El otoño del patriarca, la historia como repetición | Letras Libres
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El otoño del patriarca, la historia como repetición

El Otoño del patriarca es un poliedro textual que muestra la repetición infinita de un tiempo que se devora a sí mismo.

El Otoño del patriarca es un poliedro textual que muestra la repetición infinita de un tiempo que se devora a sí mismo. Cada uno de los hechos se suceden en un vértigo verbal que conforma una arquitectura precisa erigida con las voces protagónicas, en un ascenso de exquisita armonía orquestal y poderosa arquitectura verbal de un relato tan sonoro, escénico; un canto sin altibajos a lo largo de casi doscientas páginas signadas por el otoño de la vida y de un siglo XX que en su agonía reunió la experimentación del lenguaje y las vicisitudes del mundo político.

En la narrativa de García Márquez hay un antes y después de Pedro Páramo. Es decir, un antes y después de descubrir los secretos de la esfericidad del tiempo en la novela. Secretos que continúan como desafíos, hay que decirlo en reconocimiento de los copistas, de los imitadores. Tiempo sin tiempo. Tiempo en espiral. Tiempo de los personajes. Tiempo del narrador que edifica sin fisuras las repeticiones, los coros, el ritmo y la velocidad de los acontecimientos que se suceden bajo la lupa de la morosidad; o, a una velocidad que solo permite percibir los objetos en movimiento a costa de perder el mural que conforma el paisaje. Pero también conjuntos que permiten el gran acercamiento.

El tiempo es una construcción del lenguaje, pero es en el lenguaje de la novela donde se nombran por primera vez viejas ideas, emociones, objetos. En el suceder (temporal de las voces) de los múltiples relatos ocurren también certezas vitales, aproximaciones a un orden existencial, meditaciones sobre lo político, el universo ético y el mundo contrastante de las culturas que se juegan en el ajedrez del poder, de la dominación que sin embargo se ha hecho mestiza, como esta novela criolla, moderna, europea y latinoamericana.

El otoño del patriarca se publica en el momento nodal de gran influencia del llamado boom de la literatura latinoamericana. Esa experiencia que puso a nuestra lengua y a la literatura del continente en la mira internacional, sobre todo europea y norteamericana y sacó a flote a unos desconocidos precursores, fundamentales: Bioy Casares, Jorge Luis Borges y lo que venía de ellos, Lugones, Filisberto Hernández.

Pero eso del boom, donde se inscribe también esta novela, es un capítulo de la industria cultural más que de la historia de la tradición literaria, de los procedimientos artísticos y de la puesta en escena de los nuevos lenguajes que son los caminos que transita esta novela. El boom tiene varias historias personales y hay algunas que se pusieron por encima de la propia literatura consagratoria; unos como comerciantes, otros como propagandistas.

El turismo comprometido de los años setenta

 Si se piensa en El otoño del patriarca como parte de los deslumbramientos que vivieron los turistas literarios en torno a lo que llamaron “realismo mágico” (ya se había dado el primer paso con las deslumbrantes vajillas del plateado maravilloso de Carpentier) encontrarán poca de la sustancia que constituyó ese asombro. El poder en esta novela es nominal, la capacidad de nombrar y encontrarle nombre a todo es un festín verbal semejante (con sus distancias y semejanzas) al de Rayuela (Cortázar), Terra nostra (Fuentes) y Palinuro de México (Del Paso) por nombrar solo tres ejemplos de apasionada exhaustividad en la ficción (El río, novelas de caballería de Cardoza y Aragón es la equivalencia de esa prolijidad en el ensayo memorioso).

Hay delirio, sí, pero no la descripción ordinaria de acontecimientos y decires que alteran las estructuras del mundo cartesiano al que obedecieron en las coordenadas de tiempo y espacio la mayoría de los novelistas europeos (y norteamericanos de Don de Lillo a Carver y de Philip Roth a Cormac McCarthy y Paul Auster) de las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX.

Nuestro contexto es el de las paradojas y el de un idioma español  impermeable a las normas del “buen decir” y los academicismos reales, hermético también a las rutas únicas, pero no es la exuberancia de la paradoja, la ruptura de la lógica que entibia el frío racionalismo europeo.

