El niño que huyó | Letras Libres
artículo no publicado

El niño que huyó

Jesús Carrasco

Intemperie

Barcelona, Seix Barral, 224 pp.

Chica y chico se enamoran pero su amor es imposible por lo que deciden poner fin a su vida. Un viejo loco que ha leído demasiadas novelas de caballería se dedica a intentar hacer el bien hasta que le vuelve la razón. Los ejemplos son tan numerosos como los grandes libros de la historia de la literatura. En todos ellos hay un eje común: aunque su argumento se pueda reducir a dos líneas, se puede hablar de ellos durante horas. Historias sencillas que se convierten en libros complejos.

Lo mismo le sucede a Intemperie.

La trama de Intemperie se puede también reducir a una línea: un niño huye de su casa y se encuentra con un viejo cabrero que intentará protegerlo. La sencillez del argumento se acaba aquí. Ahora comienza la digresión sobre la que podría discutir durante horas: ¿estamos ante una novela sobre la violencia (la que ejerce un alguacil sobre todos los pobladores del páramo)?, ¿estamos en una novela sobre la pérdida de la inocencia (la del niño que descubre que nadie puede protegerlo)?, ¿o estamos frente a una novela sobre la ternura (la que, a pesar de las circunstancias y de sus caracteres hoscos, puede surgir entre el cabrero y el niño)? ¿O es un libro sobre la diferencia entre la justicia y la venganza?

La historia que cuenta es pues sencilla: en un mundo rural, un niño huye de un alguacil obsesionado con él y solo encuentra refugio en los brazos de un pastor de cabras. Pero el cabrero es muy débil frente al alguacil y será el chico, únicamente el chico, el que pueda hacer frente al mal, representado por la figura de la autoridad.

Estamos pues ante novela en la que los personajes no tienen matices: son buenos o malos. Esto se debe a que son prototipos de algo, cada uno representa un rasgo distintivo y los tres caben dentro de la reducción simplista de protagonistas o antagonistas. Y ese es uno de los pocos reproches que se le pueden hacer al libro: la maldad sin fisuras del alguacil y la bondad –gruñona y seca, pero perfecta– del cabrero. Se habría agradecido que el alguacil no hubiera sido un hombre malo sin más, el malo perfecto que abusa de su posición de poder para cometer las mayores tropelías. De haber tenido algún resquicio de bondad, el dilema moral del niño a la hora de acabar con él habría podido ser bastante más complejo. Y dar a esta novela un matiz nuevo y mayor complejidad.

También se le puede achacar que el tema de la violación infantil es una cuestión sobre la que resulta fácil escribir y enganchar al lector. Y quizá es cierto. El miedo atávico del hombre a que algo tan terrible les suceda a sus hijos está siempre ahí, es una pulsión humana contra la que la razón no puede luchar. Pero sin duda Jesús Carrasco sortea este problema con maestría. En vez de recrearse en lo escabroso del tema, el autor prefiere que la cuestión sobrevuele toda la novela sin convertirla en un problema explícito en ningún momento. De esta manera desplaza el que podría haberse convertido en el conflicto principal del libro y lo transforma en un tema secundario.

El personaje principal de Intemperie no es el niño. Tampoco el cabrero o el alguacil. Apenas hay descripciones de ellos. No hay diálogos en los que el lector pueda encontrar una pista sobre su carácter. Tanto el alguacil como el niño y el cabrero actúan y se mueven en un escenario tan desolado y enorme como su soledad. Del mismo modo que en los libros de Cormac McCarthy, Annie Proulx o David Vann, los sentimientos de los personajes se describen a través de los paisajes. Jesús Carrasco nos presenta un paraje desolado, árido e inmenso con pocos lugares en los que refugiarse. Este mundo termina por estar mucho más presente que cualquiera de los tres protagonistas. Gracias a esa enorme meseta desolada, el autor consigue explicar el carácter de la tríada principal.

Se ha hablado mucho de esta novela y mucho más se va a hablar. Porque estamos ante uno de los libros del año, una narración de un escritor desconocido que, meses antes de que se publicara en España, ya se había convertido en una revelación internacional. En algunas críticas se le achaca: ¿cómo puede ser que la salvación de la literatura en español, la revelación de las jóvenes letras patrias, venga de la mano de alguien que escribe como Delibes o como Cela? Los que hacen este tipo de críticas olvidan que un escritor tiene que buscar la palabra justa, sin más. Y que sin duda la palabra piedra, que es una palabra sencilla y mundialmente comprensible, describe un cuerpo mineral inerte. Pero un guijarro no es lo mismo que un peñasco, aunque las dos se pueden englobar dentro de la palabra piedra. Jesús Carrasco no busca complicar su prosa. Tampoco intenta imitar la voz de nuestros abuelos, sino que hace lo que debería intentar cualquier escritor: utilizar la palabra adecuada, la palabra precisa, la que no necesita de una larga frase para explicarla ni adjetivos que la adornen.

Si la historia que narra Intemperie es rural y su autor evidentemente domina el lenguaje que se utiliza en ese ambiente, ¿por qué debería haber buscado las palabras más sencillas? ¿Simplemente para ser “moderno”? ¿Para renovar la literatura del siglo XXI?

La tradición no es algo de lo que un escritor debe renegar. Solo tras leer a nuestros mayores, solo tras conseguir asumirlos, es posible superarlos. En estas páginas es cierto que uno encuentra a Cela y a Delibes, pero también a Cervantes y al Lazarillo de Tormes. Aun así Jesús Carrasco ha conseguido crear una voz propia y diferenciada, un estilo que asienta sus cimientos en la tradición pero que crece y se convierte en algo diferente.

Intemperie es novela muy buena. Y Jesús Carrasco es un autor al que hay que tener muy en cuenta en los próximos años para ver si podrá superar un debut tan fascinante. ~