Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI de Harald Welzer | Letras Libres
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Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI de Harald Welzer

 

No cabe duda de que constituye un desafío mayúsculo escribir seriamente un libro sobre algo que todavía no ha sucedido. Máxime si no estamos siquiera seguros de que eso vaya a suceder, ni, en realidad, deseamos que suceda. Tal es, sin embargo, el propósito de Harald Welzer, teórico social alemán de impecables credenciales académicas, que se ocupa en este trabajo de un futuro marcado por las consecuencias del cambio climático. Marcado, claro, para mal: aunque desearía equivocarse, Welzer vaticina un escenario de violencia capaz de provocar la descomposición del actual orden social. Para sostener su pronóstico, echa mano de aquello en lo que es especialista: la psicología social, la violencia grupal, el comportamiento colectivo. Y aunque no cabe duda de que el resultado es muy estimable, el autor ha escamoteado su presunto objeto de estudio: el futuro. Algo, en realidad, perfectamente comprensible. Welzer mismo viene a reconocerlo cuando señala que no se dedicará tanto a especular sobre los escenarios posibles como a utilizar la violencia del pasado como clave interpretativa de la sociedad del futuro. Sin embargo, no está claro que esta relación sea tan fructífera como el autor desearía.

Para empezar, las consecuencias catastróficas del cambio climático se dan alegremente por sentadas, como si fuesen un dato que no admitiese discusión. Desde luego, hay pruebas científicas del aumento gradual de la temperatura del planeta, muy probablemente causadas por la industrialización humana, pero de ello no se deduce necesariamente un escenario distópico: “Este siglo será testigo no solo de migraciones masivas, sino también de la resolución violenta de problemas de refugiados, no solo de tensiones en torno de los derechos del agua y de extracción, sino de guerras por los recursos” (p. 15). ¡Ya veremos! El cambio climático puede mitigarse, la adaptación es plausible. Pero Welzer da por hecho este escenario porque su diagnóstico de las posibles soluciones es radicalmente pesimista. Por un lado, sostiene que una economía globalizada basada en el crecimiento y la explotación de recursos naturales solo puede funcionar si una parte del mundo es explotada por la otra. Dicho de otra manera, insiste en ver la economía mundial como un juego de suma cero, a despecho de las noticias que nos trae una realidad donde los países emergentes crecen sólidamente y cada vez más personas se incorporan a la clase media. Igualmente, Welzer se hace eco del lugar común según el cual estamos donde estamos –como si estuviéramos en el peor de los mundos posibles– a causa de un uso irresponsable de la tecnología, del que no puede sacarnos un uso distinto de la misma. Y remacha: “Por ese motivo, para salir de las crisis es necesario abrir nuevos espacios mentales” (p. 299). Pero no hace falta ser un ingenuo panglossiano para saber que la ciencia y la tecnología son soluciones rabiosamente humanas sin las que esos espacios mentales difícilmente encontrarán herramientas con las que expresarse.

Sea de ello lo que fuere, el autor es consecuente y dedica una buena parte de sus esfuerzos a explicar por qué el cambio climático es “el mayor desafío social de la Modernidad” (p. 24). Aunque las razones son variadas, todas ellas se refieren a la novedad que supone un problema que supera todos los límites conocidos en el catálogo de complicaciones humanas. Sus causas son pasadas, sus consecuencias futuras: todo principio de responsabilidad se diluye ante semejante planteamiento. Máxime cuando tanto unas como otras están desigualmente distribuidas entre distintas sociedades, y aun dentro de estas, mientras que el individuo, por su parte, tiende a adaptar su percepción del medio ambiente a las circunstancias que coinciden con su tiempo de vida. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo motivar cambios de percepción primero y de comportamiento después? Para Welzer, la única solución consiste en desarrollar una estrategia de modernización reflexiva –concepto que toma de Ulrich Beck– e implicar a los ciudadanos en un proceso de cambio de dirección social que incluye la creación de organismos internacionales con verdadero poder para la ejecución de las políticas socioambientales adecuadas.

Nada demasiado original, todo sea dicho. Pero es que Welzer no cree que el cambio climático sea una historia con un final feliz. Más bien, prevé un aumento exponencial de los conflictos climáticos y de las muertes violentas relacionadas con ellos, sin que las “islas de felicidad” que constituyen las sociedades occidentales vayan a poder escapar a tal deriva entrópica. A su juicio, las ciencias sociales no carecen de culpa, en la medida en que se dedican a estudiar la normalidad e ignoran las catástrofes, privándonos de la necesaria “teoría sobre los procesos de transformación social autodinamizantes” (p. 232) y cargando toda la responsabilidad sobre los hombros de los representantes de las ciencias naturales. ¡Tantas becas de investigación para nada! Sin embargo, es dudoso que la solución aportada por el propio Welzer –investigar las razones y manifestaciones de la violencia colectiva– sirva para paliar ese presunto vacío metasocial, por más interés que sus agudas reflexiones posean en sí mismas. Es evidente que el autor es un experto en la materia, dada la soltura con la que maneja la teoría de los marcos de conocimiento, los conceptos de “guerra asimétrica” y “Estado fracasado”, la influencia de los factores ambientales o la cualidad performativa de los atentados terroristas: quien desee saber por qué ciertos grupos humanos han matado a otros grupos humanos encontrará aquí material de primera clase para responder a esa pregunta. Sucede que no está claro que exista un vínculo discernible entre ese asunto y el cambio climático.

Ciertamente, el autor alemán incorpora al texto una imponente lista de conflictos climáticos ya dirimidos, a la manera de una prueba de cargo, pero eso no deja de ser una reinterpretación algo forzada de las guerras pasadas bajo un prisma ambiental. Se trata de una maniobra argumentativa que incluye considerar la lucha por el territorio de toda la vida como un factor ecológico. Es innegable que si el orden social llega a descomponerse por razón del cambio climático, lo que sabemos sobre la violencia del pasado nos ayudará a explicar la violencia del futuro. Pero no hay nada peculiarmente climático en ello. Y tampoco está claro que eso deba suceder, aunque Welzer piense lo contrario: “no hay absolutamente ningún argumento que pueda refutar la idea de que en el siglo XXI el cambio climático generará un potencial de tensión mayor con un peligro considerable de llegar a soluciones violentas” (p. 179). En realidad, hay muchos argumentos para rebatir que la lógica de lo peor sea la única aplicable. Pero entonces no existiría este libro, ni muchos otros que, apostando contra el futuro, contribuyen necesariamente a poner en marcha la inventiva humana que suele impedir el cumplimiento de los pronósticos más pesimistas sobre nuestra singular especie. ~


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