En El otoño del patriarca lo que conmueve es la inmortalidad de ese vicio, esa psicosis narcisista, que oxida al Yo que se siente todopoderoso e intemporal. La novela de Zacarías (ese antiPrometeo que será devorado eternamente por los gallinazos), gravita sobre el eje de la ética, el poder y el mundo político.

Es Latinoamérica, es algún lugar del Caribe, pero también son los territorios de Aristóteles (Nicómaco), de Seneca (De la brevedad de la vida hasta las Cartas a Lucilio) y Maquiavelo. Novela de la memoria personal y colectiva, en El otoño, el recuerdo impide que el pasado sea tiempo perdido, los recuerdos anticipan la alegría del porvenir y la muerte, que representa el final, la clausura de la eternidad autoritaria.

Publicada a la mitad de una década polarizada por la política, El otoño dialoga en distintos niveles con un universo que inevitablemente tiene una etiqueta semejante a la de los realismos mágicos y maravillosos, que es la de la llamada novela de dictadores.

De entrada no creo que esa etiqueta la defina porque me parece lejana de la línea que les pasa revista a los libros publicados sobre el tema tratando de encontrar los ecos de una historia reciente y responder al gran paradigma de los años setenta: el compromiso del escritor y la pugna que escinde el oficio: la responsabilidad con la forma, con la estética o el compromiso político que somete la literatura a sus finalidades programáticas.

El patriarca verbal

El mundo del patriarca es uno hecho girones, esperpéntico al modo de Ramón del Valle Inclán y su estética del esperpento recreada con esa fuerza destructiva, ¿purificadora? de los gallinazos sobre el cadáver de la historia, de los ideales y de las formas atroces que adquiere la devoción al servicio de las consagraciones personales. En todo caso, si de dictadores se trata, con un abismo de preocupaciones, logros y descubrimiento de matices estilísticos, está Tirano banderas (1926), una novela escrita 49 años antes que le permite a García Márquez no sólo asimilar esta lección sino también la de su admiración por Kafka y Borges.

No compararía esta novela modernísima con los registros políticos de Miguel Ángel Asturias, en Señor Presidente, escrita en 1946, que si bien es precursora de una indagación, no tienen que ver con la algidez de las décadas siguientes donde la novela es abiertamente histórica y los lectores interesados no pueden fingir ignorancia frente a la autenticidad del personaje.

Es una historia célebre donde también hay piezas literarias imprescindibles que se publican en un periodo de tres a cinco años de diferencia. Enumero: Yo el supremo (1974) de Roa Bastos, El recurso del método de Alejo Carpentier, Maten al León (1969) de Jorge Ibargüengoitia, Conversación en la catedral (1969) de Vargas Llosa, que después de tres décadas publica La fiesta del chivo (2000), La maravillosa vida breve de Oscar Wao de Junot Díaz, por traer aquí lo más representativo.

Hay en Gabriel García Márquez una gran humildad al ofrecer las claves de sus propias búsquedas artísticas. Me parece que El otoño del patriarca tiene dos virtudes medulares: una, mirar hacia atrás, mirar hacia Pedro Páramo de Rulfo y sus Cien años de soledad y la otra, dirigir su mirada hacia un presente aniquilador.

Quedaron atrás, pero presentes, El Coronel no tiene quien le escriba y Los funerales de mamá grande, donde está contenido ya el universo de Cien años y uno de los caminos posibles hacia El otoño del patriarca. Todas tienen una actualidad sorprendente. Subrayo la de El otoño porque de 1975 a nuestros días los rasgos del tirano han sido adquiridos por los “demócratas”. El viejo tirano ha sido visibilizado por el derrumbe de muchas máscaras, la caída de muros, de cortinas de hierro, pero han quedado impunes los tiranos y ha sido imposible enjuiciar a la banda de genocidas de toda laya.

Cuando se publica El otoño del patriarca ha pasado ya la desgracia chilena y los gallinazos que no son ni de izquierda ni de derecha, han destrozado ya a Salvador Allende; el paisaje chileno se refleja en los lentes oscurísimos de Pinochet. Pasa lo mismo en Uruguay, Juan María Bordaberry ha entregado el país a los militares a través de un Consejo de Estado; en el charol de las botas de Jorge Rafael Videla se miran oprimidos los argentinos desde marzo de 1976 que da el golpe de Estado en Argentina y se establece la dictadura hasta 1983. Videla que cumpliría 90 años en 2015, murió en su cama el año pasado.

