Estancia, de Sergio Gaspar | Letras Libres
artículo no publicado

Estancia, de Sergio Gaspar

Leí Estancia con la curiosidad que da leer a un buen editor de poesía cuyo gusto suele reflejarse en su catálogo. Previamente, apenas había leído nada de Gaspar, aunque ya había registrado la reverencia unánime que provocan entre los lectores estas dos palabras, Aben Razin, título de un inencontrable libro de poemas en prosa del mismo autor. Y lo primero que descubrí es que Estancia no es un libro de poemas.  No a la usanza convencional, al menos.

Por supuesto, tendríamos que empezar por preguntarnos qué es un libro de poemas, qué lo conforma y diferencia de otros libros. Un conjunto de poemas no es necesariamente un libro de poemas, aunque algunos autores pretendan convencernos de lo contrario.  ¿Un conjunto de poemas que tienen que ver entre sí, que comparten un estilo y corresponden a un proyecto más o menos definido, es un libro de poemas? Diría que sí, aunque Sergio Gaspar discreparía.

Estancia no es, pues, un libro de poemas convencional: está dividido en tres partes que no comparten un estilo y que, aparentemente, nada tienen que ver entre sí. ¿Corresponden a un proyecto más o menos definido? Difícil asegurarlo. La tercera parte, además, es a todas luces un cuento; un cuento, éste sí, con una estructura convencional que nos regala un desenlace al final.  Sergio Gaspar, sin lugar a dudas, está consciente de todo esto y quiere que su libro saque de quicio esos convencionalismos estructurales. Creo que lo consigue parcialmente.

Una lectura atenta revela que las tres partes de Estancia sí están relacionadas por un mismo tema: la pérdida. La pérdida de la madre, la pérdida de la inocencia y la pérdida de la dignidad. Y el aliento con que se aborda el tema y sus variaciones cambia: es sostenido y más o menos regular al principio, breve y conciso en medio y desatado al final, ya en franca prosa.

La primera parte, titulada “Estancia”, consigue compartirnos, con una sintaxis talentosamente rota, el ansia del hijo por representar a la madre muerta a través de sus fragmentos. Un discurso hecho pedazos, una elegía de lascas y momentos recuperados. Gaspar, antisublime, viaja –y nos lleva con él– hacia el cuerpo, su desgaste y su final descomposición. El cuerpo de la madre y el cuerpo suyo, testimonios urgentes de la vida que pulsa, huele, suena y se apaga. Esta es la mejor parte del libro, que esconde, tras unas estrofas bien formadas, una poesía en rebelión, bronca y bella como un grito en un velatorio. “Los muertos/ se incorporan nunca, cuando nadie/ los mira”, dice el poeta perplejo ante la ausencia definitiva, dueño sólo de unos residuos y de su propia contingencia. La importancia dada a las “cosas”, y el desarrollo centrífugo de los poemas a través de partículas menudas, nimias, no es el menor de los hallazgos de esta primera parte del libro.

La segunda parte, “Un día con Stevens”, es  una lectura, a manera de paráfrasis, del poema de Wallace Stevens “Trece modos de mirar un mirlo”. Que Gaspar trueque al mirlo arquetípico por un hombre ya es señal de la dirección que va a tomar el poema, pero el autor, inteligente, se ahorra todo tipo de narración directa y opta por lo que el mismo Stevens llama the beauty of innuendoes, es decir, por la belleza de la insinuación. Belleza tensa y atroz que nos confunde: “Mirando esta hierba/ aplastada en el bosque,/ algunos pensarían/ en un cuerpo dormido”. Yo encuentro esa “hierba aplastada” de una elocuencia inquietante que viene a confirmarse cuando, en el epílogo (pues eso y no otra cosa es el texto final), Gaspar explica que el poema “narra la violación y asesinato de un niño por un hombre”.  ¿Se requería esa explicación y el epílogo en general? No: que el libro de poemas se defienda solo, digo yo, que ya no es propiedad del autor que cree que lo escribió.

La tercera y última parte, “Enunciado”, es un cuento de tema sadomasoquista. Placer y humillación, venganza, pérdida de la dignidad. De todo ello hay un poco en el relato que, también se confiesa al final, forma parte de un libro futuro que se está escribiendo y que tal vez no se concrete…  ¿Qué hace entonces aquí, en este libro para el que no fue pensado? Ni idea. Sí puedo afirmar que su ambiente de violencia y de cuerpos castigados está a tono con el conjunto.  A pesar de su temática epatante, es un texto formalmente conservador que narra la historia de un señor que acaba convirtiéndose en prisionero de sus propias fantasías sexuales por mano de su mujer emancipada. No importa si es un poema o no. En la prensa, hay secciones de economía que podrían partirse en verso y casi todas las listas del súper son poemas potenciales. Importa que forma parte de un libro raro y, más que valiente (como se ha escrito en un par de ocasiones), arriesgado, que en parte cumple el objetivo de hacer temblar algunos fundamentos y en parte obedece involuntariamente a las reglas contra las que atenta. Pero importa sobre todo que muchos de sus textos son memorables, que es un libro lleno de muerte y vida y de las cosas que acontecen en medio: las cosas más importantes.