El hombre sin cabeza, de Sergio González Rodríguez | Letras Libres
artículo no publicado

El hombre sin cabeza, de Sergio González Rodríguez

Hay un territorio donde el ámbito de lo personal y lo terrible del mundo se unen. Una provincia en la que confluyen los recuerdos, la áspera realidad del presente y el espanto de los fantasmas convocados tanto por la memoria como por la cotidianidad. Un lugar en el que, si se levanta la vista y se mira hacia el horizonte, sólo pueden atisbarse cosas peores. De esa materia está conformado El hombre sin cabeza, el más reciente libro de Sergio González Rodríguez (ciudad de México, 1950), en el que continúa su exploración de la parte más salvaje del crimen en México, que inició con Huesos en el desierto (2002). Si en el anterior centraba sus indagaciones en torno a los asesinatos sistemáticos de mujeres en Ciudad Juárez, aquí busca desentrañar el fenómeno de los decapitados que en los últimos años ha cobrado un macabro auge, en medio de la guerra que los cárteles de la droga sostienen entre ellos y con el gobierno.

Lo más interesante de este complejo y perturbador libro es la manera en que está construido. González Rodríguez no se conforma con trazar el mapa en el que la sangre ha corrido y las cabezas rodado, y con explicar la combinación de pobreza, corrupción, abuso de poder y pulsiones narcóticas que está detrás de la degradación social que vive el país, sino que hilvana todo eso con un fino tejido de crónicas familiares. Por ejemplo, para hablar de Guerrero evoca un viaje hecho en el pasado remoto con sus padres a Acapulco. Y recuerda también a su hermano mayor, quien estuvo en el umbral de la muerte y sobrevivió, con extrañas consecuencias.

Este recurso contribuye a dar un toque humano al recuento de atrocidades y cifras escalofriantes. Al mismo tiempo que recrea una geografía propia y sentimental, se apoya en ejemplos comparativos que ilustran la barbarie. Si se juntaran todas las cabezas de los decapitados en 2008 y se colocaran una sobre otra, explica González Rodríguez, alcanzarían la altura del monumento del Ángel de la Independencia. La combinación de rigor periodístico con una prosa literaria la había ensayado antes el autor en El Centauro en el paisaje (1992) y en De sangre y de sol (2006), y en ese sentido El hombre sin cabeza consolida un estilo que fusiona géneros; pero es, sobre todo, una obra testimonial y comprometida.

Está también la parte histórica y simbólica que le confiere al fenómeno de las decapitaciones una dimensión más amplia. González Rodríguez se remonta a las pirámides de calaveras que forman parte del folclor de diversas civilizaciones, pasa por la invención de la guillotina y llega hasta el furor decapitador de la actualidad, que en México se atribuye a la influencia de narcotraficantes colombianos. “El decapitador se asume como mensajero del lado oscuro de la humanidad, se ve como el reimplantador del reino de la muerte y el salvajismo vasto que nombra la destrucción e impone un sentido negativo en el mundo”, sentencia. González Rodríguez acude igualmente al mito de Perseo –que va en busca de la cabeza de la Medusa–, a los diversos cuadros que representan a Salomé recibiendo la cabeza de San Juan Bautista, al suicidio ritual del escritor japonés Yukio Mishima y a filmes contemporáneos como Barton Fink o Seven para ahondar en la “estetización del horror”.

Una parte clave del libro la ocupan las raíces profundas de la brujería en México, y la manera en que esta práctica ha arraigado en el crimen organizado. Aunque los chamanes, curanderos y brujos siempre han estado presentes en nuestra historia y su influencia se hace sentir en diversos niveles sociales –aclara el autor–, el aumento del comercio de estupefacientes ha catapultado a la brujería sacrificial de tradiciones prehispánicas con funestas consecuencias. Junto a ella florece un ecléctico santoral: San Judas Tadeo, la Virgen de la Caridad del Cobre, Malverde y la Santa Muerte.

La pérdida de la cabeza remite, en su metáfora más emblemática, a la pérdida de la razón, a la falta de ideas claras: dos síntomas del hombre contemporáneo, que ha extraviado el rumbo en un mundo saturado de estímulos, donde cada vez es más difícil separar la realidad de la ficción. Si en las ferias antiguas las cabezas sin cuerpo parlaban como parte de un entretenimiento tan hechizante como ingenuo, hoy en día el auge de la decapitación nos ha dejado sin palabras y, sobre todo, paralizados ante el miedo y la paranoia que desata un espectáculo cruel y ajeno a la diversión. El freak de circo ha mutado en el Frankenstein de nuestras pesadillas, como señala González Rodríguez: “La muestra magnífica de la progenie monstruosa se halla en la decapitación, cima de lo fragmentario. Un monstruo para el mañana.” ~