Le pasó lo mismo al dictador español Francisco Franco, como Augusto Pinochet, como Hugo Chávez, como expirará Fidel Castro que le sobrevive al patriarca otoñal de la novela, a García Márquez, a Cabrera Infante. Luego pasaría en Paraguay. En fin, la historia de un remake que no deja de repetirse a petición del público asistente. Novelas bipolares diría más de uno si se piensa también que la estructura del héroe es semejante también a la del déspota.

La novela del lenguaje

El otoño del patriarca es una novela de lenguaje. Ahí radica su pacto con el futuro y la garantía de su legibilidad. Si las voces son tan distintas es porque le pertenecen a un personaje inequívoco y esta unidad crea un tono, un timbre particular. Lo son también en el orden de lo poético, como los personajes inolvidables del mundo clásico que se consolidan y disuelven en batallas de palabras que el teatro y el psicoanálisis han recogido

El otoño del patriarca tiene la malicia y el riesgo del Tristam Shandy de  Sterne por su flujo inagotable de la palabra y al mismo tiempo contiene los grandes cuestionamientos de finales de los años sesenta y setenta sobre el manejo del tiempo y las astucias en la construcción del punto de vista narrativo a través de múltiples discursos indirectos que sin comillas y sin atribuciones  enunciativas sustantiva adjetivos y establece una poética semejante a la que admiró tanto en Pedro Páramo y que consideró una matriz fecunda para Cien años de soledad. Ésta novela se anticipaba a la revuelta, a una transformación anunciada pero visible a lo largo de la década, de los nuevos modos de entender la política, el poder, la democracia, el autoritarismo y lo que tanto trabajo constó reconocer como la defensa más elemental de la persona: los derechos humanos.

Ficción, crónica y realidad

Muchas literaturas y preocupaciones presentes en el espíritu del tiempo se dan cita en esta novela poética, sin tregua, sin fisuras que funciona como un hermosísimo poliedro de cristal engarzado sobre una base que le permite girar como lo hace un globo terráqueo donde podemos localizar el trenzado fino e intenso de todas las emociones que explotan en esa novela de la esfericidad cristal.

No es evidente el universo que vincula a un conjunto de novelas en un orden distinto al que han dispuesto las etiquetas desde hace por lo menos tres décadas atrás y han decidido qué novelas son mutuamente excluyentes y cuales van juntas. Me atrevo a reagrupar con recuentos brevísimos.

Por sus procedimientos narrativos: manejo del autor implícito, polifonía, digresión, ritmo, manejo del tiempo, colocaría El otoño muy cerca de Al filo del agua, (su mundo coral) de Yáñez, a algunas novelas que vienen de la impronta que marcó la Revolución mexicana, como El Luto humano, de José Revueltas, Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro. Pero no sólo están los escenarios nacionales: Kundera (La broma, La vida está en otra parte), Klima (El juez), Kadare   (El general del ejército muerto, Abril quebrado), Arnost Lüstig (Sueños impúdicos), Pavel Kohout (Diario de un contrarevolucionario) por mencionar una visión cloacal de la existencia que hoy bien podría entrar en las llamadas estéticas de lo zoombie, lo muerto en vida.  

Hay recursos técnicos en la novela que son más visibles hoy que hace cuarenta años cuando se publicó, gracias a la madurez que ha conquistado el periodismo latinoamericano porque permite hacer visibles herramientas que han sido exploradas en la ficción y que da grandes frutos cuando los acontecimientos de importancia requieren ser comunicados desde su complejidad emocional y con la polifonía que multiplica los puntos de vista y objetiva las percepciones con una observación de un objeto que exige ser visto a 360 grados.

