Hablar a los muertos | Letras Libres
artículo no publicado

Hablar a los muertos

Annie Ernaux

La otra hija

Traducción e introducción de Francisca Romeral Rosel

Oviedo, krk Ediciones, 2015, 119 pp.

Cuando tenía diez años, Annie Ernaux (Lillebonne, 1940) se enteró de que sus padres habían tenido otra hija que había muerto de difteria en 1938, siete meses antes de que la vacuna fuese obligatoria. A esa hermana desconocida está dedicado –y en torno a ella gira– La otra hija. Ernaux juega deliberadamente con el género epistolar y en varios momentos se refiere al libro que está escribiendo como una carta a su predecesora. Aparecen algunos de los personajes fundamentales de su literatura: la madre (a la que le dedicó Una mujer –1988–) y el padre (El lugar, el libro que escribió sobre él, obtuvo el Premio Renaudot en 1984) y algunos lugares como la tienda de sus padres, la casa familiar de Lillebonne o las calles de Yvetot. También resultan conocidos para los seguidores de Ernaux algunos procedimientos: el uso de las fotos y su descripción y ese estilo impecable, natural, casi escrito “a cuchillo”, como ella misma ha explicado.

Un domingo de 1950, “el último verano en que jugábamos a ser mayores desde la mañana hasta la noche entre primas”, Ernaux escuchó una conversación entre su madre y una vecina en la que la madre le habla de la otra hija, la que murió a los seis años de edad. Escribe: “No puedo restituir su relato, solo el contenido y las frases que han atravesado todos estos años hasta hoy”, y que son las que rescata para el lector: “Dice murió como una pequeña santa; dice mi marido se volvió loco cuando te encontró muerta al volver de su trabajo en las refinerías de Port-Jérôme; dice no es lo mismo perder a tu compañero; dice de mí no sabe nada, no hemos querido entristecerla. Al final, dice de ti que era más buena que esa. Esa, soy yo.” Ernaux acomete la investigación sobre el gran secreto familiar que podría explicar algunas cosas, algunas frases y determinados comportamientos, y que, al mismo tiempo, la obliga a reinterpretar su infancia con nuevos ojos. A pesar de la importancia que parece concederle al descubrimiento, nunca les preguntó a sus padres por esa otra hija. Tampoco les confesó que sabía de su existencia, primero por temor, después porque el silencio instalado alrededor del tema era más fuerte que la curiosidad. Sobre eso también se pregunta Ernaux en el libro para llegar a una posible respuesta: “Quería guardarte tal y como te recibí a los diez años. Muerta y pura. Un mito.” Es un análisis también del alcance de las palabras exactas que usó su madre en esa conversación que ella no debía escuchar: “santa”, “más buena”. Intenta explicar cómo le afectó ese descubrimiento: “Nada de lo que sucede en la infancia tiene nombre. No sé lo que sentía, pero no estaba triste.”

Cuando era pequeña, la escritora creía que el bebé de la foto (“Es una foto de color sepia, ovalada, pegada al cartón amarillento de un libretillo, muestra a un bebé posando de tres cuartos, encaramado en lo alto de una superposición de cojines festoneados”) que describe al comienzo del libro era ella. Sin embargo, ese bebé “larguilucho” era la primera hija de sus padres, con la que comparte hoja en el libro de familia: “Pero no eres mi hermana. Nunca lo fuiste. No hemos jugado, comido, dormido juntas. Nunca te he tocado, abrazado. No conozco el color de tus ojos. Nunca te he visto. Eres sin cuerpo, sin voz, solo una imagen plana en algunas fotos en blanco y negro. No tengo ningún recuerdo tuyo.” Y un poco más adelante, Ernaux le dice: “Siempre has estado muerta.” Nunca supo de ella por sus padres, ni siquiera les oyó pronunciar su nombre, que conoció por una prima y le pareció “antiguo, casi ridículo durante mi adolescencia”.

Como sucede con otros de sus libros, en La otra hija Annie Ernaux habla de hechos de su vida, de sus impresiones y de reflexiones íntimas: se convierte a sí misma, a sus sentimientos y a los acontecimientos de su vida en objeto de estudio sin caer en la autocomplacencia. Se usa como pretexto de algo más grande: su historia cuenta un momento concreto y unas circunstancias. Cumple con su propósito de contar una época a partir de lo privado y se mantiene fiel a las constantes de su estilo: la precisión, la obsesión, la claridad y la apariencia de naturalidad del lenguaje. La sombra de la hermana ausente se prolonga sobre la escritora cuando revisa algunos episodios de su infancia: “Debieron de decirte ‘cuando seas mayor’, enumerar lo que ibas a poder hacer, aprender a leer, montar en bicicleta, ir sola al colegio, te dijeron ‘el año que viene’, ‘este verano’, ‘pronto’. Una noche, en lugar del porvenir no hubo más que el vacío. Volvieron a decir las mismas palabras para mí. Tuve seis años, siete años, diez años, te había superado. Para ellos ya no había comparación posible.” Las dos pasaron una enfermedad cuando eran pequeñas, pero la que nació antes no sobrevivió, lo que la lleva a una conclusión: “Tenías que morir a los seis años para que yo naciera y fuera salvada.” Y eso la lleva a otra conclusión que afecta al conjunto de su escritura: “No escribo porque estás muerta. Has muerto para que yo escriba, ahí está la gran diferencia.” Y de ahí surge la gran revelación del libro: “Vine al mundo porque moriste y te reemplacé.”

La otra hija es un libro hermoso y duro al mismo tiempo (podría establecer un diálogo con Amarillo, de Félix Romeo: ambos cuentan una muerte que convierte a sus autores en lo que son, escritores) en el que Ernaux reconstruye un mundo sin contemplaciones ni filtros. No le preocupa salir malparada, sino la verdad. Tal vez sea esa honestidad lo que atrapa y convence al lector. ~