Europa Central, de William T. Vollmann | Letras Libres
artículo no publicado

Europa Central, de William T. Vollmann



Para empezar: la obra de William T. Vollmann (California, 1959) ya se acerca a las 25.000 páginas entre ensayos, crónicas, novelas y relatos (sin contar su actividad fotográfica y pictórica). Esto, cabía esperarlo, le ha hecho merecedor ya desde hace varios años –digamos que desde los días en que llevaba tipeadas apenas unas 3.000 páginas y todavía no había desarrollado una dolencia crónica en manos y brazos consecuencia de muchas horas frente al teclado– de ese adjetivo tan utilizado por algunos críticos literarios. Así, Vollmann es, para ciertos reseñistas y afines, lo que se dice un escritor excesivo cuando lo que en realidad ocurre es que se trata de algo mucho más interesante: un escritor sin límites ni fronteras, ya sean temáticas o geográficas.

Para seguir: no conforme con estar metido en la continua narración de una suerte de saga del progreso norteamericano en siete volúmenes, Vollmann se ha hecho tiempo para trabajar como corresponsal de varias guerras (casi muere en Croacia cuando su jeep pisó una mina), rescatar a niñas prostitutas tailandesas (y ficcionalizarlas en desgarradores textos), compaginar cerca de 4.000 páginas de apuntes reunidos durante veintitrés años sobre la ética de la violencia en el monstruoso tractat titulado Rising Up and Rising Down (publicado por la editorial McSweeney’s de Dave Eggers), ensamblar una investigación coral sobre la pobreza titulada Poor People y escribir varias novelas inmensas y conmovedoras. Así, por señalar a una, en el 2000 llegaron las casi 800 páginas de la noir y dostoievskiana The Royal Family (la odisea de dos hermanos torturados por el amor a una misma muerta en una San Francisco espectral y subterránea y cuya traducción sería de agradecer) y ahora las más de 800 de Europa Central.

¿Y por dónde comenzar?

Yo diría que una buena puerta de entrada es la antología de grandes éxitos, rarezas e inéditos Expelled from Eden: A William Vollmann Reader, editado por Larry McCaffery y Michael Hemmingson en el 2004 con la colaboración del “protagonista” e incluyendo la perturbadora foto del artista adolescente apuntando una pistola a su propia sien así como una cronología biográfica que arranca en el 30.000 a. C. y que concluye prediciendo, para el año 2010, la “muerte accidental” de Vollmann causada por un arma de fuego.

O, tal vez, por el panorámico y nómada The Atlas: People, Places, and Visions (1996), donde Vollmann –único y natural heredero del William Gaddis de Los reconocimientos– emociona cuando confiesa el trauma que sostiene y justifica a toda su obra: la muerte –cuando él tenía nueve años y por un descuido suyo– de su hermanita menor, ahogada en una laguna de New Hampshire

O –seamos prolijos y disciplinados, después de todo hemos encontrado a uno de esos narradores que nos acompañarán toda la vida– por You Bright and Risen Angels (1987), debut novelístico celebrado en su momento por Thomas Pynchon y al que, nada es casual, se parece en más de un sentido su reciente Against the Day.

Para terminar: Vollmann –a diferencia de muchos de sus contemporáneos, para buscar un par tanto en preocupaciones como en calidad habría que ascender hasta el viajero y visionario Denis Johnson– es un escritor poco y nada conocido para los lectores en castellano. De su amplia obra apenas fueron traducidos –en El Aleph, a mediados de los años noventa– Historias del mariposa, Para Gloria y Trece relatos y trece epitafios. De ahí que la publicación de Europa Central –ganador del confiable National Book Award en el 2005, uno de sus mejores títulos y, como los anteriores, otra novela-en-relatos, el formato que mejor y más frecuentemente maneja– no sólo sea un poco común acontecimiento sino, también, una ocasión para celebrar al mejor nobelista de su generación. (Y, entre paréntesis, la errata intencional, la b suplantando aquí a la v, apunta a que seguramente Vollmann, por méritos literarios pero también por su a veces poco ortodoxo compromiso social y humanístico, será el que más papeletas tenga cuando llegue, inevitablemente, la ocasión de escoger a un futuro Premio Nobel de Literatura Made in USA.)

Y para volver a empezar: bienvenidos a Europa Central.

