El hombre trágico antes de Kafka | Letras Libres
artículo no publicado

El hombre trágico antes de Kafka

Heinrich von Kleist

Relatos completos

Traducción de Roberto Bravo de la Varga, Barcelona, Acantilado, 2011, 344 pp.

 

El 21 de noviembre de 2011 se cumplieron doscientos años de la muerte por suicidio del autor alemán Heinrich von Kleist (1777-1811). Contaba 34 años de edad y dejó una obra breve pero sorprendente e intensa. En España apenas si ha tenido algún eco el acontecimiento, lo más destacado es que la editorial Acantilado aprovechó esta fecha para publicar una nueva traducción de los extraordinarios relatos de quien fuera el narrador favorito de Kafka.

Kleist legó ocho obras de teatro (El príncipe de Homburgo y El cántaro roto son las más conocidas) y otros ocho relatos o narraciones de variada extensión, tan intensas como complejas; la más extensa, una nouvelle que narra la historia del tratante de caballos Michael Kohlhaas (con este mismo título),suele editarse a menudo como libro independiente. En la edición que ahora reseñamos aparecen los ocho relatos juntos, tal y como deberían editarse siempre.

¿Y por qué leer ahora a Kleist? Porque, de nuevo o por primera vez, supone una experiencia impactante. Es un narrador vigoroso y singular. Sus relatos provocan escalofríos, y no porque alguno de ellos roce lo gótico o el terror, sino porque son terriblemente apasionados, aunque no en el sentido “romántico” del término. Kleist no se adscribió al romanticismo, aunque anduvo a caballo entre el Sturm und Drang, el clasicismo y el romanticismo. Sin embargo, Kleist supera cualquier clasificación y, como el outsider que fue, alcanza una nueva dimensión: esa que ya pertenece al hombre moderno, aislado, contradictorio y sometido a los vaivenes del azar y los designios de Dios; al ser humano en perpetua lucha entre su luminosa razón y lo irracional opaco que pugna por dominarla, e inmerso y casi asfixiado entre los conflictos y las leyes mundanas, las decisiones personales y los imperativos de la naturaleza –en este sentido, Kleist fue un precursor de Kierkegaard y Kafka–. Sus relatos no tienen parangón en su época, ni son como los de E.T.A. Hoffmann ni se parecen a los de Brentano o Tieck. Kleist es heredero directo del Decamerón y de las avanzadas y modernas Novelas ejemplares de Cervantes, aunque no persigue la ejemplaridad, sino solo la expresión artística de los sucesos y acontecimientos inauditos que plasma en sus cuentos. La sexualidad y el amor desaforado, los deseos y los afectos, la lucha, los reveses de la fortuna, la fatalidad y la muerte son sus temas señeros, de ahí que sean tan universales e impactantes. A tamaño efecto contribuye su prosa precisa y milimetrada –de compleja sintaxis en alemán–, en la que ni sobra ni falta palabra. Igual que un siglo después Kafka, Kleist fue un orfebre del discurso contenido y objetivo, seco y funcionarial. Con ello logra tanto atraer como exasperar al lector, de ahí que la lectura deba ser atenta; sin embargo, termina por hacerse rauda y fluida, llena de sorpresas y giros inesperados de los acontecimientos. La nueva traducción de Bravo de la Varga capta bien el estilo de Kleist, quizás hasta lo suavice y lo torne más amable.

En cuanto a los ocho relatos, todos son admirables. “Michael Kohlhaas” gira en torno a la reparación de una injusticia; el enrevesado destino del tratante de caballos y de cuantos lo rodean mantiene en vilo al lector hasta el final. Kafka decía que gustaba de leer este relato en público –“es una historia que leo y releo con verdadero temor de Dios y que siempre me lleva de asombro en asombro”– y afirmaba haberlo leído por “centésima vez”. En realidad, Kohlhaas es un personaje prekafkiano, un hombre trágico en busca de una Justicia que se resiste a revelar sus misterios. Con “La marquesa de O”, Kleist escandalizó al público de su tiempo con la historia de una extraña concepción semivirginal, que termina bien, algo excepcional en Kleist. En “El terremoto de Chile”, al igual que en “El duelo” o en la leyenda de “Santa Cecilia o el poder de la música” se manifiesta el designio de Dios (o el juego del destino) que vapulea a los seres humanos como a barquichuelas en medio de la tempestad. “El hijo adoptivo” y “Los esponsales de Santo Domingo” son relatos memorables, orgiásticos en su violencia y fatalidad; “La mendiga de Locarno” es el relato de un suceso paranormal. Ninguno dejará indiferente al lector.

Aparte de Kafka, también Nietzsche y Thomas Mann fueron seducidos por la arrebatada magia de Kleist y por el trastornado universo del que surge su literatura. Con quince años, Nietzsche pidió que le regalaran por Navidad las obras completas del suicida. Mann sostuvo siempre que Kleist era uno de los escritores más extraordinarios de todos los tiempos. Nada extraño que a estos dos autores, tan receptivos a la locura y a las exaltaciones de los genios creadores, les sedujera Kleist, ya que también la vida de este se caracterizó por una lucha constante contra los infortunios y la desesperación. Sensible en extremo, dotado para la música, Kleist vivió deprisa y peligrosamente; hijo de nobles y destinado a la carrera militar, no se halló a gusto en el ejército: lo abandonó y se convirtió en una especie de bohemio dedicado a la literatura, sin lugar fijo en este mundo; pobre, pues su relativo éxito literario nunca le dio para vivir de ello; inconstante y furibundo, sufría más que disfrutaba con su arte (de ahí tal vez la sequedad de su estilo, nada jocoso, que revela contención en lugar de exaltación). Ansioso por aprenderlo todo, se dedicó a las ciencias y la filosofía como diletante embargado por la creencia de que más conocimiento lo haría más sabio. Sin embargo, dada su nobleza de carácter, el efecto fue el contrario: cuanto más profundizaba en el saber más incierta veía la realidad, más alejado de la verdad esencial de las cosas se sentía, y mayor era su desesperación al vivir en un mundo en el que de ninguna manera se encontraba a gusto, pues en él no triunfaban la Belleza, la Bondad ni la Justicia.

Indiferente a la fama literaria (nunca fue vanidoso), descreído y desilusionado de la vida, decidió poner fin a su vida junto a una buena amiga, Henriette Vogel, aquejada de un cáncer incurable y decidida a matarse. Un claro y frío mediodía de noviembre, tras haber tomado ambos un refrigerio en una hostería cercana al berlinés lago de Wannsee, se descerrajaron un tiro. Kleist la mató a ella primero de un disparo en el pecho y luego se mató él mismo disparándose en la boca. Se sabe que habían acudido allí con alegría y que antes de morir habían brindado solemnemente con champán. Por ironías de la historia fue precisamente en un palacete de ese mismo lago y no lejos de la placa que conmemora estas dos muertes pálidamente epicúreas donde, más de un siglo después, algunos jerarcas nazis se reunieron para acordar la terrible “solución final” o el exterminio de todos los judíos de Europa. No es que Kleist fuera un visionario, pero sí entrevió ya en su época lo injustos y brutales que pueden llegar a ser los seres humanos en sus revoluciones y en sus catastróficas ansias de trastocar el orden cósmico del mundo.

¡Descanse en paz tan genial escritor una vez más! Aunque a Kleist le importaba un bledo la gloria, su recuerdo es imperecedero y hoy sus encantados lectores le agradecemos su vida y sus escritos. ~