Incluso un pueblo de demonios: democracia, liberalismo, republicanismo, de Félix Ovejero | Letras Libres
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Incluso un pueblo de demonios: democracia, liberalismo, republicanismo, de Félix Ovejero

Que nuestras democracias no funcionan como nos gustaría es cosa evidente, por más que no todas las democracias occidentales –conviene señalarlo– funcionen tan mal como la española. Más controvertidas son, en cambio, las razones que permiten explicar sus deficiencias. Y lo mismo sucede con las propuestas que, a partir de ahí, puedan deducirse acerca del modelo de democracia que deberíamos adoptar; sobre todo porque no es sensato separar esa pregunta de aquella otra que se refiere a la democracia que podemos llegar a tener. Pues bien, en este proceloso terreno, para él bien conocido, se adentra el prolífico Félix Ovejero en su último trabajo. Y el resultado es una entusiasta defensa del ideal democrático participativo en oposición a la democracia realmente existente: una apuesta por el neorrepublicanismo frente al liberalismo. Se trata de un entusiasmo bien meditado, de modo que, aunque uno no siempre pueda darle la razón, tampoco resulte fácil quitársela: los tortuosos placeres de la filosofía política.

¿Por qué no funcionan las democracias occidentales? Para Ovejero, la respuesta es clara: porque son democracias liberales y la democracia liberal no es eo ipso una verdadera democracia. Tomando como referencia el ideal democrático clásico, que hacía de la participación ciudadana el centro de la vida pública, la democracia liberal constituye una degradación: se limita a proteger la libertad negativa del individuo –su esfera de libre disposición personal frente al Estado y los demás ciudadanos– y lo priva de verdadero autogobierno al articular un sistema representativo. Subyace a este diseño normativo un pesimismo antropológico que descree de la virtud ciudadana y considera que los individuos “son máximamente libres cuando son mínimamente sociales” (p.110); de ahí la tendencia a organizar la democracia como si fuese una extensión del mercado. De modo que, si los ciudadanos prefieren las revistas del corazón a los periódicos, es a causa del mal diseño de las instituciones políticas, no debido a los propios ciudadanos. El liberalismo, en suma, sólo es democrático a regañadientes. Tal es –aquí simplificado– el diagnóstico.

Se sigue de aquí que la democracia auténtica está en otra parte. Y más exactamente, en la tradición republicana que, desde Cicerón a Pettit, pasando por Maquiavelo, habría mantenido viva la conexión entre virtud y autogobierno. La democracia republicana sería aquella basada en procesos institucionales de deliberación entre ciudadanos libres e iguales, que deciden intersubjetivamente las normas que se dan a sí mismos. Esto maximiza el autogobierno y permite alcanzar las mejores decisiones, en la medida en que las preferencias de los ciudadanos se forman en el proceso deliberativo: la democracia sirve así a la realización de los ciudadanos y a la eficacia decisoria. Y los sucios intereses del liberalismo se convierten en las límpidas preferencias de justicia del republicanismo. ¡Voilá!

Sucede que esto parece requerir una suerte de transubstanciación mística, mediante la cual el homo oeconomicus contemporáneo se convierte en el futuro ciudadano virtuoso. En buena medida, éste es el asunto central del libro. Y Ovejero sostiene que, si bien no podemos afirmar que la participación política sea algo connatural al hombre, tampoco podemos eludir que las emociones humanas apuntan hacia la cooperación –no hacia su contrario– como soporte de la sociedad: “hay razones para invertir el trayecto que llevó de las pasiones a los intereses como garantía del orden social” (p. 275). Debemos entonces configurar nuestras instituciones de forma tal que el “instinto de virtud” ciudadano no se vea desbordado por la también connatural tendencia del hombre a perseguir su propio interés: es preciso forzarlo, a la Rousseau, a ser libre. Esta virtud a palos no puede fomentarla el liberalismo, porque, se diría, nos deja demasiado solos; sólo el modelo republicano de democracia puede restaurar su glorioso ideal.

Esta apretada síntesis no hace justicia a la exhaustividad de las argumentaciones contenidas en este voluminoso trabajo, escrito sin embargo con la aparente ligereza del ensayista; el autor, que maneja una abundante literatura detallada en las notas a pie de página, se demora lo necesario en cada problema. Sin embargo, algunas de sus premisas y muchas de sus conclusiones resultan discutibles; no podía ser de otra manera, dada la vastedad del planteamiento. Sobre todo, la defensa del republicanismo frente al liberalismo parece haber exigido una hinchazón de las virtudes de aquél y de los defectos de éste, tanto más dudosa cuanto que se oponen las virtudes abstractas de la teoría republicana a las taras reales de la práctica liberal. ¡También el liberalismo es teóricamente coherente! De hecho, no hay tanta distancia entre ambas tradiciones de pensamiento; Stuart Mill elogiaba la participación local, Adam Smith hablaba de sentimientos morales. El problema reside en la práctica política. Y ni está claro que vivamos en regímenes liberales auténticos (basta con echar un vistazo a la separación de poderes en España), ni podemos asegurar que el republicanismo, sobre el terreno, no terminaría por perder mucha de su coherencia doctrinal. Además, se depositan demasiadas esperanzas sobre la deliberación: ni las preferencias individuales están tan abiertas como se sostiene, ni es tan igualitario un procedimiento que depende en buena medida de las capacidades cognitivas y retóricas individuales.

¿Y la virtud? Es dudoso que su generalizada ausencia se deba a unas condiciones materiales que no han hecho sino mejorar en el último siglo; sí es razonable pensar, por el contrario, que no se ha exigido lo bastante: como el niño a quien se obliga a estudiar, porque preferiría jugar. Pero, ¿no será entonces que nos desagradan los resultados de la libertad? Porque, si es así, las alternativas –teóricas– al liberalismo deben dejar claro el precio que debamos pagar por ser mejores juntos, en lugar de peores por separado. ~