De algún modo inspirada –así lo hace constar el propio autor tanto en el inicio de este libro como en un muy revelador ensayo/epílogo/credo del 2001 recogido en el ya mencionado Expelled from Eden– por Una tumba para Boris Davidovich de Danilo Kis, esta novela de Vollmann es una de esas magnas novelas (como, cada una a su manera, Ragtime o La marcha de E. L. Doctorow, Poderes terrenales de Anthony Burgess, Monstruos de buenas esperanzas de Nicholas Mosley o la Tetralogía Pyat de Michael Moorcock) cuyo tema es el modo en que la histeria de la Historia afecta a personas reales y estas luego afectan a personajes imaginarios que son los que acaban afectando a la Historia. De ahí, los espasmos, las intermitencias, las seducciones, los rechazos y el modo en que los acontecimientos se ordenan en maniobras militares o en arreglos sinfónicos –con el arte como materia acaso redentora de tanta sangre derramada– para desordenar a aquellos que los viven y los mueren proyectados, como si se tratara del reparto de una imposible colaboración fílmica de David Lean con John Cassavetes, fundiendo lo panorámico del Cinemascope con la mirada microscópica de la casi home-movie. Aquí –con la ya característica prosa febril y alucinatoria, como si Whitman y Poe y Melville y Burroughs compartieran un mismo mega-cerebro– entre Rusia y Alemania y entre Hitler “El Sonámbulo” y Stalin “El Realista”, intentando armonizar las disonancias de tiempos totalitaristas y la música concreta de la Segunda Guerra Mundial –el “héroe-aria” de la sinfonía es el compositor Dimitri Shostakovich. Uno de los vértices de un fatal triángulo amoroso completado (y un tanto exagerado por Vollmann por comprensibles cuestiones dramáticas) por la poeta Elena Konstantinovskaya y su marido el documentalista Roman Karmen. Y la sección titulada “Opus 110” –“Allí es cuando todos morimos”, precisa y explica Shostakovich– alcanza y sobra para asentar el inconmensurable talento y ambición de Vollmann. Intenciones en las que algunos han querido detectar una “ideología ambigua” (señalando, tontamente, cierta fascinación con la elite nazi-alemana que no es otra que la fascinación de los solistas y no la del director de orquesta) o una incontinencia patológica necesitada de los buenos oficios de un gran editor como aquel Maxwell Perkins del que en su momento se benefició el también aluvional americano Thomas Wolfe.

Y ahí están el más de medio centenar de páginas de fuentes que Vollmann debió procesar durante la composición de este colosal concierto del desconcierto que es Europa Central. Poca cosa en comparación a lo que año tras año vienen procesando sus seguidores extáticamente reunidos en torno a la lumbre electrónica de un site llamado The Vollman Club (más datos, si se atreven a abrir otra puerta de un palacio con muchas habitaciones, en http://www.edrants.com/wtv/), donde cinco entregados “voluntarios” se han repartido tiempo y papel y analizan obsesivamente la creciente bibliografía vollmanniana así como su recepción crítica donde se lo tilda, según el caso, de “aberración de la naturaleza” o de “un monstruo de talento, ambición y logros”.

Y sí, claro, por supuesto: en Europa Central Vollmann es excesivo otra vez. Pero lo es porque de lo que aquí se trata es de plasmar en detalle los excesos –algunos nobles, muchos infames– que el hombre comete en nombre de ocupar un sitio, de agregar algunas melodiosas notas en estado de gracia, a la desgraciada y ensordecedora partitura de la Historia. Vollmann coge la batuta para dirigir a fondo ese tema, ese desafío que también es el suyo y –sin límites ni fronteras, tanto con la cabeza como con el corazón– sale de escena triunfante por amor al arte.

“Siempre retrataremos problemas humanos importantes… Debemos proponer la solución a esos problemas; aunque no la encontremos la búsqueda profundizará el retrato… Tendremos la obligación de saberlo todo acerca de lo que estamos escribiendo… Creeremos sin dudar en la existencia de la verdad… Intentaremos ser de provecho a otros además de a nosotros mismos… Jamás escribiremos sin sentimiento…”, puntualizó Vollmann con pasión casi evangélica y de escritor de otra era –de aquella donde vivieron titanes como Thomas Mann, a quien, cabe pensarlo, le hubiera gustado este libro– cuando se le pidió que enumerara los mandamientos que todo escritor serio y en serio debe seguir para honrar a su sacra vocación.  

Europa Central consigue ser, sí, en exceso, una de esas contadas y reverenciables ocasiones en las que el iluminado y luminoso oficiante predica, por fin, con el mejor de los ejemplos. ~