El club de los canallas y El círculo cerrado, de Jonathan Coe | Letras Libres
artículo no publicado

El club de los canallas y El círculo cerrado, de Jonathan Coe

No debe ser sencillo ser Jonathan Coe. Es decir, no debe ser fácil habitar y escribir en un país marcado a fuego y tinta por las presencias constantes y ominosas de deidades superiores como Martin Amis, Julian Barnes, Ian McEwan y Salman Rushdie. Poco espacio, sí. Pero después de todo Coe (Birmingham, 1961) la ha tenido más fácil que otros talentos indiscutibles (como los de Jake Arnott, Tim Binding y Glen Duncan entre muchos otros, todavía a la espera de una merecida difusión internacional) y se las ha arreglado para ir haciéndose su sitio con ficciones a las que se podría calificar de ligeras y costumbristas y picarescas. Nobles entretenimientos y todo eso.

Pero lo anterior sería, claro, una forma fácil y errónea de etiquetar a un escritor mucho más raro de lo que parece y siempre moviéndose, inasible, en algún lugar entre las monstruosas criaturas abismales de Campos de Londres y alrededores y los tan bordes pero siempre simpáticos personajes de Nick Hornby & Co.

Visto y leído así, Coe es una mutación: sus primeros títulos abordan tramas que van desde los blues femeninos de The Accidental Woman (1987) o el ejercicio atomizado y metaficcional de A Touch of Love (1989) y el policial pop de The Dwarves of Death (1990) hasta llegar ya a ¡Menudo reparto! (su cuarta y consagratoria novela de 1994, una aproximación a los ambientes de Evelyn Waugh pero como si estuvieran filmados por Terry Gilliam) y La casa del sueño (de 1997, bestseller ganador de premios de prestigio en Francia, que no desentonaría, en adaptación madrileña, entre esos thrillers existenciales a los que cada vez parece ser más afín Pedro Almodóvar).

El díptico iniciado con El club de los canallas (2001) y que ahora se completa con El círculo cerrado (2004) es, hasta la fecha, la obra más ambiciosa de Coe a la vez que un nuevo intento de comprender las idas y vueltas de su país. Porque –por encima de todas las definiciones posibles– Coe es un atípico novelista político. Y si ¡Menudo reparto! apenas escondía tras su máscara gótico-familiar a un despiadado retrato y una feroz crítica de los supuestamente dorados años ochenta del thatcherismo, El club de los canallas empieza en Berlín en el 2003 y a las pocas páginas da marcha atrás y continúa –engañosamente— como una amable crónica de los setenta simbolizados en cuatro amigos de personalidades arquetípicas. Está el payaso de la clase, el artista torturado, el radical politizado y el soñador entregado a la poesía y, ugh, al rock sinfónico (una de las perversiones más claras de Coe quien también –como Hornby– ha incursionado en el mundo de la música y tomó el título de su novela prestado de un álbum de 1975 de la banda de culto Hatfield and the North). Y así rodeando a estos Cuatro Fantásticos –y a modo de soundtrack– estallan las bombas del eri, las huelgas, las políticas extremas en cuanto a la inmigración del National Front contempladas con la mirada clínica y la mano segura de alguien que también sabe cómo narrar la realidad. No en vano, Coe ha destacado como biógrafo de Humphrey Bogart, James Stewart y –con modales formidables e innovadores– del escritor maldito y vanguardista B. S. Johnson (la experimental Like a Fiery Elephant: The Story of B. S. Johnson, de 2004 es para muchos su mejor libro).

Y la confesa idea original de Coe era la de honrar a uno de sus ídolos –el Anthony Powell de los doce tomos de Una danza para la música del tiempo– y proponer un ciclo novelístico de seis volúmenes. Pero se lo pensó mejor y finalmente decidió eliminar las cuatro entregas centrales. Por lo que El círculo cerrado –con un audaz olímpico triple salto mortal y elíptico– opta por ignorar los ochenta y los noventa y nos devuelve a nuestros héroes veinte años más tarde, promediando sus cuarenta años, soportando la debacle de Tony Blair y arrastrándose desde el último día del Milenio hasta el 2004, cuando los programas de la televisión inglesa han mejorado pero los tiempos son más sombríos, porque lo que ahora se lleva son los terroristas suicidas.

Y así, de un modo u otro, todos –en especial el casi protagónico Benjamin Trotter, ahora empeñado en una imposible “novela con música”– han fracasado a la hora de llevar los ideales de la juventud a la supuesta madurez de la mediana edad. De ahí que –no por su culpa, sino por culpa de la no-ficción que la envuelve; y tal vez por eso la personalidad contemplativa y muy intimista y ajena a todo de The Rain Before It Falls, flamante y brillante y atípica novela de Coe, más cercana a lo que habitualmente suele hacer Graham Swift– El círculo cerrado sea casi un anticlímax. Aquí el círculo se cierra –la imagen aparece una y otra vez a lo largo del libro, como nombre de una sociedad clandestina de financieros liberales o simbolizando la imposibilidad de implementar políticas apropiadas y lógicas –no con el satisfactorio click de la misión cumplida sino con el crack de la derrota sin retorno. Algo que no termina con un bang sino con un gemido y una voz sentenciando: “La Izquierda se movió a la derecha, la Derecha se movió un poquito a la izquierda, el círculo se ha cerrado y todos los demás pueden irse a la mierda”.

El club de los canallas concluía en 1979 con la “segura derrota” –que, por supuesto, no fue tal– de Margaret Thatcher en las elecciones de ese año. El final de El círculo cerrado –donde ya no queda el consuelo de los pronósticos errados– ni siquiera gratifica con el ofrecimiento de un mega-villano al que detestar sin atenuantes. El Mal está en todos y en todas partes.

Lo dicho: un final que no es triste sino algo mucho peor. Algo que impedirá que todo esto llegue a la gran pantalla (aunque El club de los canallas ya haya sido adoptada y adaptada por la BBC). O tal vez sí: porque quizá uno de los placeres más inconfesables sea la de entregar unos billetes a cambio de comparar la altura de nuestra caída con la de otros. Y convencernos de que nos hemos hecho un poco menos de daño.

Ya se dijo: el final de esta historia no es un final triste.

Es un final infeliz.

La culpa de esto, me temo, no es de Coe sino –nos señala el autor– de la cada vez más empequeñecida Gran Bretaña poblada por engendros cada vez más parecidos a las de Little Britain, la genial y feroz serie de Matt Lucas y David Williams, tan cerca pero tan lejos de los encantadores mohínes de Cuatro bodas y un funeral o Love Actually,

Atención, sépanlo:

Aquí yace Hugh Grant.

Y no descansa en paz.

Pero tampoco es algo que importe demasiado, ¿no? ~