Hoy los jóvenes periodistas (debería decir noveles como anotó Conaculta en la esquela del Nobel) descubren como elementos estructurantes de la crónica y sus recursos periféricos: el testimonio de primera mano, con distintos grados de cercanía de los protagonistas; el producto de la escucha atenta de esa voz portadora del alma colectiva, de lo idiosincrático; la descripción que ordena tiempo y espacio con digresiones que dan cuenta temporal del punto de vista y la posición del que mira transcurrir los hechos o relata unos acontecimientos que le han sido revelados.

Los pasados posibles

El otoño del patriarca le da visibilidad a la repetición insoportable de la muerte de los nuestros. Cuántas veces tenemos que contarle al mundo, a los otros, la historia de nuestras perdidas para que se entienda esa afección de incredulidad que nos acosa. Eso no pudo haber pasado, eso no me está pasando, no a mí.

Qué clase de mundo nos ofrece una visión en redondo de la vida través de una primera persona que lo contiene todo y que le da corporeidad a un cadáver irreconocible que es el objeto mismo de la indagación narrativa. La historia empieza a ser contada a partir de su desenlace. Como Pedro Páramo, el narrador plural de El otoño va en busca de un padre, de una especie de padre cruel de una patria abatida que lo reconoce y reconstruye a través de distintos niveles descriptivos y conceptuales.

El espacio es un escenario privilegiado, la casa y el cuerpo del tirano. Un cuerpo desvencijado, el plato fuerte de un festín grotesco de aves carroñeras (los gallinazos colombianos equivalentes nuestros zopilotes). El tiempo del anciano está trazado en una geografía celeste donde el paso de los cometas, de las estrellas fugaces, permite calcular los tiempos transcurridos.

El tiempo del personaje es el de su crueldad, un mundo interno que distintos narradores materializan con los hechos, con los actos malvados del déspota. Su vida pública y su vida íntima trenzadas a través de un detalle minucioso, en el orden de la biografía que documenta con los decires de los seres que ejecutan, que sirven y observan las escenas de sus miedos, de todas esas actitudes que conservaron intacta su crueldad infantil y el ridículo de sus excesos atroces.

En cada capítulo una muerte distinta se configura, en cada uno un narrador distinto repite en espiral el hallazgo del cadáver. Digo espiral porque es el movimiento que permite entender lo sucesivo y lo simultáneo que es el modo en que los personajes, sus relaciones y vínculos se manifiestan en el relato.

Varios temas recorren el mundo de relaciones complejas que propone esta novela que no agota el tiempo. Por ejemplo, el doble. El patriarca tiene en Patricio Aragonés el espejo de su vida y de sus hechos. La idea de que alguien gobierna detrás de la escena del poder es universal. Está en los hechos y en la imaginación colectiva.

Eso se teme y eso pasa. Sucede al interior de nosotros mismos que somos gobernados por fuerzas de las que solo asoma la punta de un iceberg tacaño para revelarnos de dónde vienen las órdenes que ejecutamos a favor de nuestra infelicidad. Esa parte que muchos odian de sí mismos, como Patricio Aragonés del patriarca de quien es el doble.

Bendición Alvarado es un personaje nodal en la novela y está en la espiral misma de sus obras. Es la madre tierna y abnegada del tirano para quien él tiene todas las consideraciones. Ella representa el mundo de su origen con sus miserias y limitaciones, ella misma explica su entreguismo estúpido frente a los gringos, su despilfarro del patrimonio común en pro de un consumismo banal. Es la madre, pero también es la voz que se ha apropiado una función que le perdona todo: la fuente de la tiranía que justifica una maldad que está desde el inicio de una vida de maltrato.

El amor y los orígenes de la violencia

Con todo y su grandeza, García Márquez no puede evitar el juego con esas sobredeterminaciones que configuran el psiquismo como un conjunto de relaciones entre lo que las cosas son y lo que representan. Es un esquema que parece inevitable y condiciona a ese autor implícito que le da dirección y moraliza la novela. Cuando digo cosas me refiero a los personajes y a las relaciones: los padres y la parentalidad, los hermanos, cada hermano y la fratría, la vida escolar y el sometimiento, la alegría esperanzada de la fe y el sometimiento.

