El comienzo de todo | Letras Libres
artículo no publicado

El comienzo de todo

Félix de Azúa

Génesis

Barcelona, Literatura Random House, 2015, 192 pp.

Hay algo de maldición en la figura del escritor Félix de Azúa. Pocos como él han representado en nuestra lengua la búsqueda de eso que, románticamente, podríamos llamar “el ideal”, hasta el punto de que a veces parece ser un autor que no viniese de lo que se conoce como tradición española, sino de una línea que llegara de Hölderlin y de ciertas manifestaciones del idealismo europeo. Pero, a un tiempo, tras su periodo inicial entre los poetas “novísimos”, aquello que le va a hacer destacar y alcanzar celebridad es su vertiente desenmascaradora, cierta clase de inteligencia maldiciente. Ya en sus novelas predominaba su capacidad de análisis, de sátira y de diagnóstico de su época. Es raro encontrar a alguien que haya querido hablar tan en serio como él sobre poesía, a la vez que los dardos envenenados que salen de sus artículos sobre asuntos de actualidad alcanzan una difusión y un eco crecientes. Y sería inexacto decir que Azúa es antes una cosa que otra, porque es las dos. De modo que un autor tan poco salpicado de casticismo, o del realismo que hereda resentimientos, un autor de lo bendito, se abre paso entre los lectores como maldito –algo que, por otra parte, nada tiene de extraño, según aquello de Sade de que es el pervertido quien a menudo desarrolla un más agudo sentido moral, lo que vale también leído a la inversa.

Génesis, su última obra publicada, puede leerse, según se nos indica en la contracubierta, como “una novela como cualquier otra”, o como una posible tercera parte de sus particulares autobiografías, Autobiografía sin vida y Autobiografía de papel. En estas “autobiografías”, Azúa, catedrático de estética, lleva a cabo un brioso ensayo sobre el arte, como un brazo que saliese de su brillante Diccionario de las artes, vinculándolo a su propia vida y a la experiencia personal de lo que considera que es un fin de época. Reconozco que de entre estos volúmenes tengo predilección por el que quizá fue concebido de un modo más ligero, aquella Autobiografía de papel que procede de unos cursos de verano, y en donde el autor hace un repaso sobre sus fases creativas para explicar estética y espiritualmente nuestro último medio siglo de historia. Este Azúa culto y coloquial, que resulta íntimo y descarado a un tiempo, es de las mejores lecturas que uno puede encontrar hoy en nuestra lengua.

¿Y Génesis? Acabo de leer este libro y mi sensación primera es de un ligero desconcierto. Los capítulos alternan dos historias: de un lado, una cosmogonía, una reescritura del Génesis bíblico; de otro, una historia de amor, herencias y carreras de automóviles en la Venezuela de los años cincuenta. Ambas líneas acabarán confluyendo en este artefacto narrativo, convirtiéndose a la vez, visto en perspectiva, en una especie de ensayo o de poema. El asunto de la novela vendría a ser el odio y el mal, Caín, como motor de la historia, en continuidad con los descendientes en su búsqueda del camino de vuelta al paraíso, una ruta donde tendría lugar el arte. El libro puede leerse también, ciertamente, como un entretenido relato mitológico, entrelazado con una trama de exiliados adinerados. Su libro anterior, Autobiografía de papel, acababa, tras revisar el autor su propia vida, con estas líneas: “Ya que el final casi lo conozco, me queda ahora por explicarme a mí mismo cuál fue mi principio. Mi Génesis. Quede para más tarde.” Podemos entender, entonces, que esta novela es el “Génesis” al que se refería, explicación de sus orígenes, remontándose a la raíz misma de la moral humana y de la historia, con el relato de Adán, Eva, Caín y Abel. El libro tiene, como digo, algo de gran poema –sobre todo en las partes en que describe los orígenes del mundo–, y, desde luego, de novela –con una trama de vascos, criollos mezquinos y fabricantes estafadores–, con una dimensión, conforme se concluye este pequeño volumen, de ensayo, de modo que los tres géneros que resumen la vida creativa de Azúa están contenidos de alguna manera en estas páginas, como en un extraño testamento.

Hay momentos del libro, dentro del relato de tono mayor, en que el autor parece abrir paréntesis o ventanas que nos llevan a la actualidad, pequeñas referencias mordaces, pero Azúa no se aparta de su plan de relatar la epopeya de la humanidad –con una visión de la historia que a veces parece heredada del idealismo alemán– para explicar el presente y, en última instancia, a sí mismo –como parte de una deriva de la totalidad–. He dicho ya que hay algo de testamentario en este libro, no solo porque en él aparecen descritos distintos testamentos, desde el de Dios hacia los hombres, tras la expulsión del Jardín, hasta los de la trama empresarial que aparece narrada, sino por el tono conclusivo que tiene el libro en su conjunto, como si el autor se sirviese del relato, de la fábula, igual que se hace con los niños, para contar al final lo más importante. La conclusión, según esto, debería ser escrita como una historia. Aunque luego sucede que en todo relato, inevitablemente, se filtran lo anecdótico, el humor, lo contaminado de eventualidad, y nunca se llega, por más que queramos, a un punto que sea verdaderamente final.

Génesis se puede leer como un ensayo sobre Caín y el odio –y sobre el amor, por tanto–, un tema que era recurrente, como categoría estética, en su libro anterior: “los castizos se sometían con sumo gusto a la división cainita de izquierdas y derechas. Lo típico: católicos y judíos, ambos castizos, pero odiándose generosamente, estaban acordes en que los extranjerizantes no tenían lugar en la literatura española”; “Tengo para mí que la mayor influencia de los escritores americanos sobre los españoles fue, justamente, la liberación del cainismo.” Y reclamaba en esas mismas páginas un espacio realmente liberal: “En España se puede ser fascista, teocrático, estalinista o nacionalista: siempre tienes seguidores y periódicos que te jalean, pero no se puede ser liberal.” Entiendo que el fatalismo que este autor muestra tiene algo de irónico y de desafiante. El espacio que deja su guadaña es habitable. ~