Hacer reír a tus carceleros | Letras Libres
artículo no publicado

Hacer reír a tus carceleros

Charles Simic

El monstruo ama su laberinto. Cuadernos

Traducción de Jordi Doce

Epílogo de Seamus Heaney

Madrid, Vaso Roto, 2015, 168 pp.

Charles Simic (Belgrado, 1938) es uno de los poetas estadounidenses más reputados. Entre los muchos reconocimientos que ha ganado destaca el Pulitzer, en 1990, por El mundo no se acaba –que publicó en España la fenecida dvd ediciones en 1999–, y su nombramiento como Poeta Laureado en 2007. El monstruo ama su laberinto, con la ejemplar traducción de Jordi Doce, ilumina, desde la trastienda, su quehacer literario. Los cinco cuadernos que lo integran reflejan, en prosa –a veces, a modo de diario; otras, en brevísimos ensayos; otras, por medio de aforismos–, un pensamiento incisivo, atento no solo al fenómeno de la poesía –a su gestación y sus cimientos teóricos–, sino también a los conflictos del mundo que lo rodea y a sus propias vicisitudes personales.

El ajetreo de su biografía es un motivo recurrente de estas notas. Simic, nacido en la capital de la antigua Yugoslavia, sufrió, con su familia, los horrores de la Segunda Guerra Mundial: los bombardeos, la ocupación nazi, el hambre, la muerte y la destrucción. En 1954 emigró a los Estados Unidos, donde ha permanecido desde entonces. Los recuerdos de aquella terrible conflagración salpican su poesía y, en El monstruo ama su laberinto, también sus reflexiones. Sin embargo –y este es un rasgo esencial–, en Simic el horror se mezcla siempre con el humor. Negro, muchas veces, como cuando su abuelo, que agonizaba de diabetes, se tumbó en la cama, con una vela a la cabecera y otra a los pies, y se cubrió con una sábana. Cuando el amigo que había ido a visitarlo, creyéndolo muerto, se echó a llorar a su lado, el abuelo se limitó a decir desde debajo de su improvisado sudario: “Cállate, Savo. ¿No ves que estoy practicando?” La socarronería no cesa, es decir, la amargura no cesa; la ironía es descarnada. La necesidad del humor se reivindica de continuo: “Lo que comparten todos los reformadores y los constructores de utopías es el miedo hacia lo cómico. Tienen razón. La risa socava la disciplina y conduce a la anarquía. El humor es antiutópico. Había más verdad en los chistes que contaban los soviéticos que en todos los libros que se han escrito sobre la urss.” Como señala Seamus Heaney en “Abreviando, que es Simic”, el sustancioso artículo incluido en el volumen como epílogo, el ars poetica del serbo-estadounidense se resume en “hacer reír a tus carceleros”. No es casual que uno de los escritores a los que cita Simic sea Felisberto Hernández, aquel rarísimo uruguayo capaz de decir de una chica que estaba a punto de recitar uno de sus poemas “que tenía una actitud entre el infinito y el estornudo”. Las frecuentes hipérboles subrayan esta dimensión humorística: el recepcionista de un hotel, por ejemplo, “es sordo como un cepillo para el calzado”. Esto es lo que, de nuevo según Heaney, ha hecho siempre el poeta: exagerar. Y lo ha hecho, como es de ver en la macabra broma del abuelo, aunque el asunto fuera luctuoso; es más, lo ha hecho sobre todo cuando el asunto era luctuoso. Las páginas de El monstruo ama su laberinto están llenas de muertos, ataúdes y cadáveres, y es significativo que, en muchos casos, los protagonistas de estas tétricas escenas sean niños, como lo era él cuando padeció la experiencia pavorosa de la guerra, de sus asesinatos y catástrofes. Así, una entrada describe a la mujer del propietario de una funeraria dando de mamar a un niño; y otra habla de una juguetería “cuyo dueño era un empresario de pompas fúnebres”.

