El tren a Travancore (cartas indias), de Rodrigo Rey Rosa | Letras Libres
artículo no publicado

El tren a Travancore (cartas indias), de Rodrigo Rey Rosa


Rodrigo Rey Rosa, El tren a Travancore (Cartas indias), Mondadori, Barcelona, 137 pp.

Las ciudades y sus augurios


Las ciudades han ejercido siempre una especial fascinación en los escritores: el Milán de Manzoni, el Londres de Dickens, el París de Balzac (¡y el de todos los chansoniers que en el mundo han sido!), el Madrid de Galdós, Baroja o Martín-Santos, el Buenos Aires de Marechal, Bioy Casares o Cortázar, la Ciudad de México de Carlos Fuentes, la Lima de Vargas Llosa, La Habana de Cabrera Infante y, por encima de todos ellos, el Dublín de James Joyce. Están las ciudades míticas, las legendarias, las históricas, las modernas metrópolis. La capital cinematográfica del mundo es Nueva York. Y en nuestros días la ciudad ha desplazado definitivamente a la naturaleza como espacio poético.
     La originalidad de la colección Año 0 está en que no se propone describir o informar, sino recrear el espíritu de la ciudad, ya sea a través de la crónica ágil, como en el Nueva York de Gabi Martínez, o a través de la explosiva carga verbal, como en el México de Rodrigo Fresán. Y al mismo tiempo se trata de obras de creación, es decir, de verdaderas novelas. Entre los colaboradores se encuentran algunos de los protagonistas de la nueva narrativa latinoamericana, entre ellos el mencionado Fresán, Santiago Gamboa o Héctor Abad Facioline.
     Acertada y sorprendente la inclusión del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, uno de los novelistas latinoamericanos más originales e independientes, ajeno al bullicio de la sociedad literaria y autor de textos muy concisos que se acercan a la esencialidad de la novela breve. En toda su obra hay una enorme variedad de espacios geográficos, muchos de ellos minuciosamente recreados, y son ellos los que determinan la variedad de voces y de tensiones. En Lo que contó Sebastián el centro es la selva irreal y primigenia, en la que aparecen seres de orígenes distintos y uno de los personajes, Richard Howard, llamado El Mexicano porque vivió en Veracruz, habla de escribir un libro sobre Punta Caracol, "el Hong Kong de los mayas". En La orilla africana, de Tánger nos desplazamos a todo el Magreb. Los relatos de Ningún lugar sagrado tienen como escenario Nueva York. Y en la novela Piedras encantadas recorremos reiteradamente algunos puntos estratégicos de la capital guatemalteca, también protagonistas de la narración.
     Belleza y sordidez, pureza y corrupción, palabras y silencio, presencia del narrador e implacable distanciamiento, como si la frialdad fuese la expresión más elevada de la pasión. Una prosa lacerante, una enorme fuerza visualizadora para recrear tanto los escenarios de la violencia como los de la impúdica riqueza. También los encuentros y los desencuentros en personajes "de orígenes distintos, que se mueven en direcciones opuestas, pueden encontrarse, estar unidos un momento, para luego separarse, cada vez más" y dejar así una extraña sensación de vacío en lugares vívidamente descritos.
     En El tren a Travancore Rey Rosa se ha adaptado con irónica fidelidad a las exigencias de la colección. Sería un libro de encargo si no fuese por el talento del narrador por superar exigencias ajenas a las que no nazcan del texto. Y hay que añadir que el sur de la India y más concretamente Madrás, hoy Chennai, centro del relato, no es ajeno a la "sensibilidad geográfica" de un escritor familiarizado con Guatemala, Colombia y Tánger, así como con la cultura anglosajona, y que, se nos dice, "en Marruecos pasa por magrebí, aquí por tamil".
     El libro está escrito en forma de cartas, lo que le permite por un lado describir los lugares, especialmente Chennai y Mamalapuram, a cuarenta kilómetros de Chennai, es decir, ser fiel al espíritu del "guía", y por el otro comentar sus problemas personales y sus estados de ánimo, así como establecer una serie de relaciones que definen el espíritu narrativo. De este modo, hay un sutil entramado hecho de realidad y de ficción, de fascinación y de sordidez.
