El método de la fantasía moderna | Letras Libres
artículo no publicado

El método de la fantasía moderna

Guillén indaga en el origen de la arquitectura moderna y plantea que, contrario a las teorías estéticas de su nacimiento, la raíz de la arquitectura moderna está en el modelo de gestión laboral postulado por Frederick Winslow Taylor.

Guillén, Mauro F. The Taylorized Beauty of the Mechanical: Scientific Management and the Rise of Modernist Architecture. Princeton University Press, 2006.

 

Antes que Louis H. Sullivan acuñara la máxima del diseñomoderno “La forma sigue a la función” o de que  Ludwing Mies van der Rohe proclamara que “Menos es más”, en 1893 el historiador de la arquitectura Barr Ferree proponía que esta disciplina,antes que arte,era un asunto de negocios. Así, Ferree buscaba destacarla influencia de las condiciones económicas que hacían posible cualquier acto arquitectónico. Este ángulo poco explorado por la historia de la arquitectura moderna se convirtió, hace pocos años, en el ámbito de navegación del sociólogo y director del Lauder Institute de la Universidad de Pennsylvania, Mauro F. Guillén(España, 1964), autor deThe Taylorized Beauty of the Mechanical: Scientific Management and the Rise of Modernist Architecture.

Con la premisa de que el modernismo arquitectónico supone algo más que una propuesta estética o la consecuencia natural de un proceso de industrialización, el libro de Guillén indaga en el origen de la arquitectura moderna y plantea que, contrario a las teorías estéticas de su nacimiento, la raíz de la arquitectura moderna está en el modelo de gestión laboral postulado por Frederick Winslow Taylor, cuyo método se centraba en incrementar la eficiencia y reducir tiempos y costos de producción a partir de principios de sistematización, estandarización y producción (conocido como Taylorismo). Este sistema de administración, del que Henry Ford extendió y refinó principios para la producción masiva de automóviles en su fábrica de Detroit, es donde Guillén distingue el origen de una nueva visión de la arquitecturaque permitió que las prácticas constructivas tradicionales fueran reemplazadas por métodos modernos en los que la eficiencia, precisión y funcionalidad fueron determinantes.  

Desde la sociología, y con habilidad de ingeniero, Guillén levanta puentes para enlazar el impacto de la administración científica de Taylor con los procesos de modernización de diferentes países de Europa y América entre los años 1890 y 1940: mientras Estados Unidos, cuna de la administración científica, supone el antecedente de la arquitectura moderna, la idea del binomio entre taylorismo y arquitectura moderna se echa propiamente a andar en países fuertemente industrializadoscomo Gran Bretaña, Francia, Alemania, y también en otros menos industrializados como Italia, Rusia y España (países como México, Brasil y Argentina son bautizados, debatiblemente, como “territorios de modernismo sin modernidad”). Este mapeo más que medir el impacto del taylorismo en la arquitectura, indaga en cómo este modelo de producción interactúa con las fuerzas particulares de cada región, pues en las discontinuidades políticas y sociales de cada zona subyacen las condicionantes que llevaron a los arquitectos a cubrir nuevas demandas constructivas.

Si las historias tradicionales de la arquitectura enfatizan que la industrialización, los factores sociopolíticos y las dinámicas de clases impulsaron el nacimiento de la arquitectura moderna, el libro propone inspeccionar dos variables distintas: los nuevos patrocinadores de la construcción y la profesionalización de la arquitectura. El análisis comparativo de los distintos países deja en claro que la participación del Estado y la industria como patrocinadores de la nueva arquitectura resulta fundamental; como lo demuestran los casos de Alemania, la Unión Soviética, México y Brasil, además del impulso económico, la actuación de los patrocinadores colocó a los arquitectos en contacto directo con el mundo de la planeación. A lo anterior se adiciona que la administración científica impactó en aquellos países en los que la arquitectura generó vínculos con la ingeniería, lo que permitió desarrollar un cuerpo específico de conocimiento técnico y estético. Esta diferenciación entre el arquitecto académico, formado en la tradición decimonónica de las Bellas Artes y alejado de la industria, versus elarquitecto técnico creyente en la tecnología perfiló a un profesional — “tecnócrata populista”— capaz de modelar los modos de habitar incorporando en su práctica métodos de desarrollo económico con propuestas de cambio social.

Lo que la sistematización rigurosa de la historiografía canónica de la arquitectura moderna y el entrecruzamiento constante revelan es que ni los nuevos materialesni las tecnologías determinaron un nuevo estilo de la arquitectura moderna. Lo que sí facilitaron fue la experimentación de nuevas posibilidades expresivas que en sinergia con un taylorismo vinculado a la profesionalización de los arquitectos, condiciones sociales y políticas, y la participación de los patrocinadores de la arquitectura, resultaron en la activación del engranaje de la maquinaria moderna.

En la belleza de la repetición sin fin insinuada en una línea de producción, la máquina se impone como metáfora estética, como fuerza técnica y motivo ideológico de la arquitectura. Hacer de la casa una máquina para habitar o de la cocina un lugar con un orden semejante al de un laboratorio suponía la exaltación de la máxima eficiencia, un principio taylorista que comprobaba su influencia en el orden espacialy ganaba difusión a partir de una compleja red de colaboración transnacional (ideas elocuentemente desarrolladas en el libro a partir de algunos diagramas).

Omitiendo por completo los análisis exhaustivos de edificios y particularidades biográficas de los grandes arquitectos de la modernidad, The Taylorized Beauty of the Mechanical desafía a las historias tradicionales de la arquitectura moderna. Subsiste en el trabajo de Guillén, más que una historia de la construcción, el desarrollo prolífico de un argumento que parece recordar a cada párrafo un principio que debería alimentar incluso los debates actuales sobre la práctica: la arquitectura rebasa lo edificado.