El libro de la vida | Letras Libres
artículo no publicado

El libro de la vida

Karl Ove Knausgård

La muerte del padre

Mi lucha: Tomo I

Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

Barcelona, Anagrama, 2014, 504 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un hombre enamorado

Mi lucha: Tomo II

Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo

Barcelona, Anagrama, 2014, 632 pp.

La vida es lo que pasa mientras intentas escribir un libro: ese es en cierto modo el asunto de los dos volúmenes traducidos hasta el momento al español de Mi lucha, la autobiografía de 3,600 páginas por la que Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968) ha tenido un gran éxito en Noruega y una acogida entusiasta en el mundo literario, sobre todo anglosajón. La primera parte del ciclo, La muerte del padre, se centra en la adolescencia de Knausgård, en su relación dolorosa con un progenitor alcohólico y en la gestión práctica y emocional de su fallecimiento. La segunda, Un hombre enamorado, trata de la fundación de su propia familia: de su traslado a Estocolmo, de su encuentro con Linda, que se convertirá en su segunda mujer, de la formación de la pareja y sus sucesivos altibajos, del cuidado de los niños, de pequeñas tramas como una vecina difícil, descubrimientos incómodos, aburridas conversaciones con otros padres, humillaciones nimias (“así tendría que ser el infierno, tierno, bienintencionado y lleno de madres desconocidas con sus bebés”), amistades y escapadas a librerías que conviven con la inquietud por haber descuidado su propia escritura. Es un proyecto excesivo y atrabiliario, narrado con una prosa enérgica, desaliñada y profundamente libre. Sus defectos más evidentes parecen inseparables de su cualidad adictiva.

“La vida diaria con sus obligaciones y rutinas era algo que soportaba, no algo que me hiciera feliz, nada que tuviera sentido. No se trataba de falta de ganas de fregar suelos o cambiar pañales, sino de algo más fundamental, de que no era capaz de sentir el valor de lo cercano, sino que siempre añoraba estar en otro sitio, siempre deseaba alejarme de lo cotidiano, y siempre lo había hecho. De manera que la vida que vivía no era la mía propia. Intentaba convertirla en mi vida, esa era la lucha que libraba, porque quería, pero no lo conseguía, la añoranza de algo diferente minaba por completo todo lo que hacía.”

Como el narrador, el lector siente a menudo que está ante una interrupción, y que en algún momento llegará una narración convencional, tras la descripción minuciosa de acontecimientos que tienen algo de preparativo (la logística de llevar cerveza a una fiesta adolescente o salir de casa con tres niños pequeños, la enumeración de los movimientos necesarios para liarse un cigarrillo). Proust es uno de los modelos, pero la escritura de Knausgård es frenética y casi jazzística, y recuerda la observación que hacía Fernando Trueba sobre ese género musical, donde a menudo uno escucha “esperando el milagro”. En general, el lector se ve recompensado, pero no de forma previsible: esa preparación lo era todo, y Knausgård pasa a otra cosa, que puede ser un episodio diferente o una digresión ensayística.

Lleno de descripciones cotidianas y cargado de reflexiones sobre la muerte, la incomunicación o el deseo de soledad, Mi lucha es un libro sobre ser hombre y ser escritor, y uno de sus aspectos más interesantes es la sensación de desnudez. Algunos fragmentos han causado problemas a su autor: por ejemplo, el relato de los últimos años de vida de su padre hasta morir en la casa sórdida que habitaba con la abuela incontinente y alcohólica provocó indignación en sus familiares. Pero lo llamativo no es tanto lo que cuenta de seres cercanos como el hecho de que lo cuente. Aunque la relación con su mujer es bella y emocionante, incluye enfrentamientos y rencor. Al principio de Un hombre enamorado, escribe: “Yo quería dejar a Linda, porque siempre se estaba quejando, siempre quería algo distinto, y nunca hacía nada para conseguirlo, se limitaba a quejarse, quejarse y quejarse.” Impresiona que aparentemente Knausgård escriba lo que piensa, y el tono sincero, más íntimo que coqueto, con el que revela sus defectos, obsesiones e inseguridades.

Mi lucha trata también de la modificación del recuerdo y de la percepción a lo largo del tiempo. Un rival le dice a Knausgård que quiere escribir como él; solo más tarde se da cuenta de que era una burla. La autenticidad es uno de los valores de un proyecto que no teme ser pueril –por ejemplo, en el título de la serie– y plantea interrogantes sobre la representación y la memoria. La supuesta exactitud de réplicas y acciones puede resultar cómica: hay diálogos donde se dice: “Vale.” ¿Tan fiable es el recuerdo? ¿Y es necesario incluir esa respuesta? Esos elementos cumplen una doble función: son un rasgo de estilo, o de falta de estilo; además, esa precisión no solo muestra, sino que también apunta a lo mucho que se queda fuera de cualquier reconstrucción. El peligro es que a veces el lector parece contemplar la grabación indiscreta –es decir, cotilla y no selectiva– de una cámara de seguridad.

Los dos volúmenes están llenos de breves tratados, brillantes y contradictorios, sobre arte y literatura. “Escribir es sacar de las sombras lo que sabemos” y “Escribir trata más de destruir que de crear”, afirma Knausgård en La muerte del padre. En Un hombre enamorado, pensando en los indios americanos y en la posibilidad de escribir sobre ellos, señala: “Si yo creara un mundo nuevo con los elementos del antiguo, solo serían literatura, sería ficción, y en realidad carente de valor. En contra de ese razonamiento podría objetar que por ejemplo Dante solo había escrito ficción, que Cervantes solo había escrito ficción, que Melville solo había escrito ficción. Era innegable que no habría sido lo mismo ser persona si sus obras no hubiesen existido. Así que ¿por qué no escribir ficción y nada más? La realidad no estaba en correspondencia de uno a uno con la realidad. Buenos argumentos, pero no servían, la mera idea de ficción, la mera idea de un personaje inventado en una trama inventada me producía náuseas, reaccionaba físicamente a ella.”

“El mundo es siempre el mismo, lo quecambia es la manera de contemplarlo”, escribe. Probablemente se ha exagerado la novedad de la obra de Knausgård: la presentación como novela de un texto que depende de la fidelidad a los hechos y el vertiginoso ritmo de escritura causan cierta distorsión. El libro se entiende también vinculándolo a otros géneros. Este proyecto desmesurado crea un interesante desafío estético y ayuda a que el lector vea su vida con otra intensidad: tiene algo de borrador que lo hace artísticamente estimulante. Al leer sobre los problemas de un escritor escandinavo, no es difícil sentirse un tanto precario, pero también resulta comprensible que muchos lectores (y especialmente lectores que se dedican a la literatura) se reconozcan en lo que cuenta. Este libro narcisista es a menudo hipnótico y oportuno, entre otras cosas porque contagia la ilusión narcisista de que habla de ti. Es uno de sus atractivos, pero también puede constituir una limitación y complica determinar el valor literario de una obra que produce una mezcla de alegría y envidia, por certificar que había tanta agua tan cerca de casa. ~