Ese mundo complejo podría llevar lejos esta relectura pero me concentraré sólo en algunas líneas más y están del lado femenino que muestra las aristas frágiles de un personaje duro, cruel. Si la madre tiene ese poder irreductible de mostrar que debajo de la piel todavía podemos encontrar el corazón delicado de un niño, el amor sexual y la paternidad le dan un giro a la historia de tal modo que la colocan en el territorio de lo trágico.

Si se nos había hecho creer que el albedrío y la muerte de Dios nos habían condenado a una orfandad ontológica y que el sujeto moderno carecía de destino por la multiplicidad de sobredeterminaciones, García Márquez muestra que es posible conducir al personaje a través de un laberinto de dolor y odio inconmensurables. Ese personaje que le da un rumbo inmortal a la novela es Leticia Nazareno.

Leticia Nazareno es la aparición de lo femenino (Manuela Sánchez, Francisca Linero) que dialoga en el mundo interno del personaje con la mujer universal que se apiada, que compadece la debilidad del patriarca y lo reconforta con su piedad, con su comprensión total del agobio infantil y narcisista del personaje.

Leticia es su mujer legitima que le da un hijo que él reconoce como legítimo. Una familia de caricatura monárquica donde ella tiene un poder y un mando que no es ajeno a las mujeres del coronel, del general, del laberinto, de la narrativa de García Márquez. La mujer tiene su propio gobierno, lo mira todo y controla casi todo, digo casi, porque esta manera de gobernar y de asumir el poder se gana el odio de los sometidos, de los periféricos que tienen la aspiración incumplida de influir en el patriarca. Por lo general la persona más amada del poderoso es el blanco de los peores odios contra él y en todos los sentidos.

Es un odio que culmina con la muerte atroz de la madre y el hijo. Hay una profunda tristeza en el duelo, la mayor tristeza tal vez del relato. Sin embargo el patriarca, en apariencia sabe lo que ha perdido y pasa de la melancolía a la venganza que es el motor transformador de la novela, a tal grado que el patriarca se olvida del poder que lo tenía embriagado y vivirá para la venganza que encarna Ignacio Sáenz, quien cometerá los peores crímenes en nombre de la afrenta.

El regreso de la historia

No es extraña para nosotros, en el México violento de hoy, la consecuencia de una violencia tan descomunal. El vengador suele tomar el control de la vida y la voluntad del que odia y contrata y cometer los crímenes de modo que el propio doliente es incapaz de imaginar y lograr el sadismo “profesional” del verdugo.

Hay algo de bestialidad mítica en el personaje que impide tener un retrato claro. La desmesura de su físico se corresponde con el tono superlativo que describe su anatomìa y pone los contrastes en sus manos frágiles y delicadas que comparadas con sus pies enormes, sus “patas de bestia”, sus patotas, establecen oposiciones físicas que se enmarcan también en un carácter caprichoso producto de un origen traumático y fabuloso de un hijo ilegítimo de Bendición Alvarado.

Alvarado difícilmente podría decir quien de sus amantes podría ser el padre del déspota y opta por trazar la mitología que explica el origen de este mesías tropical sin el concurso de varón. Salida inverosímil, fársica, tragicómica, de esta falsa virgen emputecida tratando de mostrar que su hijo ilegítimo no es un hijo de la chingada.

Le pasa lo mismo con las múltiples concubinas que le dan hijos que serán solo de ellas según el decir del patriarca: nadie es hijo más que de su madre. Por eso sorprende el deux ex machina que legitima a Leticia Nazareno y a su hijo y lo humaniza hasta hundirlo en las consecuencias de su justicia irracional.

El proceso narrativo es irrevocable, el sentido de la historia corre en dos relojes enemigos, como lo propuso tan creativo un comandante, Marcos: uno, donde el tiempo de la colonización explica las contradicciones violentas que nos acosan. El otro, es el tiempo personal de Zacarías (Yahvé ha recordado quiere decir el nombre de este profeta menor) que de patriarca, Pater nostrum, torna a vulgar dictador descarnado que ha sido capaz de destruir la memoria de su pueblo, de sus gobernados: ha cambiado los libros de historia, ha desfigurado los hechos hasta hacerlos tan irreconocibles como el suyo a fuerza de la furia purificadora de los gallinazos que todo lo curan pues su naturaleza consiste en concluir con los procesos de putrefacción.