Escribir es pensar | Letras Libres
artículo no publicado

Escribir es pensar

Son expresiones que traicionan, a veces suenan a tedio y ramplonería, pero encierran –dice Alejandro Rossi– percepciones profundas sobre el mundo: “juguetes del destino”, “drama eterno” y aun “cerveza tibia”. Se pueden sumar cientos de ellas, llegan a la punta de la lengua y el escritor atento por lo general las esquiva. Pero al distraído pueden darle cauce para la reflexión. Es pasión de filósofo desentrañar en ellas cierta fidelidad al mundo, cierta razón de ser; es pasión de escritor escuchar en ellas el pensamiento. Piensa Alejandro Rossi que escribir es pensar, y que la literatura es tanto una manera de pensar el lenguaje como de explorar las relaciones entre lenguaje y pensamiento. ¿Lo piensa realmente? Por lo menos así escribe.

Por poco que se atienda, en el campo literario y de la crítica las expresiones ramplonas abundan. ¿Qué tanta razón tienen? Al hablar de las dotes de un novelista lo definitorio será su “aliento narrativo”; al hablar de las dotes de un poeta lo definitorio será su “voz”, y si se trata de un ensayista será su “mirada crítica”. Al hablar del Manual del distraído, libro de escritura y pensamiento, seguramente convendrá darle relieve a la “mirada crítica”. Qué tedio. Pero ocurre que si uno ha tenido la suerte de ver a Alejandro Rossi en acción, es decir, argumentando, debatiendo, ironizando desde un sillón o en una sobremesa, esta expresión resulta de una literalidad sustancial. Rossi el hombre es dueño de una mirada crítica, y no sólo eso: esa mirada le sella el rostro. Para una reflexión al caso, conviene mencionar sus anteojos.

Me refiero a unos anteojos de medio armazón que le cuelgan de una correa al cuello, y se deslizan por su tabique nasal. Útiles para la miopía o para la vista cansada, delatan especialmente al lector o a quien tiene necesidad de mirar muy de cerca los objetos. Pero lo realmente interesante es la manera como Rossi mira, al hablar, por encima de esos lentes, saltando el obstáculo para enfrentar al interlocutor a los ojos. El gesto parece teatral; es también mayéutico: desafía a razonar juntos, a poner en claro. Sucede que cuando Rossi se inclina, haciendo resbalar los anteojos nariz abajo hasta la gran mueca labial que los sostiene, está imponiendo su mirada crítica, intencionada, inquisidora, cejuda. En ese través hay necesariamente un franqueo de distancias y un cambio de foco. Ahora es distante, parece mirarnos a través de una celosía; ahora es próximo, se acerca un grado más que con sus lentes.

Escritura y pensamiento de Alejandro Rossi van igualmente de la distancia a la cercanía, luego a una mayor cercanía, casi incómoda, inductiva al grado de que valora el detalle con desproporción. Y para su mueca mordiente, lo menudo es bocado de cardenal. Más que encumbrar lo particular, distrae elementos de apariencia insignificante para pensarlos en primer plano y como si tuviesen otra escala, como si fuesen de momento la gran cosa, y entonces se aparta por el sendero oblicuo, fija su sesgo como procedimiento heurístico, y si en lo pequeño hay pequeñez, donde reconozca mezquindad será implacable, sacará punta al significado de la insignificancia.

Así, en el Manual del distraído el narrador del relato sobre el Conde Alessandrini busca contar la “mínima historia” a partir de datos marginales, confesando que “esas minucias son mis aliados. Mejor dicho: no tengo otros”; el ensayista que en “Minucias” visita la colección de arte de Álvar Carrillo, encuentra la pintura de José Clemente Orozco ideológica y vulgar, mientras que se entusiasma con sus pequeñas acuarelas, llenas de sátira, sordidez y procacidad; es el mismo que exalta, del Juan de Mairena, los “ensayos breves, diálogos, aforismos reflexiones sobre un autor, confesiones inesperadas, el borrador de un poema, una broma o la explicación apasionada de una preferencia” (es decir, todo aquello que no constituye obra), y el que elogia a Eugenio Montale, quien “posee la sensibilidad de lo mínimo”, de donde deriva la creación de personajes. “Los manierismos son importantes. No por amor a la extravagancia, sino porque un personajes es, en último término, una forma de adaptación. Somos esas morisquetas y esos intentos. Se necesita la parodia para sacarlos a la luz. Allí está la mezcla fascinante: parodia y minucia.”

Trabajo de escritor, ¿es también trabajo de filósofo? Desde luego que Rossi esquiva definirse como tal, y lo hace con humor. Pero los múltiples personajes en que se desdobla abordan el asunto al sesgo. “Soy un profesor de filosofía”, escribe uno en la página 33. “No quiero engañar a nadie diciendo que soy un filósofo”, dice otro en la 137. Mientras que uno más, que es él mismo, se declara discípulo de José Gaos, quien “nos puso al margen de las grandes corrientes formadoras del pensamiento contemporáneo”. Si se lee el Manual del distraído en clave filosófica, pronto se hace aparente que Rossi importa a su literatura sesgos de la fenomenología y de la filosofía analítica. Sus personajes suelen ser individuos enredados en búsquedas de sentido (son escritores, filósofos, profesores) que en sus aspiraciones reducen al absurdo los problemas de la filosofía del lenguaje. Parodiando a los positivistas lógicos, Rossi crea fascinantes maquetas literarias donde el lenguaje funciona con reglas de juego que él impone y echa a andar. Luego ensaya sobre la degradación de los símbolos en clave semiótica, o analiza la hipocresía política desde la argumentación, o crea el cuento de un escritor que desea producir (y lo logra) una escritura sin sujeto: reflejo invertido de la filosofía estructuralista.

Ahí donde otros solicitan anteojos para mirar el mundo, el gesto de Rossi demuestra ser filosófico por excelencia: no te quites los lentes, nomás mira por encima de ellos. ~