Hegemonías | Letras Libres
artículo no publicado

Hegemonías

César Rendueles

Capitalismo canalla. Una historia personal del capitalismo a través de la literatura

Barcelona, Seix Barral, 2015, 232 pp.

Capitalismo canalla, de César Rendueles, es un ensayo de denuncia del capitalismo –su título no es irónico– desde el punto de vista de las lecturas literarias que este autor ha venido haciendo a lo largo de su vida. Es claro en su prólogo: se propuso escribir el libro sin leer nada nuevo, solo con las novelas y textos con los que él se había formado como lector. Esta idea me parece en sí bonita, la del ensayista que decide volverse hacia su propia biblioteca, explorar en ella. En cierto sentido, el libro es una autobiografía. Esta es la parte que me ha gustado de esta obra, el amor hacia la literatura que transmite, y las ganas de leer, quizá, como me ha pasado a mí, algunos de los títulos a los que se refiere, y que el lector tal vez no conozca. El libro va haciendo repaso por un gran número de escritores y títulos, de Perec a Defoe, de Sánchez Ferlosio a Dickens, del Lazarillo a Apuntes del subsuelo. Esto, digo, es lo que me ha gustado. El resto del libro, en cambio, su intención y enfoque, me ha resultado una lectura de interés escaso. Porque el libro es, y lo digo con una intención más descriptiva que ofensiva, un panfleto. Gustará a quienes simpaticen con una visión marxista de la realidad, o a determinados colectivos y activistas de corte anticapitalista, gustará a convencidos, por así decirlo, pero apenas aporta nada a quienes nos hemos acercado a estas páginas buscando alguna clase de análisis que no sea meramente ideológico. Términos como “exterminio”, “crimen” o similares son los habituales en el autor para referirse a la acción de Occidente y su política en el mundo. Sobre la llegada de Colón a América, por ejemplo, le basta con sentenciar: “Cien años después el noventa por ciento de la población original había sido exterminada a causa de la enfermedad, el hambre y los abusos laborales” –la enfermedad y los virus de las embarcaciones aparecen varias veces como agentes capitalistas–. Hablando de Kipling y del imperialismo inglés, para no repetir la expresión de “exterminio”, se refiere sin más al “holocausto indio”. Uno puede estar en contra del imperialismo, pero creo que el uso de esos términos supone una simplificación que deja fuera a muchos lectores, como es mi caso –sobre este punto estoy con quienes consideran que no menos trágico que el colonialismo fue que los colonos abandonasen aquellos territorios–. El libro está escrito sin levantarse de la silla, por así decirlo, sin ofrecer datos, lo que estaría bien si no fuera porque trata de explicar cuestiones de economía y del mundo real. Así, los datos consisten en referirse a un “noventa por ciento”, como cuando hablaba de América, o, directamente, un “noventa y nueve por ciento”, como cuando escribe: “La globalización neoliberal es la historia de cómo el noventa y nueve por ciento entregamos voluntariamente el control de nuestras vidas a fanáticos con una percepción delirante de la realidad social.” Evidentemente, aunque el autor se incluya en ese porcentaje, no se incluye, como íntimamente no se incluye el lector a quien va destinado este libro, que se siente la excepción en un mundo alienado. Supongo que esa sensación es muy placentera, pero a mí me resulta cínica. El libro está escrito desde la premisa de que las personas, ese noventa y nueve por ciento, son menores de edad que realmente no eligen lo que quieren, y que lo que necesitan es un nuevo sistema político que les haga saber de verdad lo que es bueno para ellos. Si los montañeses se fueron de Ainielle, el pueblo abandonado del Pirineo que aparece en la novela La lluvia amarilla, a la que se refiere en el libro, no fue solo porque “el sistema” les obligó, sino también porque los jóvenes quizá no quisiesen esa vida para ellos, como dudo que la quisiese para sí el propio autor de este ensayo, más en una época de aislamiento donde no existía internet.

Hay una parte del libro en la que Rendueles parece dudar y plantearse algunas cuestiones de un modo más sugerente, a propósito de la lectura de Dostoievski, cuando aparece el terrorista Necháyev y está presente la pregunta por “el hombre nuevo”. Es un momento en cierto modo antiutópico, de descreimiento en la idea de crear una nueva sociedad partiendo de cero, un mero proyecto del Estado y de la razón. Aquello, parece convenir, solo puede conducir al crimen. Rendueles apenas deja entrever para el lector cuál sería la alternativa que propone. Lo hace en momentos en que defiende una sociedad basada en las “relaciones tradicionales”, como la familia, las relaciones de cercanía amistosa y el “sentido de comunidad”. Se refiere a un mundo de trabajos compartidos y en donde está presente lo agrario. No se precisa mucho más, hay referencias a pueblos del Mediterráneo y a preneolíticos que apenas trabajaban dos horas al día, o a costumbres más o menos indígenas que reflejaban supuestamente relaciones comunitarias y auténticas, como la dote de las bodas, frente a nuestras relaciones de hoy, superficiales y falsas… El libro se podría leer como un texto, más que indigenista, reaccionario. Pero reaccionario en lo que afecta a la vida de los demás, se entiende, aquel noventa y nueve por ciento.

El libro termina con una referencia al 15m, a la protesta que obligó a proteger el Congreso, y con una definición de democracia: “Desde los inicios de la modernidad, la democracia ha consistido en la revuelta de la mayoría contra los vencedores del capitalismo global.” Se podrá estar de acuerdo con esto o no, pero donde creo que se equivoca el autor es en considerar que el pensamiento “hegemónico” –según la expresión que repite– es el que legitima el libre mercado y las libertades individuales. Porque lo hegemónico es pensar en las claves de Rousseau y de Marx: todo aquello de que nuestra sociedad nos hace egoístas, consumistas insensibles, de que Occidente es corruptor, de que los pueblos aislados conservan su bondad natural, de que nuestro sistema es inmoral y autodestructivo… Al margen de cómo vivamos, esas son, diría yo, las ideas realmente extendidas. ~