El fin del sueño americano | Letras Libres
artículo no publicado

El fin del sueño americano

A. M. Homes

Ojalá nos perdonen

Traducción de Jaime Zulaika

Barcelona, Anagrama, 2014, 650 pp.

Ojalá nos perdonen es la vuelta a la ficción de A. M. Homes (Washington, 1961), una de las escritoras norteamericanas más interesantes y menos remilgadas de los últimos tiempos. Después de La hija de la amante, donde contaba la relación con sus padres biológicos treinta años después de que su madre la diera en adopción y su obsesión por reconstruir la historia de sus dos familias, Homes se adentra de nuevo en el terreno que le gusta explorar: la complejidad de la familia, en su sentido más amplio y la distancia, a veces inabarcable, entre la imagen que mostramos de nosotros mismos y lo que somos realmente. Profundiza en diferentes tipos de perversión, aunque menos que en otras de sus ficciones (como El fin de Alice, donde daba voz a un pederasta, o en cualquiera de los relatos de Cosas que debes saber): tiene más que ver con el tímido optimismo de Este libro te salvará la vida. Homes deja que sea el protagonista, Harry Silver, quien cuente con un estilo depurado y casi seco cómo le ha dado un vuelco la vida en el último año, desde esa Noche de Acción de Gracias en que su cuñada le besa entre platos pegajosos y grasientos de relleno de pavo apilados en el fregadero. Un año después, la cena tiene lugar en el mismo salón, pero casi todo lo demás ha cambiado y tan solo repiten algunos de los comensales. “Desde el Día de Acción de Gracias y a lo largo de las navidades hasta el año nuevo, lo único en que pensé fue en George follándose a Jane. […] Pensaba en mi hermano follándose a su mujer… constantemente. Cada vez que veía a Jane se me empinaba. Me ponía pantalones holgados y plisados y un doble par de calzoncillos prietos para contener mi entusiasmo. El esfuerzo formaba un bulto y me inquietaba, me daba aspecto de haber engordado”, confiesa Silver en las primeras páginas. Ese párrafo condensa una de las constantes del libro: la contraposición, la convivencia de lo perverso con lo cotidiano; fantasear con la mujer de tu hermano y estar preocupado por que la erección te haga parecer más gordo.

George es el menor de los dos, es ejecutivo de televisión y tiene un aparato en cada cuarto, según Harry, porque no soporta estar solo ni en el baño. Conforme avance la novela, descubriremos que siempre ha sido un matón, un abusón incapaz de controlar sus arrebatos de ira. Harry da clases en una universidad mediocre, está cómodamente casado con Claire y lleva años tomando notas y acumulando datos y páginas para el libro que no termina de escribir sobre Nixon, su especialidad y su obsesión. Una noche de febrero Jane telefonea a Harry para que vaya a recoger a George a la comisaría, ella no sabe que ha habido un accidente: su marido se ha saltado un semáforo y ha chocado contra una furgoneta en la que viajaba un matrimonio con su hijo, que ha sobrevivido. A partir de ahí todo se precipita: George es internado en un hospital psiquiátrico porque la culpa le atormenta. “Sucede el accidente y entonces sucede. No sucede la noche del accidente ni la noche en que todos le visitamos. Sucede la noche siguiente, la noche después de que Claire me diga que no deje sola a Jane, la noche después de que Claire viaje a China. Claire se va de viaje, George va cuesta abajo y entonces sucede. Es lo que nunca nadie pensó que sucedería.” Y lo que pasa es: “Me acaricia, mirándome a los ojos. Y luego otra vez su boca se aprieta contra la mía y no hay manera de decir que no. Me arranca el pijama desde abajo, enseguida se me coloca encima, me cabalga. Exploto.” Y así, Harry pasa a usurpar el lugar de George, primero en el lecho conyugal. Una noche, George sale del hospital y encuentra a su mujer y a su hermano en la cama: con la lámpara de la mesilla golpea la cabeza de su mujer varias veces y él mismo le pide a Harry que llame a la ambulancia. La familia de Jane decidirá desconectarla de la máquina que la mantiene respirando después de donar sus órganos. Harry se convierte en el tutor de los hijos de su hermano, dos preadolescentes de los que no sabe casi nada y que están en sendos internados; Claire le exige el divorcio y su jefe le anuncia que no va a contar con él el próximo curso: a nadie le interesa Nixon, ni la historia ni el pasado. Como no hay redención sin caída, Harry se pasea por el lado oscuro: contacta con mujeres por internet para tener citas sexuales a la hora de la comida, se medica con lo que encuentra en el botiquín de George y sufre un ictus antes del primer tercio del libro.

Ojalá nos perdonen tiene sentido del humor, momentos hilarantes, dramáticos y emocionantes; es ácida y ágil y sabe contar la felicidad y la tranquilidad sin perder tensión narrativa. Es una novela ambiciosa y honesta en la que se diluyen los límites entre lo vulgar y lo elevado. Cuando Nate, el sobrino de Harry, está sufriendo un terrible episodio de gastroenteritis, reflexiona sobre lo que le ha sucedido: “Tú crees que tienes una familia normal […] Una llamada de teléfono y tu vida cambia… […] Voy a echar la pota.”

Homes ha recibido elogios por esta novela –también alguna dura crítica– que pertenece al género de eso que llaman “la gran novela americana”: a través de las peripecias se traza un complejo retrato de la sociedad. Además, algunas de sus referencias aparecen en la novela: Don DeLillo hace un cameo y se cita a John Cheever. Reflexiona sobre el amor y la familia, sobre qué es la felicidad y cómo a veces llega sin avisar y sin que vayan a buscarla. Y también es un análisis de la historia de Estados Unidos (“la [teoría sobre los presidentes] de que existen de dos tipos, los que practican muchísimo sexo y los que declaran guerras”), de la figura de Nixon y del sueño americano, cuyo fin certifica esta divertida e interesante novela. ~