El futuro abandonado | Letras Libres
artículo no publicado

El futuro abandonado

Iván de la Nuez

El comunista manifiesto: Un fantasma vuelve a recorrer el mundo

Prólogo de Josep Ramoneda

Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2013, 174 pp.

Algunos años después de la caída del Muro de Berlín el francés Eric Lusito recorrió la antigua Unión Soviética visitando instalaciones militares abandonadas; sus fotografías (una selección de las cuales se puede encontrar en su página web, así como en el libro After the Wall: Traces of the Soviet Empire) parecen ratificar la afirmación de Iván de la Nuez de acuerdo a la cual aquel muro cayó (de alguna manera) tanto hacia el Este como hacia el Oeste, dejando a ambos lados de su antiguo emplazamiento las ruinas y los restos del “futuro abandonado” que el artista francés registró durante su viaje y que son, en general, las ruinas y los restos sobre los que se asienta el triunfo global del capitalismo (incluso del capitalismo en crisis de nuestros días).

El comunista manifiesto no tiene como propósito reflexionar acerca de las consecuencias de la caída del régimen soviético al Este del Muro sino en las sociedades occidentales, allí donde la figura de Karl Marx empieza a ser recuperada (De la Nuez menciona, por ejemplo, el éxito de una edición ilustrada reciente del Manifiesto comunista y del “Marxism Festival” londinense) y la apropiación artística de los restos de la producción visual soviética permite pensar que, como sostiene el ensayista cubano, el comunismo “está ‘sucediendo’ en Occidente como estética”.

No se trata tan solo de esa apropiación de la figura de Marx (cuyo rostro, nos informa De la Nuez, ha sido escogido recientemente como imagen de las tarjetas de crédito emitidas por la Sparkasse de Chemnitz, Alemania; o de su nombre, registrado como marca por el colectivo hispanoalemán PSJM): lo que sucede, para De la Nuez, es el retorno de una cierta visión “comunista” de la historia que se desdobla en dos territorios vinculados; por una parte, el de la postulación de un sujeto colectivo en textos como ¡Indignaos! de Stéphane Hessel (2010; Destino, 2011) y en los géneros afines del panfleto y del libro de circunstancias (cuya finalidad, sostiene el ensayista, es disipar las dudas en lugar de responderlas, de allí su pobreza teórica y su puerilidad, que el autor compara con la de los libros de autoayuda); por otra, en el ámbito artístico, a cuyos productores el comunismo ofrece un repertorio de símbolos y figuras potencialmente reescribibles, citables, parodiables.

A diferencia de otros autores, De la Nuez no juzga estas producciones artísticas en términos de su adhesión o su distanciamiento de cierta ortodoxia ideológica, ni parece particularmente apenado por la apropiación capitalista de los iconos del comunismo (según afirma, “para la izquierda radical, el fetiche del Che significa una victoria cultural después de una derrota política. Para la derecha radical, el fetiche del Che significa una derrota cultural después de una victoria política”); por El comunista manifiesto se pasean el escritor y activista político ruso Eduard Limónov, el dictador (¡y crítico cinematográfico!) Kim Jong Il, Jon McNaughton (pintor “oficial” del Tea Party), Charlie Crane, Joan Fontcuberta y sus falsificaciones, los aficionados al skate en la Alemania comunista, Boris Groys y su Obra de arte total Stalin (2008): la profusión de figuras y de ejemplos a lo largo de este libro permite pensar que, si algo se le puede reprochar a su autor, es que a menudo parezca confundir comunismo con cultura soviética (o con estalinismo, por el caso) y la apropiación artística de los símbolos del comunismo soviético con la adopción de su ideología (prueba de lo cual es su afirmación de que la apropiación artística del marxismo y del comunismo en Occidente “no confirma ni la muerte definitiva [del comunismo] que tranquiliza a los cínicos ni la inmortalidad definitiva que consuela a los nostálgicos”).

En cualquier caso, El comunista manifiesto es un libro extraordinario, la importancia de cuyos interrogantes debería convertirlo en el primero de muchos acerca de estas cuestiones. De la Nuez acierta al sugerir en él que el “comunismo” de un texto no radica tanto en su uso de la iconografía comunista como en su contribución a la creación de una comunidad de lectores en el marco de la cual se dialogue acerca del “resarcimiento de una posibilidad, acaso minúscula, de vivir de otro modo”. Acerca de la urgencia de esos diálogos se refiere el ensayista cuando afirma ver en ciertas producciones artísticas como la del fotógrafo alemán (del Este) Andreas Gursky “una vida colectiva despojada de comunidad, lo que refleja no solo el fracaso del comunismo, sino también el del capitalismo”, un panorama que “ya no dispone de formatos institucionales en los que insertar las nuevas variantes políticas que han aparecido” y requiere, por lo tanto, nuevos y mejores diálogos como los que propicia este libro. ~