Eréndira en fuga | Letras Libres
artículo no publicado

Eréndira en fuga

Leer, releer, este libro de García Márquez y, en general, sus libros de cuentos, es como ir a pueblear, un modo muy apropiado para probar el espíritu del lugar.

Más de cuarenta años después de que Eréndira consiguiera fugarse corriendo velozmente con el chaleco cargado de oro que su abuela amasó explotando a su nieta, la niña debe seguir surcando quién sabe qué mundos fuera del mundo cerrado que Gabriel García Márquez fijó a través de los cuentos de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada.

Esta huida frenética que literalmente escapa del redondo libro de García Márquez como una continuación eterna de su apuesta literaria es el cierre magistral de este conjunto de historias de mar, volátiles, rosas, putas, cangrejos y blacamanes.

Son siete cuentos que ocurren en parajes casi lunares o que presagian la rudeza de la vida que les espera a los pioneros que pueblen Marte. Por eso mismo el tiempo en estas historias es ambiguo, pues o bien dan la sensación de estar situadas en eras bíblicas con improbable datación o bien en el tiempo simultáneo de los sueños donde pasado, presente y futuro se fusionan. Hay personajes tan ancestrales a los que ni siquiera las melodías antiguas provenientes de la ortofónica de Catarino (“El mar del tiempo perdido”) son suficientemente antiguas para despertarles recuerdo alguno. Por eso el escape final de Eréndira es una especie de big bang, en el que comenzaría el tiempo.

Se antoja natural que en estas historias fuera de la Historia la llegada de extranjeros de todo tipo sea tomada como gran acontecimiento, sin importar si se trata de circos trashumantes, vendedores de milagros, senadores cínicos, ángeles caídos o ahogados titánicos. Tanto el hermoso y descomunal cuerpo arrojado por el mar que desata los instintos y las pasiones de las mujeres de un poblado (“El ahogado más hermoso del mundo”) como las proporciones de ballena blanca y la ingente fuerza de la abuela de Eréndira dan la sensación de estar en un tiempo mitológico, o bien en una especie de prehistoria como la que hoy en día enciende debates acerca de si las distintas especies humanas llegaron o no a tener contacto y descendencia entremezclándose, como neandertales, desinonavos y homo sapiens.

Las condiciones climáticas en la región donde estas historias se desarrollan más que inclementes son producto de una Naturaleza desatinada, en la que los elementos se confunden y las criaturas del mar de repente invaden el aire, como el pez que navega en medio de la tormenta distrayendo a Eréndira mientras es violada por el tendero viudo del pueblo (en el relato que da título al volumen), o como el viaje a las profundidades oceánicas que realizan el señor Herbert y Tobías (“El mar del tiempo perdido”) donde este último se sorprende de ver reunidos tantos muertos habitando esas honduras. Este desatino de la Naturaleza también permite a las criaturas del empíreo deambular en la tierra aeróbica, como el ser decrépito que es confinado al gallinero (“Un señor muy viejo con unas alas enormes”) o Ulises, que asegura que su abuelo tenía alas (“La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada”).

La decantación de las pasiones que motivan a los personajes de estos relatos coincide con la largueza del tiempo aumentado descrito arriba, pues la desmesura de los acontecimientos está emparejada con la desmesura de las pasiones. Así, el rencor que alimenta los portentos de Blacamán, capaz de resucitar muertos, es producto de haber sido martirizado (“Blacamán el bueno, vendedor de milagros”), y la hazaña del adolescente con un gigantesco trasatlántico que sólo él puede ver en cierta noche de marzo también es alimentada por el rencor (“El último viaje del buque fantasma”). Este cuento, por cierto, es una muestra del enorme talento del autor para jugar con con el idioma: está escrito en una sola frase magistral de ocho páginas.

Más allá del amor imberbe que les permite a Erándira y a Ulises comunicarse telepáticamente, el amor más conmovedor de estas historias es el que vive Onésimo Sánchez seis meses y once días antes de morir, cuando le es enviada como soborno Laura Farina por su propio padre, la criatura más hermosa y dócil del mundo, sólo dable en este Caribe donde aún deambula Francis Drake o una versión caballeresca de piratas en los Amadises, y que, como los grandes amores, es un amor no consumado (“Muerte constante más allá del amor”, título que parafrasea pero dolorosamente el título del poema quevediano).

El relato que da título al volumen es una especie de grand finale. En algún momento confluyen varios de los personajes que el lector conoció en los cuentos precedentes, y la desmesura y el esperpento alcanzan una naturalidad inusitada, dada por acumulación, emparentada a ciertos finales de Fellini –pienso en 8 ½.  De pronto hay ecos que consolidan la unidad del libro, como la similitud entre el viejo con alas enormes confinado en el gallinero y el avestruz decrépito al que tiene alimentar Eréndira como una de sus interminables tareas. El apuñalamiento extenuante de Ulises a la abuela y el súbito abandono de la candidez de Eréndira cuando huye a la carrera con los lingotes a cuestas es memorable.

Leer, releer, este libro de García Márquez y, en general, sus libros de cuentos, es como ir a pueblear, un modo muy apropiado para probar el espíritu del lugar. Una antesala muy recomendable para introducirse en el universo de sus grandes novelas.