El laberinto y el hilo | Letras Libres
artículo no publicado

El laberinto y el hilo

Mario Vargas Llosa

El héroe discreto

México, Alfaguara, 2013, 392 pp.

“Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo”, reza el oportuno epígrafe borgiano con el que Mario Vargas Llosa abre su más reciente novela, porque alude a dos nociones clave de toda su narrativa: la abigarrada y compleja materia ficticia y el orden riguroso con el que nos conduce al desenlace. Como en la gran mayoría de sus otras novelas, esta presenta el patrón bipolar (dos espacios, dos historias) que siguen sus narraciones, primero como planos paralelos y luego convergentes, para crear así un contrapunto que subraya las tensiones entre la heterogeneidad y la discontinuidad provocadas por los saltos espacio-temporales. En este caso, nos movemos entre dos ambientes muy disímiles: el de Piura y el de Lima, que reflejan, cada uno con sus naturales diferencias, el relativo pero notorio estado de prosperidad que tanto la provincia como la capital han alcanzado en las últimas décadas.

Los respectivos protagonistas de las dos historias básicas no pueden ser más distintos por origen, cultura y propósitos. Felícito Yanaqué es un pequeño empresario transportista, de cierta edad, que ha superado, con un deliberado y tenaz espíritu de trabajo, las limitaciones del humilde medio piurano en el que nació. Lo más notorio es su riguroso espíritu ético como empresario, su honradez y su sentido de superación contra todos los obstáculos. Su código moral está determinado por una frase que le dijo su padre antes de morir, cuando él era muy joven, y que él repite constantemente como su gran divisa personal: “Nunca te dejes pisotear por nadie, hijo. Este consejo es la única herencia que vas a tener.”

Este personaje simple, anónimo y moderadamente exitoso es, sin duda, el héroe discreto al que Vargas Llosa ha querido rendir homenaje como símbolo de otros como él, un héroe “constructivo” que trabaja sin esperar mayores recompensas por su callada labor diaria. Creo que hasta aquí Vargas Llosa no nos había ofrecido un personaje como este, que cree en los frutos de su propio esfuerzo y disciplina, y escapa a la típica marca antiheroica de sus anteriores personajes (el de la derrota y el fracaso, sobre todo porque sus respectivas empresas son desventuras que los ponen al margen de la ley). Esto no impide que en la vida de Felícito haya ciertos aspectos oscuros o dudosos, que contribuyen a enriquecer su contextura como personaje. Por un lado, tiene en Mabel a una no muy secreta amante a la que ayuda económicamente; y, por otro, es evidente que la relación con su esposa dista de ser buena, quizá porque nunca se libra de la sospecha de que Miguel, uno de sus hijos, no es realmente suyo.

La historia limeña, a su vez, tiene como protagonistas a Ismael Carrera, un adinerado empresario de edad avanzada, y a don Rigoberto, su mejor amigo, confidente y alto ejecutivo de la firma, al que los lectores de Vargas Llosa reconocerán de inmediato como gran personaje de dos de las novelas eróticas del autor: Elogio de la madrastra (1988) y Los cuadernos de don Rigoberto (1997). Un rasgo característico del novelista, que aquí queda confirmado, es el de volver sobre sus pasos y hacer vivir a sus personajes de narraciones anteriores nuevas aventuras; en este caso, no solo tenemos a don Rigoberto, su esposa Lucrecia y su hijo Fonchito, sino que, en el lado piurano, reaparecen Lituma, los Inconquistables y la Chunga, provenientes de La casa verde (1965), aparte de algunos de sus recordados barrios, como la Mangachería. Vargas Llosa es esencialmente un realista que subraya las referencias objetivas en las que se funda su universo, pero al mismo tiempo lo reficcionaliza al introducirle sus creaturas, como si formasen parte del mundo concreto que todos compartimos. En esto se nota todavía el eco lejano de su herencia faulkneriana, que fue y volvió con sus personajes por el mítico condado de Yoknapatawpha, y también el influjo de un creador muy distinto de ambos como Juan Carlos Onetti, inventor de Santa María, que es la fusión de Buenos Aires y Montevideo.

En principio, pues, no hay nada en común entre la historia piurana, un mundo siempre pueblerino pese a los signos de modernización que muestra, y la de Lima, que se mueve en los ambientes de la burguesía acomodada y los centros del poder económico. Pero la primera convergencia entre ambas se da tan temprano como en el capítulo 2, cuando el viudo Ismael le revela a Rigoberto que planea casarse con Armida, su empleada doméstica, que según este era “una cholita bastante presentable”. Armida es el nexo que nos llevará a Piura, de un modo que me abstengo de revelar al lector. Pero la mayor intriga surge aun antes, cuando apenas comenzada la novela Felícito descubre en su casa una carta anónima de extorsión que incluye el dibujo de una araña. Por supuesto, el héroe decide desafiar la amenaza y, sin temor a las consecuencias, busca la intervención de la policía. Allí aparecen entonces el sargento Lituma y el rijoso capitán Silva, quienes comienzan las investigaciones con una mezcla de intuición y torpeza algo cómica. La situación se complica más cuando se produce el secuestro de Mabel, que hunde a Felícito en la desesperación. Conforme avanza, el relato va adquiriendo el carácter propio de la novela policial, género frecuente en Vargas Llosa desde La ciudad y los perros (1963). El secuestro de Mabel nos conducirá al descubrimiento del extorsionador. En el espléndido capítulo 19, Felícito, con gran dignidad, pone en orden su vida frente a Mabel, su esposa y su hijo Miguel.

