Ingenuidad aprendida de Javier Gomá Lanzón | Letras Libres
artículo no publicado

Ingenuidad aprendida de Javier Gomá Lanzón

 

La modernidad ha sido rica en la creación de instituciones que han supuesto una defensa de la dignidad e igualdad de las personas. La proclamación de los derechos universales del hombre y del ciudadano en Francia a finales del siglo XVIII, así como, un poco antes, la constitución de Estados Unidos, apoyada en la tradición inglesa, fueron un reconocimiento cuyo despliegue crítico se ahondaría en la mayor parte de Occidente, con resultados diversos pero finalmente similares, a lo largo de los siglos XIX y XX. Esa tradición, tan someramente expuesta, es la que interesa a Javier Gomá Lanzón: la heredera de Locke y de Kant, de Montesquieu y de Max Scheler, tal como la ha expuesto en Imitación y experiencia, Aquiles en el gineceo y Ejemplaridad pública.

Creo que hay dos líneas de reflexión convergentes en su obra, y ambas se basan en lo que orteguianamente denomina “la experiencia de la vida”. Se trata de un pensamiento filosófico y político que se apoya en una sociología, algo difusa, de la asunción del descubrimiento y la dignidad igualitaria de la subjetividad: el derecho de cada cual, no establecido por causa alguna ajena al principio igualitario, que, según Gomá, deviene del reconocimiento de nuestra finitud. Por otro lado, su reflexión, como ya señalé en estas mismas páginas, tiene algo de Bildungsroman filosófico, en la medida en que analiza el paso necesario de la subjetividad (estética y aislada: el gineceo de Aquiles antes de la batalla de la Historia) al descubrimiento del otro, de la polis, es decir: de la madurez, que significa para Gomá el reconocimiento y aceptación de nuestro ser radicalmente político y la coherencia de acción entre lo privado y lo público. Nuestro autor destaca la necesaria liberación horizontal del sujeto para alcanzar por primera vez en lo moderno una filosofía de la libertad ajena al idealismo platónico y su correlato aristocrático. Sin embargo, en todos sus libros señala una y otra vez que, tras esa liberación que conlleva una acentuación del yo, inmaduro aún, se hace necesaria y urgente una superación de dicha subjetividad hacia una sensibilidad y pensamiento radicalmente políticos. En este sentido, está lejos de Ortega y Gasset y su noción selectiva y vertical. El punto crítico que ha desarrollado Javier Gomá desemboca en la necesidad de una ética cuya propedéutica apenas entrevemos: alcanzada en las instituciones que articulan nuestra noción de Estado, no solo política sino jurídica, la radical igualdad de los hombres, se hacen necesarias una ética y una acción política que doten de contenido esos logros en cada individuo, no solo en su actuación social, cuyo despliegue normativo y límites establecen la ley, sino en la encarnación sentimental de dichos datos.

Su nuevo libro, Ingenuidad aprendida, es una colecta de ensayos, aunque su autor ha querido dotarlos de una articulación progresiva. Cierto, Gomá gira alrededor de las ideas centrales de su reflexión, aquí esbozada, pero creo que hay que entender este libro como incursiones y apuntes hacia lo que me parece el gran desafío de su obra, a saber: establecidos los presupuestos, dar sentido a una ética que no podría articularse sin una poética y una erótica; en definitiva, un saber de la vida en el sentido no ya objetivo de la filosofía y no digamos de la ciencia, sino en el relativo al saber vivir, explorado por los epicúreos y que, desde Montaigne y los moralistas franceses, ha desembocando en autores como Comte-Sponville, Savater y otros.

En nuestro tiempo, la filosofía ha de ser mundana, proclama nuestro autor, y por lo tanto ha de hablar de aquello que preocupa a todos, o que ocupa a todos: “Nada debería estorbar el designio de comprensión universal que anima a la verdad mundana.” Que la filosofía descansa en el lenguaje, y que este es universal en cuanto que racional, parece inobjetable, pero me temo que muchas cosas “estorban” a la comprensión, puesto que pensar exige voluntad y esfuerzo, y naturalmente un nivel de complejidad lingüística sin los cuales no sé cómo, por muy universal que sea la verdad mundana (¿y qué decir de la científica?), pueda ser entendida por todos. Lo que ha sido entendido por todos (valga la expresión) son las religiones, cuyas verdades no son filosóficas sino apoyadas en creencias y responden, mejor o peor, a necesidades metafísicas y mundanas.

