Entre la Ilustración francesa y la Ilustración británica | Letras Libres
artículo no publicado

Entre la Ilustración francesa y la Ilustración británica

David Brooks

El animal social. Las Fuentes secretas del amor, la personalidad y los logros

Traducción de Joan Soler, Barcelona, Ediciones B, 2012, 512 pp.

 

Convertido, gracias a su columna de The New York Times, en uno de los analistas más destacados de la actualidad, el periodista David Brooks ha coqueteado con el ensayo sociológico desde que publicó hace una década su aclamado Bobos en el paraíso (Mondadori, 2001), donde acuñó el concepto de “bourgeois bohemians” (burgueses bohemios) para definir el modo de vida de las elites urbanas de los Estados Unidos. Representante del más puro moderantismo conservador –una actitud política en la que no cabe ningún exceso partisano–, el interés de Brooks por la educación y la ciencia como resortes morales del progreso viene de antiguo. En El animal social. Las fuentes secretas del amor, la personalidad y los logros, el autor rastrea los avances más recientes en campos como la neurociencia, la economía conductista o la psicología evolutiva, buscando extraer las implicaciones sociales y políticas de lo que él denomina nuevo humanismo:

 

Los estudios científicos más recientes [se lee en la introducción del libro] revelan la preponderancia de las emociones sobre la razón pura, de las conexiones sociales sobre la elección individual, del carácter sobre el coeficiente intelectual, de los sistemas emergentes sobre los mecánicos y lineales [...] Dicho en términos filosóficos, la Ilustración francesa, que enfatiza la razón, pierde; la británica, que ensalza los sentimientos, gana.

 

Capítulo tras capítulo, El animal social pretende demostrar que el fiasco de la agenda política actual se relaciona con una falsa percepción de la naturaleza humana. ¿A qué se debe el fracaso o el éxito de determinados grupos sociales?, inquiere el autor. ¿Cuáles son las claves que facilitan la adaptación al mundo moderno? ¿Qué papel deben jugar los poderes públicos? En respuesta a estas preguntas, David Brooks no aboga ni por el individualismo salvaje ni por un estatismo a ultranza, sino por el refuerzo del sentido de comunidad y por un modelo educativo que enfatiza habilidades no cognitivas como el autocontrol, la disciplina o la capacidad de interacción personal.

El animal social, sin embargo, adolece de una estructura poco consistente. No sabemos, de entrada, si hablamos de una novela de tesis o de un ensayo con recursos narrativos de ficción. Los protagonistas son una pareja, Harold y Erica, a los que seguimos desde su nacimiento hasta su muerte. Ambos responden a evidentes prototipos. Hijo de una familia de clase media-alta, Harold ha sido educado en la zona cero del privilegio: padres modélicos, colegios de elite, vacaciones en Europa... Tras los previsibles titubeos de la adolescencia, Harold llegará a ser, en su vida adulta, una especie de alter ego del propio Brooks: un analista político culto y sofisticado que trabaja para think tanks y que escribe ensayos morales sobre la Ilustración británica. Erica –con quien Harold se casará más adelante– procede de un entorno mucho más difícil: una familia desestructurada –medio china, medio mexicana–, que sobrevive a duras penas en un barrio marginal. Con gran esfuerzo por su parte –y también gracias al proyecto piloto de un colegio concertado que apuesta por la disciplina y el rigor–, Erica logrará convertirse en una exitosa mujer de negocios e incluso en secretaria de Comercio de la administración norteamericana. A través de las vicisitudes de ambos personajes, David Brooks reflexiona en forma de ensayo sobre la educación, el matrimonio, la ambición, el carácter o el Estado del bienestar, siempre desde la perspectiva de la literatura científica más actual. Como opción literaria, sin embargo, el éxito del experimento es dudoso, el autor carece de pericia narrativa. Harold y Erica son figurantes de cartón piedra que caen con frecuencia en el estereotipo. Dicho esto, el esfuerzo ensayístico y divulgativo de El animal social no es desdeñable y haríamos mal si obviáramos su importancia para el hombre de hoy.

La idea nuclear de David Brooks reside en la primacía de lo no cognitivo sobre lo meramente racional. No, no se trata de una lectura à la Freud de la realidad contemporánea. Como el Nobel de Economía Daniel Kahneman ha demostrado en su fascinante Pensar rápido, pensar despacio (próximamente en Debate), el peso de nuestras decisiones depende básicamente de un conjunto de impulsos intuitivos, de la carga genética, hábitos, prejuicios y normas sociales que a menudo no sabemos, ni podemos, controlar. Otro premio Nobel, el economista James Heckman, ha estudiado la trascendencia de los primeros cinco o seis años de vida en la posterior habilitación académica y social de los ciudadanos. No se trata, por tanto, de una serie de conocimientos adquiridos a edades tempranas –la lectoescritura, por ejemplo–, sino de otro tipo de competencias como la seguridad en uno mismo, la persistencia o la capacidad de diferir en el tiempo la gratificación. En ese sentido, Brooks recomienda transformar los valores culturales de los sectores más desarticulados de la sociedad con políticas precisas de apoyo a la familia y a la comunidad. La cultura cuenta, como diría Roger Scruton, pero sobre todo la grupal, la comunitaria, la que se despliega en libertad y en colaboración con los demás.

“Muchos de nuestros problemas –declaraba recientemente David Brooks– son consecuencia de un capital social insuficiente [...] Para solucionarlos, es necesario construir densas redes sociales que no traten a los ciudadanos como meras máquinas racionales que responden en exclusiva a incentivos económicos.” El animal social se lee, de hecho, como una gran apuesta por la tradición moderada del conservadurismo. Se puede pensar que el hombre es un ser aislado e individual, pero no es cierto. Se puede creer que la historia, las instituciones o la esfera moral en la que nos movemos no cuentan, pero eso tampoco es cierto. Al contrario: la confianza mutua, los proyectos compartidos y el escepticismo hacia las promesas utópicas del Estado y de sus demagogos son indicadores mucho más fiables de la buena salud de una sociedad. Esa especie de teoría de la cordura –en que consistiría el ideal ilustrado de un Burke o de un Hume– es la lección última que nos ofrece David Brooks, en una obra cuyas manifiestas imperfecciones formales no le restan ni un ápice de actualidad. ~