Entre la poesía y el conocimiento, de Ramón Xirau | Letras Libres
artículo no publicado

Entre la poesía y el conocimiento, de Ramón Xirau

Ramón Xirau, Entre la poesía y el conocimiento. Antología de ensayos críticos sobre poetas y poesía iberoamericanos, prólogo de Adolfo Castañón, selección de Josué Ramírez, FCE, México, 2001, 570 pp.

ENSAYO
Xirau: Entre dos aguas

Ramón Xirau (Barcelona, 1924) es poeta y ensayista filosófico y literario. Su obra poética la ha escrito en catalán y el resto de sus escritos, en castellano. Entre sus libros de poesía hay que recordar L'espill soterrat (El espejo enterrado, 1955), Les platges (Las playas, 1974), Ocells (Pájaros, 1985) y Natures vives (Naturalezas vivas, 1997). En cuanto filósofo y ensayista literario, citemos de su amplia producción Palabra y silencio (1964), Mito y poesía, Introducción a la historia de la filosofía (1964), Poesía y conocimiento (1979), Octavio Paz: el sentido de la palabra (1970), Cuatro filósofos y lo sagrado (1986) y Genio y figura de Sor Juana Inés de la Cruz (1997). Algunos de estos títulos ya indican que Ramón Xirau, como filósofo, se ha preocupado por la poesía, pero no tanto para desentrañar su mundo de ideas, es decir, de una manera ancilar, sino de verdad interesado por la poesía misma, y, dentro de ella, por algunos poetas en los que el canto y la reflexión logran ser una misma materia. No es raro, pues, que haya dedicado su atención a Juana Inés de la Cruz, especialmente a ese poema central y excéntrico del barroco que es Primero sueño, a José Gorostiza, autor de uno de los poemas insoslayables de nuestra lengua, Muerte sin fin (1939), a Borges, a Octavio Paz, sobre quien escribió el primer libro que se ha dedicado a su obra, y, en fin, a Lezama Lima, Roberto Juarroz, etcétera.
     El título de esta antología de los ensayos críticos sobre poetas y poesía iberoamericanos de Xirau, Entre la poesía y el conocimiento, nos remite a María Zambrano, quien escribió páginas de gran lucidez sobre las relaciones entre filosofía y poesía y sobre la relación del hombre con lo sagrado. Zambrano dijo alguna vez —cito de memoria— que la filosofía separaba para conocer mientras que la poesía se ocupa de las cosas juntas, de la totalidad. No es que cada poema hable del total de las cosas, sino que la poesía tiende a la unidad y a mostrar los fragmentos enteros, por decirlo de manera paradójica. La hoja del poema no está separada del árbol para así conocer mejor al árbol y sus productos, sino que la hoja sucede en el poema como fragmento entero, o dicho de otra manera, tal como lo explica Xirau en un lúcido ensayo sobre Paz, titulado "Los caminos de la transparencia": la poesía, aun siendo crítica, funda, por la unión de los opuestos, un camino siempre en vilo que va uniendo esto con lo otro gracias a lo que llamamos analogía. Se trata de la percepción de la palabra como fragmento y de la intuición de una palabra bajo el lenguaje, la Palabra originaria a la que Ramón Xirau, en una línea muy semejante a la de José Ángel Valente, hace alusión. La filosofía, forzosamente, ha de abstraer para poder así ocuparse de su objeto, y a veces ha de alejarse hasta el campo platónico de las Ideas o las abismales divisiones eleáticas. Pero el poeta parece inclinado, en alguna medida al menos, en dirección contraria: hay en él una general nostalgia de lo concreto, de la presencia, y quizás por ello recurre al ritmo, a la imagen, a la metáfora y demás tropos para mostrarnos una flor de papel que, en ocasiones, huele, no como la natural, porque no es misión del poeta la jardinería, sino a algo que hemos olvidado o que no sabíamos siquiera que hubiéramos olvidado. Toda poesía, parece decirnos Xirau, es reminiscencia. Las naranjas que aparecen en algunos de los poemas de Ramón Xirau son como esa flor de papel: su realidad es tan concreta que no podríamos nunca asimilarla, quiero decir, no hay forma de comérselas: siempre están ahí, naranjas epifánicas, frente a nosotros, pequeño sol iluminando el tiempo.
     Decía Ezra Pound, en un artículo de 1916, que el antiguo poema The Seafarer no se hizo para entretener a nadie, "sino porque un hombre que se aferraba al silencio no pudo dejar de hablar". Ramón Xirau y Octavio Paz —quizás el poeta y pensador de su tiempo con quien más ha dialogado, sin olvidar a Alfonso Reyes, con quien sin duda hay mayor afinidad de espíritu— están de acuerdo en que la poesía nace de este silencio primigenio, es decir, de una sensación de presencia indecible que se resuelve —cada cincuenta o cien años— en un lenguaje más allá del lenguaje. "De lo que no se puede hablar, mejor es callarse", escribió Ludwig Wittgenstein, en frase ya usada tanto para cerrar un informativo como para anunciar un desodorante, pero que es necesario rescatar. Xirau explica en algún lugar que la poesía comienza precisamente en ese punto. Ese hombre que se aferraba al silencio, según Pound, comienza a hablar de otra manera. Toda poesía, según razona Xirau en sus ensayos sobre Paz, está hecha con lenguaje pero hay en todo poema verdadero algo que es pérdida de lenguaje y ganancia de la presencia. No es un absoluto pero nos lo hace sentir.