“Sería conveniente que, antes de lanzar una verdad al mundo, ésta superase un previo ‘test’ de mundanidad”, afirma Gomá, y apela, en uno de los momentos más débiles de su argumentación, al “sano término medio”, “las personas bien educadas”, “el buen gusto”, términos y conceptos que poco tienen que ver con la tarea de la filosofía, que es saber, querer saber; pero sí están relacionados con una posible moral, cuyo fundamento ha de ser filosófico y político. Porque el diagnóstico que encontramos a lo largo de este y otros libros suyos es que vivimos entre subjetividades “enamoradas de ellas mismas y poco acostumbradas a no concederse todos sus deseos”, frente a lo cual “la nueva misión cultural” consistiría en una emancipación de lo subjetivo hacia “la urbanización de la espontaneidad instintiva del yo como paso previo a la transformación de éste en pleno ciudadano”. Ante esto, “el arte creará una nueva sentimentalidad y la filosofía suministrará veracidad a un reformado lenguaje natural”. Aquí los invitados son dos: Antonio Machado, que teorizó con lucidez acerca de la necesidad de dotar a la percepción de sí mismo de una filosofía que desplazara el sujeto hacia el mundo, desde una ontología que percibe al ser como heterogéneo, en continua apetencia de lo otro como fundamento de mi yo; y, por el otro lado, una noción de lenguaje que se apoya en un realismo moral: la misión del filósofo es dar respuestas que todos pueden entender, apoyadas en el sentido común, con el fin de urbanizar el mundo. ¿No se nos propone acaso al filósofo como reformador social, capaz de hablar claro a todos sobre lo que a todos ha de importar? Esta tarea fue llevada a cabo por la religión, capaz de responder a la vida privada y a la pública, a los deberes (en el cristianismo: no robarás, no matarás, guardarás las fiestas, etc.) y derechos: “estás hecho a imagen del Dios, eres hijo suyo y por lo tanto igual a todos los hombres”.

En Gomá, lo que nos otorga igualdad es la conciencia de la finitud, lo cual hace descansar la igualdad en la conciencia (aunque toda vida biológica es mortal). ¿Pero por qué esa conciencia no nos hace iguales al resto de lo que es finito? Pienso que no quedó claro cómo puede Aquiles, metáfora en Gomá de la evolución y tensión sentimental de todo ser humano, por el hecho de aceptar su mortalidad (uno entre los otros en la polis, fuera de la cápsula del reino de las madres) hallar el concepto y el sentimiento de la igualdad. Creo lo siguiente: en el cristianismo hay una explicación genealógica: todos somos hermanos cuyo origen es Dios; en lo moderno (ciencia) una especie: solo hay una raza, homo sapiens. Pero la igualdad tiene origen en un logro histórico político que rompe con los determinismos “naturales”: en la India, las castas, metáfora social de los reinos de la naturaleza; en el mundo occidental, clásico y medieval, la aceptación de la diferencia, lo que Gomá llama la visión aristocrática, también se apoyaba en el nacimiento. La crítica de las ilusiones metafísicas (Hume, Kant) y el conocimiento científico nos emanciparon de esas creencias.

Javier Gomá se pregunta cómo la civilización democrática, tras haber superado el fundamento “ontológico y cósmico”, podrá recuperar –basándose en la igualdad– la ejemplaridad. Se trata de una interiorización de la norma cuya propuesta, por cierto, es el fundamento de la Reforma cristiana, pero no sé qué pensará Gomá de esto. Lo que parece claro es que apuesta por una subjetividad que ponga el acento en lo que nos identifica y nos une, en lo común y compartido; en una superación de la accidentalidad de lo mío en lo substancial de lo nuestro. Evidentemente, todo esto forma parte de un ideal de convivencia, pero no veo cómo va a dejar de ser importante aquello que me hace único: la experiencia, que es mi experiencia, por mucho que pueda encontrar (o no) correspondencia con la de otros. Me parece difícil que Gomá o cualquier otro pueda articular esas costumbres que doten de sentido sensible y ejemplar a nuestras sociedades democráticas, salvo incitando a llevar a cabo una pedagogía de la creación (en colegios, universidades, etc.), que se apoye en una concepción del aprendizaje que no sea meramente acumulativa, y una reforma continuada de la política que profundice en la investigación científica y el desarrollo de las artes. ¿Es la “misión” de la nueva filosofía? El mejoramiento de la convivencia y del desarrollo de la creatividad de las costumbres compete a todos. No sé si es una tarea filosófica, aunque tendrá que apoyarse en la filosofía y también en la ciencia, en las artes y en la política. Estoy de acuerdo con Gomá cuando afirma que no basta con ser libres, porque la libertad es una acción cuyos contenidos nos competen a todos. ~


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