Fiesta bajo las bombas. Los años ingleses, de Elias Canetti | Letras Libres
artículo no publicado

Fiesta bajo las bombas. Los años ingleses, de Elias Canetti

Escribe Elias Canetti: "No me resulta fácil seguir escribiendo sobre los recuerdos ingleses. A menudo me invade la furia cuando pienso en ellos. El resentimiento hacia algunos, muy pocos, a los que tuve que soportar años y años allá en Londres me echa atrás cada vez que me aproximo con el pensamiento a esa ciudad". Es la reflexión más acertada de Elias Canetti sobre su propia obra que se recoge en los materiales agrupados en Fiesta bajo las bombas. Los años ingleses. Aunque se queda corto: el resentimiento que manifiesta no es "hacia algunos, muy pocos", sino hacia la inmensa mayoría, casi todos. Todos los que tuvieron relación con él, por tenerla, y los que no la tuvieron, por no tenerla.
     Resentimiento brutal contra Iris Murdoch, porque cuando vivía una historia de amor, o algo parecido, con ella, ella se insinuó descaradamente durante una cena a uno de sus amigos, y que Elias Canetti disfraza de desdén intelectual. Resentimiento hacia Fred Uhlman, porque consiguió vender muchos ejemplares de su novela autobiográfica Reencuentro (Tusquets): "intuías en todo su odio, odio contra quien le escuchaba, y odio sobre todo contra todo aquel que tuviera mejor suerte que él, en cualquier sentido, incluso el más insignificante". Resentimiento hacia el matrimonio Milburn, que le acogió en su casa, junto a su mujer Veza, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Resentimiento hacia el poeta Herbert Read porque utilizaba el título de Sir. Resentimiento sanguíneo hacia T. S. Eliot, porque no mostró ningún interés en conocerlo. Resentimiento hacia Mrs. Phillimore, por no tratar con el respeto debido a Bertrand Russell. Resentimiento hacia Bertrand Russell porque, a pesar de su talento, se reía como un sátiro. Resentimiento hacia Veronica Wedgwood, que se empeñó en que Auto de fe (DeBolsillo) fuera traducido al inglés, porque era "extremadamente perezosa" y porque disfrutaba siendo maltratada intelectualmente por él. Resentimiento hacia todos los ingleses porque son egoístas y frívolos. Resentimiento hacia Oskar Kokoschka, porque se atribuía el haber alentado en Adolf Hitler sus anhelos nacionalsocialistas al conseguir una beca artística a la que ambos concurrían. Resentimiento hacia su padre, por haber muerto demasiado pronto y haberle obligado así a salir de Inglaterra, cuando niño. Resentimiento hacia todos aquellos que no habían leído su obra, hacia los que no reconocían instantáneamente su talento. Resentimiento evidente hacia las mujeres: sobre todo hacia las mujeres guapas que no le prestaban atención, y a las que deseaba. Resentimiento por haber tenido que ser presentado en sociedad como un pobre exiliado. Resentimiento, también, de clase social, que se siente en la pasión con la que relata la vida de los ricos, hacia quienes muestra notable inclinación. Resentimiento hacia los feos, porque él mismo sufría de ese mal pero sólo era capaz de reconocerlo en los demás, como en su amigo Franz Steiner. Resentimiento a puñados en las páginas de este libro de Elias Canetti y que son apuntes, notas, pequeños desarrollos de lo que debería haber sido la cuarta parte de su autobiografía; continuación de La lengua absuelta (DeBolsillo), La antorcha al oído (Alianza) y El testigo escuchón (Anaya & Mario Muchnik).
     Resulta imposible creer que alguien que tenía esa consideración hacia el ser humano, carente de toda piedad y de todo amor y de toda comprensión y de toda generosidad y de todo perdón, pase por ser uno de los grandes intelectuales del siglo xx. Pero no tenía esa baja consideración por todos los seres humanos, claro. Había una notable excepción, él mismo: Elias Canetti (1905-1994), genio de los genios, que sólo parece encontrarse verdaderamente feliz en un cementerio, mirando las lápidas de todos los que ya no están, y no hacen daño, ni sombra, y no pueden recordar, ni rectificar.
     Y lo peor de este horrible resentimiento es la fuerza con la que seguía latiendo dentro de él tanto años después. Porque estas notas están escritas después de que obtuviera el Premio Nobel, en 1981, y después de que buena parte de la gente de la que Elias Canetti hablaba hubiera pasado tiempo atrás al limbo del olvido.
     Elias Canetti no aprobó la publicación de este libro en el que se encontraba trabajando, y sólo sirviéndose de la artimaña de que no se trata del Diario, del cual prohibió expresamente la publicación hasta dentro de unos cuantos años, los editores han podido sacar Fiesta bajo las bombas. Los años ingleses. Pero que Elias Canetti no lo hiciera público no quiere decir que no pueda ser juzgado como un libro de Elias Canetti, porque todo lo que aparece en el libro fue escrito por Elias Canetti y sólo contiene sus opiniones crudas. Y el Elias Canetti que aparece en estas notas es un ser humano poco recomendable: ni siquiera a los que presenta como sus mejores amigos, Arthur Waley o Aymer, dejan de recibir sus puyazos. Y un escritor, como no podía ser de otra manera con la importancia que se daba, poco dotado para la sátira, a la que parecían abocarle la frivolidad inglesa, capaz de bailar bajo los bombardeos, y la imbecilidad constante que, según él, le rodeaba, y que habría mejorado notablemente el rencor continuo que llena estos recuerdos.
     Fiesta bajo las bombas. Los años ingleses no es un buen libro de memorias porque está construido, casi siempre, de forma impresionista, con brochazos generalizadores de escaso interés y muy poca chicha de acontecimientos concretos. No es tampoco buena literatura porque no se escribió para ser buena literatura. Ni siquiera es un buen libro de chismes (salvo en la relación con Iris Murdoch, que le hizo pupa), porque todo son litigios privados de Elias Canetti de poco vuelo intrahistórico. Como estudio antropológico de los ingleses, al que a veces tiene la tentación de apuntarse, es patético: y espero que en la escritura de Masa y poder (DeBolsillo), el que pasa por ser su libro más importante, siguiera criterios más rigurosos. Es, sí, un alucinante viaje al mundo egotista, y pueril, de Elias Canetti. Una lástima. -