El aire de las montañas | Letras Libres
artículo no publicado

El aire de las montañas

“Todo es poesía menos la poesía”, escribió Nicanor Parra. La revolución parriana consiste en entender que “una lengua es el sonido de todos los que la hablan”.

Son importantes los saludos. Cumplo entonces con trasmitirle a Nicanor Parra uno especial, que ha remontado dos mil ochocientos años. Lo transcribo:

Porque no habrá allí más niño que viva pocos días,

ni anciano que no complete su tiempo; porque

será joven el que cumpla cien años, y el que no

alcance los cien años será considerado maldito.

Feliz cumpleaños entonces, Nicanor Parra, de parte del profeta Isaías. Isaías 65:20 exactamente. “Y el que no alcance los cien años será considerado maldito.” Como un maldito más de este mundo te mando igual aquí mis parabienes y para que veas que no te guardo rencor:

te regalo la luna

seriamente –no creas que me estoy burlando de ti:

te la regalo con todo cariño,

¡nada de puñaladas por la espalda!

tu misma puedes pasar a buscarla

tu tío que te quiere

tu mariposa de varios colores

Directamente desde el santo sepulcro

Es, claro, Nicanor. Personaje alucinante, que a los cien años recita de memoria en sus lenguas a Shakespeare, a Homero, a Maikowsky, El cementerio marino de Valéry, al mismo tiempo que repite una seguidilla de coplas populares que según él representan la expresión más alta porque, como exclama recalcando cada silaba, ¡carecen de pretensión artística!:

La mujer del carpintero

se fue con el ayudante

porque el maestro que tenía

ya no aserrucha como antes

Ese es el secreto: repite llevándose la mano a la frente: ¡carecer de pretensión artística! para agregar a reglón seguido: quien no se sepa de memoria Hamlet no puede ser un interlocutor válido. Me es imposible sintetizar todo lo que significa su obra; él liberó a las palabras obreras de la sumisión que le imponían las palabras sagradas devolviéndole la poesía a la vida y a nosotros un nuevo sentido de la libertad. En lo personal mi deuda con él es incolmable. Nada de lo que yo mismo haya podido hacer habría sido posible sin la lección de la antipoesía; pero no es solo eso, sino es su presencia y apoyo en momentos cruciales de mi vida. Son incontables imágenes de caminatas, de conversaciones y entre ellas las entrañables de una gira de lecturas que hicimos juntos en Uruguay en 1985, donde, al verme destrozado por una ruptura sentimental, me hizo la síntesis más perfecta que pueda hacer mortal alguno sobre la Ilíada. Solo dos líneas:

Cuando un hombre se va con la mujer de otro

arde Troya por los cuatro costados.

Para luego agregar el consuelo más alucinante que he escuchado en mi vida: “No te preocupes, ¡si al mismo Che Guevara la mujer se le fue con el cocinero de la guerrilla!” Son escenas con el antipoeta que me llevaré conmigo al otro mundo, a ese otro mundo del que solo sabemos que no existe. Me he permitido estos sentimentalismos porque el sentimentalismo, era que no, está en la matriz conturbada del antipoema:

AROMOS

Paseando hace años

por una calle de aromos en flor

supe por un amigo bien informado

que acababas de contraer matrimonio.

Contesté que por cierto

que yo nada tenía que ver con el asunto.

Pero a pesar que nunca te amé

–eso lo sabes tú mejor que yo–

cada vez que florecen los aromos

–imagínate tú–

siento la misma cosa que sentí

cuando me dispararon a boca de jarro

la noticia bastante desoladora

de que te habías casado con otro.

Como en la sentimentalidad demoledora del artefacto:

¿Y cuándo vas a volver?

¿Se me puso sentimental don Nicanor?

Voy a volver cuando se me pare la raja.

Búsquese en cualquier lengua la expresión más grosera y vulgar equivalente a “cuando me dé la gana” y se habrá traducido correctamente ese “cuando se me pare la raja” del artefacto parriano. Como es sabido, la propuesta de Parra fue gradual: primero se planteó frente a lo “artístico”, a lo literario poniendo en jaque todo lo que se entendía por literariamente “superior”, para mostrarnos en cambio los nuevos abismos que se abrían bajo nuestros pies; todo es poesía menos la poesía, dice uno de sus más célebres artefactos, con las armas de la carcajada y del estertor, de la mueca de aquel que sabe que la única diferencia entre la verdad y la mentira es que la verdad es una mentira peligrosa; se mata y se muere en nombre de ella.

Nicanor Parra, como lo hiciera un siglo antes Baudelaire en relación al Romanticismo, rompe así con la idea de la poesía como iluminación o videncia, para situarla como un oficio que comparte con los otros oficios la pluralidad de lo humano. En las antípodas de “Alturas de Machu Picchu”, ese poema cumbre de Pablo Neruda y de la historia de la poesía, la antipoesía le reintegra al poema su relación con el habla, al mismo tiempo que no elude ninguno de los temas abiertos por la llamada gran poesía, a la que, paradojalmente si se quiere, la antipoesía también pertenece. Es lo que se decanta de su poema “Manifiesto” publicado en 1969, donde, aludiendo a las obras de Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Pablo de Rokha, anuncia que los poetas bajaron del Olimpo:

Nosotros condenamos

–Y esto sí que lo digo con respeto–

La poesía de pequeño dios

La poesía de vaca sagrada

La poesía de toro furioso

 

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