El monstruo en el espejo | Letras Libres
artículo no publicado

El monstruo en el espejo

Ian Buruma

El precio de la culpa. Cómo Alemania y Japón se han enfrentado a su pasado

Traducción de Claudia Conde, Barcelona, Duomo, 2011, 432 pp.

 

En El precio de la culpa, Ian Buruma (La Haya, 1951) analiza las distintas maneras de afrontar el pasado en Alemania y en Japón, los dos países perdedores de la Segunda Guerra Mundial. El libro apareció en inglés en 1993 –Buruma ha incluido un prólogo sobre el terremoto y el pánico nuclear que azotaron Japón hace unos meses– y en muchas cosas el mundo ya no es el mismo. Japón estaba en los inicios de la “década perdida”; la unificación de Alemania está consolidada, y le ha permitido examinar otros aspectos conflictivos de su historia, como el periodo comunista o los bombardeos aliados, mientras asumía un liderazgo más claro en la Unión Europea; una extrema derecha populista que entonces era marginal gana posiciones en varios países del continente. Pero la gestión del pasado sigue siendo un asunto importante y controvertido en todo el mundo.

El precio de la culpa oscila entre el ensayo y el reportaje. Buruma arranca con el recuerdo de la Segunda Guerra Mundial que dominaba Holanda durante su infancia, cuando “crecer en un país que había sufrido la ocupación alemana era saberse del lado de los ángeles”. Una de las ideas que empujan su investigación es el vínculo tradicional entre Japón y Alemania: “Lo curioso es que mucho de lo que atraía a los japoneses de Alemania antes de la guerra (el autoritarismo prusiano, el nacionalismo romántico y el racismo pseudocientífico) había perdurado en Japón, mientras que en Alemania había pasado totalmente de moda.” En su examen de la conciencia histórica, de los mitos, los tabúes y los lugares de memoria, visita los campos de concentración y los monumentos, compara el tratamiento de los conflictos en los libros de texto, la actitud ante la guerra y la paz en los dos países, las interpretaciones de las atrocidades en la literatura, el cine y la televisión, las diferentes visiones que tienen las distintas generaciones de alemanes y japoneses, los procesos judiciales de Núremberg y Tokio. La tesis principal del libro es que Alemania ha afrontado de forma mucho más directa y sincera su pasado. Ese proceso doloroso incluía un sentimiento de culpa e incluso una desconfianza hacia la cultura y lengua alemanas, que habían desembocado en el mayor crimen de la historia. No estuvo exento de errores, hipocresías, divergencias y paradojas. A las primeras generaciones les costó hablar del Holocausto; quienes, como dijo Helmut Kohl, “habían tenido la suerte de haber nacido tarde” debían también “explicar lo que hicieron sus padres”, lo que implicaba una identificación peligrosa. Buruma repasa muchas obras alemanas sobre el nazismo, pero señala que la serie estadounidense Holocausto tuvo una influencia decisiva en la conciencia de la Shoah. El espíritu de investigación libre y de responsabilidad de la República Federal, motivado por la culpa, pero también por el “patriotismo constitucional” y por el deseo de tener una relación normal con los países vecinos, contrasta con el tratamiento en Alemania Oriental, donde se prefería hablar del exterminio de los comunistas y ocultar la naturaleza racista de los crímenes nazis: los horrores de Hitler se explicaban como una consecuencia de los fallos del capitalismo. Buchenwald, que fue campo nazi desde 1937 y comunista tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y encerraba en su perímetro el Árbol de Goethe, es un ejemplo paradigmático de lo peor del siglo XX.

Aunque muchos japoneses y alemanes creen que su país tiene algo esencialmente peligroso, la respuesta en Japón fue distinta. Si Alemania estaba obsesionada por la expiación, Japón, según Buruma, padecía una amnesia histórica. Hitler murió, pero el emperador Hirohito siguió en el poder tras la derrota. La Constitución japonesa de 1946, supervisada por los estadounidenses, establece que “el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación”. Más tarde, la Guerra Fría posibilitó la legalización de unas Fuerzas de Defensa, pero la tutela estadounidense creó una mezcla de victimismo y resentimiento. A diferencia de lo ocurrido en Alemania, en Japón no se podía establecer un corte claro que marcase el comienzo de la política agresiva del régimen. La derecha y la izquierda discrepan en el nombre y duración del conflicto, “la gran guerra del Este Asiático” (donde la Segunda Guerra Mundial está separada de la invasión o “incidente” de China) y “la guerra de los Quince Años”. Si Auschwitz es el símbolo del genocidio mecanizado del nazismo, en Japón las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki se convirtieron en los acontecimientos centrales de la contienda: eran simultáneamente un castigo y un crimen racista, una advertencia de la capacidad destructiva de la humanidad. Eso exigía suavizar la importancia militar de las dos ciudades –cuando cayó la bomba, Hiroshima era el Segundo Cuartel del Ejército Imperial– e interpretar el asesinato y violación de decenas de miles de chinos en Nankín, o la deportación y el internamiento de ciudadanos asiáticos, como excesos de la guerra, y a veces como exageraciones. En Alemania los negacionistas y los simpatizantes del nazismo están confinados a los márgenes. En cambio, “el debate sobre la guerra japonesa se desarrolla casi por completo fuera de las universidades de Japón, entre periodistas, historiadores aficionados, columnistas y activistas de los derechos civiles, entre otros. Como resultado, las teorías más estrafalarias de gente como Tanaka Masaaki –autor de un libro sobre ‘la invención de la masacre de Nankín’– no reciben nunca una refutación seria por parte de los historiadores profesionales, en parte porque en Japón hay muy pocos historiadores de la época contemporánea”. Para Buruma, “Solo cuando una sociedad llega a ser suficientemente libre y abierta para volver la vista atrás, pero no desde el punto de vista de la víctima ni del criminal, sino con una mirada crítica, únicamente entonces encuentran reposo sus fantasmas.”

En ocasiones, El precio de la culpa tiene un aire impresionista, y la ejecución del libro no siempre está a la altura de la idea. Algunos capítulos son mejores que otros: la comparación del discurso de Philipp Jenninger que, en el cincuenta aniversario de la Noche de los Cristales Rotos, señaló en el Bundestag que “muchos alemanes se dejaron cegar y seducir por el nacionalsocialismo” y citó órdenes de Himmler y pasajes antisemitas, y las palabras que pronunció el alcalde de Nagasaki Motoshima Hitoshi sobre la responsabilidad del emperador en la guerra, es uno de los mejores momentos del libro. Buruma explica mejor la relación de la Alemania de posguerra con los judíos e Israel que la importancia de la integración europea. Realiza un gran reportaje, más panorámico que profundo; mantiene un tono frío y ecuánime y busca la complejidad: estudia aspectos culturales y religiosos, las diferencias en las actitudes entre distintas generaciones, entrevista a los protagonistas de procesos judiciales y debates intelectuales. “No hay pueblos peligrosos –afirma–; solo hay situaciones peligrosas, que no son resultado de las leyes de la naturaleza, ni de la historia, ni del carácter nacional, sino de decisiones políticas.” Su crítica al determinismo es también una defensa de la discusión, la democracia y la responsabilidad: “La naturaleza humana no ha cambiado, pero sí lo ha hecho la política. En los dos países, es posible expulsar con el voto a los forajidos. Los que prefieren ignorarlo y buscar en cambio las marcas nacionales de Caín no han aprendido nada del pasado.” ~