El estilo de Simic es directo, conciso, narrativo, como su poesía. Quizá tenga algo que ver con ello que el idioma en que escribe no sea su lengua materna. Su coloquialismo, que no excluye lo abrupto y lo soez, mantiene una gran plasticidad, a la que contribuye un cultivo asiduo de la metáfora. Con esta herramienta precisa, pero bien untada de colores, Simic narra sucesos de su pasado proletario, como inmigrante y trabajador manual, y de sus difíciles inicios como poeta. Recuerda aquí a Bukowski, aunque este sea un poeta más chato que él, menos pluridimensional. Pero a estas escenas de una cotidianidad oscura, siempre un poco sórdidas, y hasta guarras, siguen otras dadaístas o surrealistas. Los sueños aportan muchas de las imágenes o meditaciones de El monstruo ama su laberinto, y Simic no oculta su interés por Breton y los clásicos del movimiento (“surrealista, y por tanto cómico”, apostilla Heaney): “Carreras de perros en sueños: de vez en cuando veía a un hombre a gatas tratando de seguir el ritmo”, escribe en el cuarto cuaderno. La reunión de objetos o realidades enfrentadas –otra práctica de filiación surrealista, desde aquel paraguas en una mesa de disección, de Lautréamont– contribuye a los apotegmas regocijados, chirriantes y reveladores de El monstruo ama su laberinto: “No ronques tan fuerte, amor mío”, se limita a decir una entrada; y la siguiente: “Bebiendo Château Margot Gran Reserva de un bote de mayonesa Hellmann’s en la cocina de Rosa.”

El espíritu crítico subyace en todos estos mecanismos. Simic consigna en sus cuadernos una mirada ácida, casi siempre reprobatoria, a los poderes y costumbres de la sociedad humana, en general, y estadounidense, en particular: “Chabola de tela asfáltica con plásticos cubriendo las ventanas y un cartel electoral de Bush/Cheney en la fachada.” Su censura se hace especialmente virulenta contra las iglesias y las religiones, y también contra el nacionalismo. En uno de los últimos aforismos del libro, escribe: “El culo desnudo de esa mujer me resulta más atractivo que el paraíso”, lo que recuerda aquel versículo prodigioso del Canto de mí mismo, de Walt Whitman: “El aroma de estas axilas es más exquisito que todas las plegarias”, o el no menos fantástico dictado de otro excelente poeta, Woody Allen: “Entre Dios y el aire acondicionado, me quedo con el aire acondicionado.”

El monstruo ama su laberinto es también un compendio metapoético: Simic reflexiona sobre el arte literario y, en particular, sobre los fundamentos y finalidades de la poesía. Pero lo hace, como en el resto de aspectos de la obra, con humor. Su burla consiste aquí en desacralizar –es decir, humanizar– la literatura. A menudo lo consigue por medio de la escatología: “No olvidemos que también Romeo y Julieta solían tirarse pedos y rascarse el culo de vez en cuando”, nos asesta en el cuaderno primero. En el cuarto retoma la idea: “Era el primer día de la primavera. Los pájaros cantaban. A Romeo le encantaba el olor de su propia mierda, pero cuando olió los pedos perfumados a rosa de Julieta corrió hasta el balcón gritando: ‘¡Aire! ¡Quiero aire!’” Y no es amable con los críticos literarios, a los que, en varias entradas del libro, acusa de haber leído mucho menos que los poetas a los que critican. Puede decirse que con la poesía Simic anda siempre en procura de lo nuevo, de lo disímil, de la extrañeza de lo cotidiano: un viejo propósito, en realidad, de la literatura, salvo para aquellos que se refugian en la tradición y croan en ella como ranas en una poza. La poesía es, para el autor de Juguetes aterradores, una búsqueda constante del otro, esto es, un camino hacia la vida, hacia más vida, representado por todos cuantos podríamos ser, por todos los cuerpos y las almas que desearíamos abrazar: “Uno escribe porque ha sido tocado por el anhelo de, y la desesperación de no poder, tocar al Otro.” ~