     Los destinatarios de las cartas son su editor, su novia Rosario, su ahijado Manuelito, sus padres, un viejo amigo y un anónimo XX. La relación que se establece con ellos es, por encima y por debajo de sus taimadas palabras, de dinero. El narrador es un divertido sinvergüenza que se aprovecha de todo el mundo, empezando por el editor, al que no oculta las reglas del juego: "Supongo que la editorial necesitaba, o creía que necesitaba, producir un libro acerca de una de las metrópolis indias. No creo que me eligieran porque mi pluma fuera la más adaptable de la plantilla".
     Que lo es (y aquí hablamos no sólo de adaptabilidad sino también de calidad) queda perfectamente demostrado con la escritura de este libro. La estancia en Chennai podría estar cargada de trascendencia, de indignación social y de extrañeza, exotismo o deslumbramiento. Pero la personalidad del protagonista es la que produce el sutilísimo humor y el sutilísimo pero innegable tono narrativo, tan atraído por los lugares que visita como obsesionado con el dinero y cuya filosofía no decide la lectura definitiva del libro (al fin y al cabo, Rey Rosa está por encima de él) pero sí la condiciona: "De joven me empeñaba en parecer serio y a menudo fingía estar triste. Supongo que confundía la tristeza con la seriedad. Ahora me divierto inventando tramas y dicen que las tramas no pueden engendrar arte serio. En fin, estoy convencido de que toda forma de escritura es vana".
     No tan vana, por lo menos la epistolar. Quién sabe si es mayor su pasión por la mentira que por el dinero. Consigue alojamiento en el maravilloso jardín tropical de Adyar redactando una carta "con alguna mentira que tal vez algún día —nunca se sabe con estas cosas— se convierta en verdad": está allí para escribir la biografía de la poeta y teósofa guatemalteca María Cruz. Como sufre de fotofobia uveística, le pide al editor mil dólares adicionales para comprarse unas gafas. A su novia le habla de paranoia y delirio amoroso, pero una vez consigue dinero de ella la abandona. Su ahijado le manda dinero para que compre un billete y apenas lo recibe le dice que la vida en Adyar no es para un niño de trece años. Su viejo amigo de Salamá, con el que intenta hacer negocios, se queja del dinero que le ha hecho perder y de que es un ladrón. Y acaba por inventarse un accidente que le impide tener hijos y le obliga a usar una silla de ruedas. Con razón puede concluir que "los astros no le han sido avaros en materia de dinero".
     "Si te sueno a guía turística es que he estado leyendo las que hay acerca de esta parte de la India, y el estilo se me habrá contagiado", le escribe a su novia. Coquetería de escritor. Lo admirable es, precisamente, el talento de Rey Rosa para recrear o crear un ambiente con escasísimos ingredientes y retratar a "esta milenaria y malherida civilización". De la milenaria civilización son testimonio los lugares sagrados, los místicos y los teósofos en un país donde "la mitología es más importante que la historia"; por eso "en Adyar se respira todavía cierto aire de generosidad o de delirio de grandeza espiritual". Visitamos el santuario de un templo de Shiva, donde se yergue un falo gigante, un lingam de granito de metro y medio de alto; Mamalapuram, ciudad de templos labrados en las rocas, un pueblo de escultores de piedra y "una colina de roca color elefante, que es el dios Ganesh tendido de costado", la costa de Coromandel donde "la arena es blanca con vetas grises, parece mármol pulverizado".
     Pero, sociedad también malherida, se denuncia la existencia de una central nuclear cerca de Chennai, el desastre demográfico, la presencia de "ratas enormes recogiendo la basura de los pegajosos suelos" de las salas de cine. Sordidez e inocencia conviven. Los hindúes "han perdido completamente la vergüenza a producir en público el 'incómodo sonido' de la ventosidad", y "a lo largo de la playa había una hilera de hombres en cuclillas de cara al mar; estaban defecando sobre la arena, mientras un ejército de cuervos revoloteaban por encima de sus cabezas al olor del desayuno". Cuervos que revolotean como símbolos a lo largo del libro y que "están, y gritan, en todos lados". Es un libro poderosamente visual y extrañamente silencioso, cuyo título no define lo escrito sino lo todavía no escrito, lo todavía no ocurrido: "Te daré detalles y tal vez te haga más confesiones en el tren a Travancore", le dice a XX antes de cerrar la carta. Por lo que el libro se mantiene abierto, silenciosamente inacabado... ~