“El mundo era tan reciente…” | Letras Libres
artículo no publicado

“El mundo era tan reciente…”

García Márquez fue un fabulador con ojos de cineasta que, para su desdicha, jamás encontró un realizador que le hiciera justicia a sus palabras.

Gabriel García Márquez fue uno de los tres mosqueteros —como Cortázar llamaba cariñosamente al colombiano, a Vargas Llosa y a sí mismo a principios de los setenta, con esa complicidad de la amistad que busca deshacer entuertos. Literariamente construyó un imaginario que no podemos soslayar en el recuento literario del siglo que no hace tanto concluyó. Como Cortázar, como Vargas Llosa mismo, fue padre de varias generaciones de escritores y también, como ocurre siempre en estos casos, el padre literario aborrecido y del que muchos han deseado deslindarse. La sola mención de Macondo para varios de los narradores actuales —no solo colombianos, incluso mexicanos—, supone la imagen de un pesado lastre y su rechazo, una voluntad de independencia, de libertad ante el peso notable de su obra.

Su militancia política, su indefendible relación con el régimen cubano, ha sido documentada en innumerables ocasiones y su discurso de aceptación del Nobel es muestra de una idea que durante mucho tiempo reclamó Latinoamérica: su derecho a figurar como contemporánea de todas las naciones, con base en la preeminencia de una literatura que se quería vocera de “La soledad de América Latina”, como tituló su discurso en Estocolmo. Si la literatura era nuestra vocera, sus autores serían los representantes de una comunidad que leería, en sus palabras, la posibilidad de resarcir siglos de afrentas y hacer posible a un tiempo el sueño de Bolívar y una utopía vital. El final melodramático de su discurso no puede ser más elocuente: “Los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.”

Prefiero hablar del narrador que me asombró en la adolescencia. Hijo del periodismo, el autor de aquellos cuentos y novelas prodigiosos se definió con absoluta precisión al recibir el Nobel: fue un fabulador con ojos de cineasta que, para su desdicha, jamás encontró un realizador que le hiciera justicia a sus palabras. La razón es más o menos sencilla: la materialidad del lenguaje de García Márquez es difícilmente apresable por un medio distinto al literario, pues su naturaleza lo alía a la estirpe de los poetas telúricos, aquellos que dieron nombre, volumen e historia a América Latina.

Más allá de que sus primeras incursiones literarias fueran expresadas, como la de tantos, en poemas juveniles, su mirada siguió aspirando a los fulgores del verso. Su tributo explícito a Darío en El otoño del patriarca; las tantas citas de otros poetas que aparecen en sus novelas o aquella estampa que en El amor en los tiempos del cólera nos recuerda los versos inconfundibles de Neruda dedicados a Josie Bliss orinando al fondo de la casa, en el “Tango del viudo”, son apenas una pequeña muestra de aquella voluntad. Los ojos de García Márquez son muchas veces —sobre todo en sus obras tempranas, para mí las mejores—, los del poeta que irrumpe en el espacio mineral de la Tierra para decirnos las cosas por su nombre: el que él ha inventado, con el que bautiza y da testimonio de su residencia en la Tierra. Él mismo lo dijo muchas veces: “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte.”

Tal vez porque el trabajo del que nombra las cosas —les da peso y corporeidad con las palabras y de ese modo las crea—, supone la exuberancia de colores, sonidos y formas, se dice con frecuencia que la obra de García Márquez provoca alegría: felicidad del descubrimiento, alquimia de las palabras que cantan y que al hacerlo permiten que las hagamos nuestras. Pero más bien, su inmersión sensual en las cosas del mundo tiene un propósito alterno: dejar constancia de un itinerario melancólico por el violento paraíso. Su trabajo fue nombrarlo, pero también aspiró a tocarlo, según nos muestra la frase final del primer párrafo de su obra mayor: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. De algún modo, lo tocó.