Inflación del ego | Letras Libres
artículo no publicado

Inflación del ego

Maurice Sachs

El sabbat

Traducción de Lola Bermúdez Medina

Madrid, Cabaret Voltaire, 2015, 480 pp.

¿Es posible leer El sabbat obviando los calificativos acusatorios –dandi, homosexual, judío converso al catolicismo, amoral, colaboracionista, delator, estafador, traficante– que se han vertido contra Maurice Sachs? ¿Se puede leer sin tener en cuenta las reflexiones de Alfredo Taján, quien inscribe al autor entre aquellos colaboracionistas no ideológicos ni políticos que, en la Francia ocupada, solo buscaban “enriquecerse o satisfacer alguna inclinación”? ¿El “brillo demoledor y cruda franqueza” de su prosa exime a Sachs de un juicio ético sobre su obra? ¿O, junto a Raïssa Maritain, ella misma convertida al catolicismo, consideraremos que la “herencia recibida de los suyos” –no sabemos si se refiere a la familia en particular o a la herencia judía en general– nos imposibilita para juzgar el grado de responsabilidad de Maurice Sachs en “el mal”, entendido como categoría moral?

En Narrative Ethics (1992), Adam Z. Newton plantea que, independientemente de cualquier moral externa sobre el texto, las narraciones se construyen como una relación intersubjetiva que puede entenderse en dos sentidos: mediante la valoración o la atribución de estatus ético al discurso narrativo y/o viendo de qué modo la propia estructura narrativa genera un discurso ético en el que están implicados “contador”, “oídor”, “testigo” y “lector”. Teniendo en cuenta que El sabbat es una autobiografía –lo que implica cierta conexión referencial con la experiencia vivida– y que desde las primeras páginas Maurice Sachs manifiesta su propósito de regeneración –“Escribo estas páginas para buscar en el laberinto de mi conciencia el hilo conductor de una dignidad que se ha convertido en algo tan deseado como la vida”–, más que imponer una moral externa o atribuirle un estatus ético a la obra, interesará “deconstruir” su discurso ético-narrativo.

El sabbat se inicia con un capítulo en el que, además de hablar de su familia desestructurada, hace responsables a sus parientes de esa “necesidad del lujo, del desorden, de su vena de loco y gran robustez de esqueleto, de los órganos y del alma”. Parece concluir en julio de 1939 con una declaración de principios que insiste en la voluntad de regeneración de esta escritura destinada a dejar el camino “despejado para escribir veinte libros de los que no sea el personaje”. Pero en realidad acaba en las tres páginas escritas en 1942.

¿Nos encontramos ante un armazón estructural “confesional” que remite al Agustín que inició el género autobiográfico? ¿Ante la escritura de un juez de los hechos de su vida, como el Rousseau de las Confesiones, al que sí cita para subrayar la voluntad de autodenuncia de su escritura? ¿O bien ante una “sincera” y simple decantación de hechos que giran en torno a un ego tan descomunal como desencajado?

El autor no repara en tinta al exponer todas y cada una de sus malas acciones y compañías. Su complicidad con gente culpable; la alegría del robo; su vivencia de la condición de judío como tara; el abandono del padre; la huida a Inglaterra; los celos por el cariño de la madre y de la abuela; la sensación de culpabilidad heredada por el intento de suicidio de la madre. Hasta que, lúcidamente, después de un viaje a Inglaterra, regresa a Francia, en los primeros días de 1922, convertido en un adulto, esto es, en alguien que deja de lamentarse de sí mismo por culpa de los demás. Un adulto que, por otra parte, tendrá una vida “dominada por la exaltación y las pasiones”.

Sachs insiste en presentar la escritura como confesión que cierra un ciclo vital y como revisión moral de la existencia. Es un joven leído –Corneille, Racine, Molière, Musset, Jean-Jacques Rousseau, Anatole France, Renan, Flaubert, Montesquieu, Chateaubriand, Balzac– y para nada ingenuo. Habla de su sincera decisión de mejorar y centrarse en la escritura. Pero su fragilidad emocional y su falta de escrúpulos lo desvían hacia otros mil terrenos que solo le sirven para seguir alimentando la frustración, el ego y su participación en actividades autodestructivas y delictivas, hasta convertirse en un gran conocedor de la condición inmoral de la humanidad.

Busca la gloria en el París de entreguerras y cae rendido a los pies de Jean Cocteau –“el encantamiento fue perfecto, total, irreflexivo y delicioso”–, que lo introduce en los círculos de moda de Max Jacob, Picasso, Apollinaire. Solo le interesan porque lo mantienen vinculado al polifacético artista. Hasta que llega a Maritain, protestante convertido al catolicismo, con quien conoce la idea de Dios, y entra en una fase religiosa que lo lleva no solo a convertirse al catolicismo, sino a ingresar también en un seminario para hacerse sacerdote: “Mi deseo era el de un entorno con sus límites, la atracción por el orden es también una tentación, como la del vicio.”

Sachs sale del seminario por un pequeño escándalo en la playa de Jean des Pins y porque la “llamada de la carne” era más fuerte que la del espíritu. A pesar de su homosexualidad, tiene una aventura pasional con una muchacha. Cumple con el servicio militar, conoce a André Gide, se alcoholiza y degrada todo lo que puede y más; llega a las “peores desviaciones externas”. Con veinticinco años se instala en Nueva York, justo en el año del cataclismo bursátil; con la intención de hacer carrera política se convierte al protestantismo para casarse con la hija de un pastor presbiteriano; y tres años después regresa a París de la mano de un joven californiano con el que vive un intenso idilio, tal vez el más estable de su vida. Gide lo recomienda para la Nouvelle Revue Française; rompe con el amante y, una vez más, se confiesa y avergüenza de sus acciones y manifiesta su deseo de cambio. Entre julio y agosto de 1939 se sienta a escribir El sabbat.

La obra acaba en un post scríptum de tres páginas, redactado en 1942, presentado por citas de Pablo Silenciario, Rousseau y Giono, en el que reconoce su fracaso ético y vital –“Reformar mi alma era toda mi ambición. Todavía no lo he conseguido”– y expresa su esperanza de futuro: “Sin edad, en el que quede todavía tiempo para construir.” Apenas tres páginas que dan al traste con lo que ha sido la arquitectura de la obra y su discurso ético de reconstrucción vital, que queda reducido a una exposición de la inmediatez de las entrañas de un ego desbordante.

Sachs no engaña a nadie y habla del mal como mal y del bien como bien, sin paliativos. Defiende que sus actuaciones delictivas no tuvieron motivaciones políticas o ideológicas, sino la intención de “salvaguardar [una] intensa y desesperada vida tóxica”. Pero después de la escritura de El sabbat su vida no cambió demasiado. Viajó a Alemania, se puso al servicio de la Gestapo y fue encarcelado en el campo de concentración de Fuhlsbüttel por haber falseado un informe para proteger a un jesuita suizo. Acabó abatido por el disparo en la nuca de un ss.

Finalmente, devino una cifra en el cementerio de Neumünster: gc 54. ~