, con un Heberto Padilla muy bien logrado); su regreso a Chile, y el paso de la euforia allendista a la pesadilla de la dictadura de Pinochet, con el desenlace de la muerte dolorosa del Poeta, debida a un cáncer. El Poeta es llamado así porque hay en la novela una intención simbólica explícita: se trata de hacer que el personaje represente a toda una generación. El Poeta y sus aventuras son “signos de un tiempo” que comienza lleno de maravilla y plenitud y termina hundiéndose, “no con un bombazo sino con un quejido, con señales inciertas, con manotazos de ahogado”. La novela explicita el eco al T.S. Eliot de La tierra baldía (al igual que al Dostoievski de Memorias del subsuelo).

 

Edwards es un notable estilista; su prosa tiene un ritmo inconfundible. A veces desentona uno que otro lugar común (“callado como tumba”, “una mujer pálida como el papel”, una noche “oscura como boca de lobo”), pero lo que predomina son los hallazgos, la textura enriquecedora de un castellano moderno que incorpora coloquialismos y recupera palabras de anteriores generaciones. Y sí, hay en la obra de Edwards ecos a otros escritores, pero el eco principal es el suyo: La Casa de Dostoievsky acompaña a su anterior novela, El inútil de la familia. Leídas juntas se puede reconstruir el recorrido de la bohemia literaria chilena a lo largo del siglo XX, y recorrer la topografía de un Santiago cambiante. El Joaquín Edwards Bello de El inútil de la familia conmueve más que el Poeta, acaso porque en la novela anterior el estudio de un personaje no estaba recargado por una condición de representante generacional. El Poeta debió haber tenido un nombre, y no los muchos, imprecisos, que le asigna Edwards, en un recurso que no llega a funcionar. Es un detalle, pero importa. Igual, con La Casa de Dostoievsky Edwards demuestra que está en la plenitud de su escritura. ~