Jamás el fuego nunca | Letras Libres
artículo no publicado

Jamás el fuego nunca

Diamela Eltit

Jamás el fuego nunca

Cáceres, Periférica, 2012, 

216 pp.

Aunque solemos pensar en la experiencia política revolucionaria que tuvo lugar en América Latina en las décadas de 1960 y 1970 como un fracaso mensurable casi exclusivamente en vidas humanas, lo cierto es que la interrupción de esa experiencia en países como Chile y Uruguay y Argentina no solo supuso la desaparición y el asesinato de buena parte de sus protagonistas, sino también la obsolescencia y la desaparición de una lengua concebida para poner palabras a esa experiencia, una lengua a veces olvidada por sus propios hablantes –de hecho, es notable que en la magnífica historia oral de Eduardo Anguita y Martín Caparrós de la experiencia revolucionaria en Argentina La Voluntad (2007-2008) esa lengua del pasado ya no es empleada ni siquiera para narrar ese pasado– pero recordada por algunos y bien conocida por quienes somos hijos de estos últimos: palabras como “célula”, “base”, “cúpula” y “cuadro” –con sus respectivas vinculaciones con el lenguaje médico y el de la arquitectura– son parte de una lengua que nuestros padres han hablado a lo largo de nuestra infancia de forma privada, delimitando un territorio preciso en el que los hijos no podíamos penetrar y que, incluso cuando pudimos hacerlo, nos resultó incomprensible.

A ese territorio pertenece la lengua que hablan los protagonistas de Jamás el fuego nunca (2007), la primera novela de la escritora chilena Diamela Eltit (1949) publicada en España. En ella, dos personajes mantienen una sorda disputa en torno al pasado; ambos fueron comunistas y padecieron la delación, la cárcel y la clandestinidad, pero también un hecho igualmente terrible, la muerte de un hijo que no pudieron llevar al hospital para no ponerse en peligro ni a ellos ni a su organización. Que el hijo fuese el producto de las violaciones que la protagonista y narradora de esta historia padeció en la cárcel importa poco, del mismo modo que tampoco tiene mucha importancia que ella fantasee con haber sido la culpable de que su célula cayera o que él la matara durante el parto: lo relevante aquí es el lenguaje que los personajes emplean para narrar su experiencia, que es el lenguaje de la experiencia revolucionaria, ya que de su uso emerge una idea central del libro, la de la pareja como célula, “una deleznable organización, común, mecánica, una forma primitiva e incesante, generadora de la peor clase de explotación”. Naturalmente, esa explotación es el resultado del aislamiento en el que se encuentran los protagonistas de Jamás el fuego nunca, que los lleva a hacer de su convivencia en el cuarto en el que transcurre prácticamente la totalidad del libro un espacio en el que dirimir la supremacía, como una versión reducida y beckettiana de la sociedad que la pareja quiso y no pudo cambiar.

Claro que ese fracaso político –y el vital de sus protagonistas– es el resultado de la incapacidad para significar; es decir, de su imposibilidad, primero, de conseguir que toda la sociedad hablase el lenguaje revolucionario y, a continuación, de dejar de hablar ese lenguaje. Al tiempo que los personajes siguen concibiéndose como células y privilegiando la clandestinidad y el secreto, se van encerrando paulatinamente en una lengua privada que ya no sirve para dar sentido a la experiencia. Desde Lumpérica (1983), Diamela Eltit ha cultivado esa lengua del fracaso político y ha propiciado derivas en la figura de autoras como Nona Fernández y Andrea Jeftanovic, que están entre lo mejor de la literatura chilena reciente, Carlos Labbé y Lina Meruane, cuya obra, sin ser epigonal, guarda semejanzas con la de la autora deJamás el fuego nunca. La obra de Eltit (de la que esta novela es un magnífico ejemplo) es consecuente con la frustración política causada por el fracaso lingüístico que resulta de la imposibilidad de hacer comprensible la experiencia revolucionaria con una lengua que ya no circula socialmente. Quizás sean la perfección y la radicalidad de ese fracaso las que constituyen el principal triunfo de la obra de la escritora chilena y la razón por la que la academia –no solo, pero principalmente– estadounidense ha acogido y celebrado sus libros, pero el problema es que Eltit, que en alguna ocasión afirmó concebir sus libros “como los arquitectos diseñan casas”, no ha creado casas para que sean habitadas por sus lectores, los que tendrán dificultades para interesarse en una descripción de ocho páginas sobre cómo se baña a una anciana inválida o para encontrar algún placer estético en frases como la siguiente: “El arroz se emparenta con el pan, ambos cumplen su función de proporcionarnos el sueño y el alivio. Comemos pan y arroz. Preparo el arroz siempre de la misma manera. El arroz, su forma común, la cocción necesaria que requiere de una relativa concentración, malo, malo el arroz, cuando resulta recocido o casi crudo, sus repelentes granos que más de una vez te han atorado.”

A lo largo de Jamás el fuego nunca la narradora insiste en que su pasado revolucionario podría estar “a mil años” de distancia, así de radicalmente ha sido truncada la experiencia política y así de distantes parecen los hechos y la lengua para nombrarlos; de igual forma, da la impresión de que hubieran pasado mil años desde la fulgurante novedad y la pequeña e íntima revolución que constituyó Lumpérica para sus lectores. Narrar el fracaso desde el interior de su lengua es uno de los principales méritos de la obra de Diamela Eltit, pero, como alguna vez afirmó Bob Dylan, “No hay éxito como el fracaso / Pero el fracaso nunca es un éxito.” ~