Entre lobos y brujas | Letras Libres
artículo no publicado

Entre lobos y brujas

 

Sofi Oksanen

Purga

Traducción del finlandés de Tuula Marjatta Ahola Rissanen y Tomás Gónzalez Ahola, Barcelona, Salamandra, 2011, 384 pp.

 

Se ha impuesto como un tópico en la ficción contemporánea (en la literaria y en la cinematográfica/ televisiva): a una atrocidad del pasado, relacionada generalmente con el terror totalitario, es necesario contraponerle una atrocidad contemporánea, de las que se cometen en las democracias. Se transmite así una sensación de equivalencia moral y de indistinción: todo es lo mismo, siempre es igual.

En Purga, la “novela literaria”, y sorpresa, de la temporada, también se produce: a la brutalidad del gulag soviético (y de la persecución incansable de toda disidencia), Sofi Oksanen (Jyväskylä, Finlandia, 1977) contrapone el horror de la trata de blancas tras el desplome del Telón de acero. La crudeza con la que describe la violencia de las mafias sexuales contrasta con la enorme cortina de silencio que coloca ante los campos de trabajo.

A quien tenga reciente la lectura del excelente Todo lo que tengo lo llevo conmigo (Siruela, 2010), escrito por Herta Müller con la colaboración del poeta Oskar Pastior, que sobrevivió a cinco años de esclavitud en el gulag, Purga le parecerá un pastiche edulcorado. Y es muy normal pensar en el libro de Herta Müller porque sucede, en su núcleo principal, como Purga, en los años cuarenta, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, en un territorio controlado por un tirano insoportable, Stalin, y en el que los diferentes (los rumanos alemanes en un caso y los nacionalistas estonios en el otro) son hostigados y tomados como esclavos para ser “reeducados”... y, en muchas ocasiones, morir durante esa reeducación, extenuados por el hambre o baleados por sus guardianes.

Sin embargo, Sofi Oksanen no entra en el gulag, al que ha sido llevada una de las protagonistas de la novela, Ingel, más que a través de la imaginación de otros tres protagonistas, las tres personas que supuestamente la quieren más: su marido, un nacionalista estonio que vive como un topo tras haber fingido su asesinato, su hermana, que esconde a su cuñado topo, al que no ha dejado de desear, y que, al mismo, tiempo está infelizmente casada con uno de los líderes comunistas del pueblo, y su descendiente, Zara, que se presenta ante su tía, cuarenta y muchos años después de la acción principal, para remover todo el olor putrefacto del pasado. El marido de Ingel, Hans, sueña que Ingel lo pasa mal: los mosquitos devoran su sopa y los piojos devoran su cuerpo. La hermana, Aliide, escribe, imitando la voz y la escritura de Ingel, cartas para consolar a Hans en las que cuenta que todo le va bien. Y Zara, herida hondamente por su reciente historia de abusos, encarna el misterio de Ingel, pero no se convierte en portavoz de su dolor.

Purga es un cuento infantil para adultos, y creo que ahí reside su éxito, y no en su supuesto desvelamiento del terror estalinista, que tiene en otros libros, desde el clásico Archipiélago Gulag, mejores develadores, o de la maldad mafiosa, de la que solo aprovecha el MacGuffin  narrativo. Sofi Oksanen mezcla varios clásicos del género, y algunos de sus elementos principales, como el bosque, la inocencia o la maldad familiar: Zara es una Caperucita que ha logrado escapar de las garras del lobo... y, en su huida, se refugia en la casa de una bruja; Aliide es una de las hijas legítimas de la madrastra de Cenicienta... y, al final de su vida, tras pasar una larga temporada como bruja, puede, ante Zara, maquillar, un poco, sus comportamientos deleznables. Para que toda esta maquinaria de cuento infantil no resulte muy evidente, y para que los enormes huecos temporales no llamen demasiado la atención, Sofi Oksanen organiza la novela con un continuo vaivén cronológico que tan pronto nos lleva al año 49 como al 91, a los años sesenta o a los cincuenta.

Por si a algún lector no le queda clara la trama de este puzzle, Sofi Oksanen incorpora al final una colección de “documentos” soviéticos, esta vez sí respetando la cronología, que explica lo que verdaderamente sucedió entre Hans, Aliide e Ingel. La sutileza de los “documentos” causa sonrojo, porque el estalinismo era de todo menos sutil: acababa con sus enemigos sin contemplaciones. Para muestra, un botón reciente, Cuadernos ucranianos (Sins Entido, 2011), una estupenda novela gráfica del italiano Igort, en la que relata las hambrunas orquestadas por Stalin, en los años treinta, para acabar con toda la población que poseyera cualquier cosa. Y si Stalin no era sutil en los treinta, menos lo fue tras la Segunda Guerra Mundial, cuando ya gozaba, por haber contribuido a acabar con los nazis, de una sólida impunidad internacional y de un enorme pastel territorial.

El final de Purga, en el que todo queda cerrado, me ha recordado mucho al de otra “novela literaria sorpresa”, Seda (Anagrama, 1997), de Alessandro Baricco, en la que también las cartas falseadas tenían un protagonismo fundamental: amor imposible, secretos, viajes a lo desconocido... Alessandro Baricco jugaba con la intensidad, en un relato cuya extensión era la precisa, pero Sofi Oksanen prefiere jugar con la psicología, y Purga  se extiende más allá de lo necesario, sin que ninguno de los personajes, a diferencia de lo que sucede en las ficciones de una escritora con la que algo tiene que ver, Anne Tyler, consiga ser verdaderamente humano, como tampoco lo son en los cuentos infantiles. ~


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