Tampoco deja de mostrar coraje la decisión que toma Ismael de casarse con su empleada doméstica, desafiando todos los estrictos códigos raciales y sociales de la burguesía limeña. Por su parte, Rigoberto se resiste tenazmente a la creciente trivialidad y estupidez del mundo social que lo rodea y al que, en verdad, pertenece, un asunto que reconocerán los lectores de La civilización del espectáculo. Lo que más desearía en su vida es gozar de las grandes obras de la literatura, el arte y la música, algunos de cuyos más altos ejemplares atesora en su casa. Un par de cosas al respecto de esto: la primera es que en las dos novelas eróticas de Vargas Llosa, la historia de Rigoberto y su familia se alterna con exámenes de grandes obras plásticas, al punto de que en la última de ellas el gran pintor vienés Egon Schiele es casi un protagonista; la segunda es que, en la presente novela, los incestuosos amores entre Fonchito y su madrastra Lucrecia apenas si son rozados en una línea del texto. En cambio, Fonchito protagoniza aquí otro tipo de aventura: la que lo vincula al muy misterioso Edilberto Torres, quien plantea la fuga más abierta al plano puramente fantástico de la obra. No solo eso: el texto que el muchacho escribe tiene el muy revelador título de “La libertad y el mal”, que es una cuestión que el autor ha tratado en incontables ensayos y artículos, y que nos trae un eco de Georges Bataille.

Un gran tema que recorre la novela es el de la relación paterno-filial, conflictiva en ambas historias, pero muy distinta en cada plano de la misma. Por razones de espacio, solo me referiré a la traumática situación que abre un abismo entre Ismael y sus hijos, un par de inútiles crudamente ambiciosos, que en plena enfermedad del padre aguardan su pronta muerte para heredarlo. La tensión entre padres e hijos está también presente en las familias de los cadetes del Leoncio Prado, pero aquí el desquite que se toman los mayores parece mucho más justificado que en La ciudad y los perros. Una de las obras de Goya que más admira Rigoberto es la titulada Saturno devorando a sus hijos, que bien podría ser una alegoría de lo que merecen los hijos insensibles y crueles que encontramos en esta obra.

Todavía más importante y notorio que el esquema policial es el uso del melodrama, aunque esto no es ninguna novedad para los lectores de Vargas Llosa. Creo que, en la novela hispanoamericana, el único caso más programático y notorio es el de Manuel Puig, que entreteje sus historias sobre la base del radioteatro y el tango. Vargas Llosa no solo se sirve abiertamente del melodrama: lo subraya y enfatiza, tal vez porque percibe –sin olvidar que este molde aparece en grandes obras literarias y en la ópera del siglo XIX– que ese formato nos brinda un acceso privilegiado para conocer y reconocer el modo como la sociedad modela nuestra educación sentimental. Por eso, especialmente en su descripción del mundo piurano hay marcados toques costumbristas, tipos pintorescos como la simpática santera Adelaida, abundante uso del lenguaje popular, etc. Todo contribuye a crear una viva imagen de la realidad con la que fácilmente podemos identificarnos sin saber a veces qué es lo objetivo y qué es lo ficticio. Un curioso ejemplo de esta ambigüedad es que el ídolo sentimental de Felícito es una cantante de música criolla llamada Cecilia Barraza, un personaje real, posiblemente desconocido para los lectores no peruanos.

Los momentos de humor que atraviesan el relato tienen el característico sabor grotesco o burlón –en verdad, una mueca o distorsión paródica–, pero también un toque sutil o autoirónico, como el pasaje en el que Rigoberto le aclara a su hijo que, de la cultura peruana, ama sobre todo tres cosas: “Las pinturas de Fernando de Szyszlo. La poesía en francés de César Moro. Y los camarones de Majes, por supuesto.”

Por último, cabe destacar que la historia se desenvuelve tendiéndonos trampas, pistas falsas, tensiones crecientes y desenlaces parciales o laterales antes de llegar a la solución del laberinto, como si se nos brindase un hilo seguro para desatar la madeja, lo cual representa una notable puesta en práctica del epígrafe borgiano con que abre la novela. ~