El traductor | Letras Libres
artículo no publicado

El traductor

Gabriel Zaid

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Selección y prólogo de Fernando García Ramírez, Barcelona/México, Océano, 2012, 260 pp.

 

Quizás nos hayamos especializado en exceso, pero no lo sabemos debido a que no podemos siquiera imaginar de qué modo actuaríamos si no nos hubiéramos especializado en exceso (y esto debido a que tal vez nos hayamos especializado en exceso), pero podemos imaginarlo en ciertas situaciones, por ejemplo cuando un ensayo amplía el repertorio de lo que puede ser dicho en algún ámbito en virtud del talento de su autor, pero también del hecho de que ese autor no proviene del ámbito especializado sobre el que escribe. Y esto es lo que sucede con los ensayos literarios del poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid, cuya hipótesis central es que la literatura puede ser leída como si se tratara de una serie de procesos económicos analizables en términos objetivos.

Zaid (que es ingeniero mecánico de profesión) no propone, sin embargo, una interpretación exclusivamente cuantitativa de los fenómenos literarios: la suya es más bien una indagación en las condiciones materiales de existencia de la literatura (es decir, de su creación pero también de su distribución y su lectura) que se articula en torno a una práctica recurrente por parte del autor que consiste en abordar un tema sobre el que ya parece haber sido dicho todo y realizar preguntas de una aparente ingenuidad (aunque el sentido común con el que Zaid aborda esos temas dista mucho de ser ingenuo y, lamentablemente, de ser común) que, si son respondidas haciendo uso del repertorio de respuestas estandarizadas que ofrece la especialización, revelan las contradicciones de ese repertorio, proponen nuevas preguntas, obligan a pensarlo todo de nuevo. Zaid se pregunta qué es un autor, cómo circulan los libros, qué diferencia un poema bueno de uno malo, cuáles son los vínculos entre poesía y compromiso político, qué es “el Genio”, cómo funciona (o no) el negocio editorial, cuál es la influencia real de los libros en los procesos políticos y sociales, qué es la “identidad cultural”, cuál tiene que ser el papel del Estado en el fomento a la cultura, etcétera: no son preguntas nuevas (de hecho, están en el repertorio instituido de las preguntas a las que pretende haber dado respuesta ya la crítica especializada), pero sí son nuevas las respuestas que da Zaid a estas preguntas, que permiten pensar en él como el corrector de unas erratas culturales mantenidas demasiado tiempo por la fuerza absolutamente brutal del lugar común.

Así, y en un contexto caracterizado por el desaliento que inspira en algunos la transformación del modelo de negocio editorial y la decadencia de las prácticas culturales asociadas a él, Zaid propone una visión completamente novedosa y (de alguna manera) a contracorriente: la de que ese negocio y sus instituciones funcionan de tal manera que impiden la práctica de la lectura en vez de promoverla; en sus palabras, se trata de un dispositivo cultural organizado “en función de que leer es muy recomendable, pero no necesario”, con las consecuencias predecibles para el nivel de lo publicado, de lo escrito y de lo leído que determinan que parezca más apropiado celebrar el final de todo esto que lamentar su desaparición y su aparente declive. Muy pocos habían dicho esto antes, y ninguno lo había hecho con la contundencia, la elegancia y la inteligencia de Zaid.

También parece novedosa la vinculación que el autor propone entre arte y vida cotidiana, que rechaza su fusión del modo en que la concibieron las vanguardias históricas y lo lleva a pensar tanto en un poema de Carlos Pellicer como en soluciones prácticas al problema de la pobreza, que Zaid no aborda como un asunto metafísico sino como una especie de problema práctico para el que propone soluciones también prácticas (y fácilmente aplicables, si existiese la voluntad política para llevarlas a cabo): el abaratamiento de los medios de producción, la búsqueda de tecnologías alternativas de explotación agrícola, la concesión de pequeños créditos, la preservación de las formas de vida vinculadas a los múltiples trabajos rurales no mediante su musealización sino haciendo posible su pervivencia material, una nueva definición de los vínculos entre riqueza material y tiempo disponible; más radicalmente, la entrega de dinero a los ciudadanos.

No hay contradicción alguna entre ambos intereses (de allí el acierto de presentar todas estas facetas del pensamiento de Zaid en un solo volumen, dividido en cuatro capítulos dedicados a su visión de la lectura, a su crítica de poesía, a su concepción de la cultura como un cierto tipo de conversación, llevada a cabo, idealmente, de forma horizontal y entre iguales, y a sus textos sobre temas económicos y sociales), ya que, como afirma correctamente Fernando García Ramírez, antólogo y prologuista de esta obra, para Zaid “la lectura, la buena lectura deriva siempre en hacer cosas, en realizar actos: en modificar el mundo”.

Zaid dice esto con otras palabras, al afirmar que “el mundo es más habitable después de Bach”, o sosteniendo que “El Quijote hace habitables las situaciones quijotescas: las configura, las ilumina, las crea como una posibilidad permanente, como una tentación definida. Extiende las fronteras del mundo de la acción, visto irónicamente.” Obras como Los demasiados librosCómo leer en bicicleta o El secreto de la fama han supuesto para algunos lectores (entre los que me incluyo) una expansión equivalente “de las fronteras del mundo” (que las voces que defienden la especialización se esfuerzan por mantener empequeñecido, limitado, feliz), pero también (como sostiene tácitamente su autor) del repertorio de posibilidades de intervenir en él, ya que hay una profunda lección ética en la obra de Gabriel Zaid (antologada aquí en una edición que le sirve de puerta de entrada), que viene a decir que leer es siempre leerse. Un leerse a uno mismo en el mundo que para algunos es una ratificación y para otros una promesa. Un imprescindible. ~