     Para Xirau la palabra poética es, en alguna medida, el espacio de aparición de la palabra sagrada. Poeta y filósofo cristiano, no olvida que el verbo es originario, que en el principio era el verbo o palabra germinal. Desde esta óptica ha leído con penetración a Juan de la Cruz pero también a poetas que no han sido precisamente creyentes. No obstante, a veces se hace visible en algunos de sus ensayos una desaprobación de ciertas poéticas sin metafísica, desfondadas. Aunque tanto en su obra filosófica como en la literaria hay una gran variedad de temas, creo que uno de ellos ha ejercido en Ramón Xirau un especial atractivo, el que siguiendo a De Lubac denomina "el drama del humanismo ateo": la negación de Dios, y por tanto de la Realidad, y la tentación de convertirse en autor de un mundo, autosuficiente. El filósofo o el poeta, tras su negación, trata de hacer una obra total, sea ésta del orden de las ideas o de lo poético. Ramón Xirau ha señalado en reiteradas ocasiones en dirección a ese nuevo mito de la modernidad, que quizá se hace notoriamente evidente en autores como Comte, Nietzsche y, en el mundo de la poesía, encuentra su momento de mayor tensión y dramatismo en Mallarmé. Mallarmé —escribe Xirau—,
quiso escribir El Libro, poema absoluto, libro absoluto, obra absoluta de un espíritu absoluto. El poeta es creador; sabe también, lo sabe desde Igitur y Un coup de dés, que su ser es la finitud, la finitud de una "pequeña constelación". El spleen de Baudelaire, la creación de un mundo estético que sustituye al mundo real (Mallarmé o Rilke), la búsqueda de lo inalcanzable en El castillo de Kafka, el afán desenfrenado de los surrealistas por encontrar en el inconsciente la unión de los opuestos, son todas ellas actitudes de desamparo, desilusión y soledad cuando el escritor ve con toda lucidez su propia limitación. El poeta-dios es un solitario tanto por su afán de ser dios único como por la conciencia que tiene de la imposibilidad de su afán.
Esta cita resume bien la provocación intelectual y sensible que ciertos autores han sido y son para Ramón Xirau. El deseo de hacer el libro absoluto niega que el verbo, el Logos, sea previo a las palabras, revirtiendo, pues, la metafísica en la historia, la ciencia o el arte. Mallarmé quiso escribir un poema que no fuera referencia de nada, en el que las palabras, lejos de designar o tender a hacia algo que pudiera estar fuera de ellas mismas, remitieran a sí, en el que las palabras fueran. Tengo que añadir que sus análisis, a pesar de estar hechos por un creyente, no se reducen a la respuesta del hombre de fe sino a la necesidad del filósofo de saber y por lo tanto lo vemos, se trate de Cernuda, Paz, Huidobro, Borges o Mallarmé, acompañando los momentos extremos de sus obras con el saber de que interrogarlas es interrogarse a sí mismo aunque no tanto como para que dicho diálogo suponga duda sobre sus presupuestos fundamentales.
     En este sentido, hay que destacar la interpretación de Igitur (Mallarmé), o el rastreo de la soledad y la caída (incluso la soledad como caída) en la primera obra de Octavio Paz y el conocimiento que suponen, en su obra madura, algunas experiencias privilegiadas en las cuales lo vacuo y lo pleno, lo decible y lo indecible forman parte de un "traslumbramiento". No hay Dios, ciertamente, pero sí, como quería Nietzsche, vivacidad del instante, consagración del instante, epifanía. En cuanto a Borges, al que dedica "De la duda a lo eterno dudoso", un notable ensayo, Xirau señala algo interesante: ve en el cuentista, en la dirección en que estamos hablando, al hombre que con la dialéctica reduce la realidad a una idea o a una forma y luego la aniquila gracias a una paradoja o a sucesivas operaciones espejeantes. Pero observa, por otro lado, que en su obra poética hallamos, sin excluir al Borges que hace de la metafísica una rama de la literatura fantástica y, por lo tanto, un juego de la imaginación humana, al poeta capaz de afirmar unas cuantas realidades resistentes a la ironía y a los rigores del escepticismo. Quizá se podría añadir que el hombre que escribe un poema cuyo argumento fuera la negación absoluta comete una trasgresión a su regla, ya que la poesía es, en sí misma, afirmación.
     Mallarmé supo que El Libro no era posible porque toda palabra está marcada por la significación. Es su grandeza y su límite. Su libro es, pues, un fragmento de ese libro que todos escribimos (o leemos) sin terminar de ver su rostro, abierto interminablemente al azar. Borges supo desde sus inicios que el libro forma parte del laberinto que a veces refleja lo perdurable. Ramón Xirau confiesa que "más allá de su existencia física y contingente, el poema —y acaso toda forma artística— es un múltiple lazo tendido hacia la comunicación entre los hombres, hacia su raíz misma de 'religación'. Por eso el poema es precisamente canto, antes de ser palabra o libro o página impresa. Es canto, sobre todo, si con Rilke creemos que 'el canto es existencia'". ~