Edificio, de Ana García Bergua | Letras Libres
artículo no publicado

Edificio, de Ana García Bergua

El que Ana García Bergua haya cursado la carrera de escenógrafa, aunque no se haya desempeñado profesionalmente como tal, explica probablemente el componente teatral de sus libros y, en especial, su cuidado en proveer a sus historias de un entorno muy preciso. Muebles, puertas, ventanas, pasillos, oficinas, calles, jardines y escaleras adquieren en su literatura un peso absorbente, conformando un espacio marcado por la rutina, una rutina hecha de multitud de cosas, de objetos, de encuentros y obstáculos, que impiden levantar la cabeza y preguntarse sobre el sentido de los propios actos. Si algo rige este mundo es el afán, la insatisfacción, el apremio y, como su contraparte, la búsqueda de placer y de caricias. Más agobiante es el trajín diario, más aguda la necesidad de consuelo físico. Por eso, sus personajes femeninos suelen ser más intensos e imaginativos que los masculinos; se avienen a lo que les ofrece la vida y saben hallar en ella una multitud de escapes y de acomodos; no aspiran a descollar ni a cambiar el mundo, sino a establecer con este un pacto de no agresión y de respeto de los límites establecidos; los hombres, en cambio, menos adaptables, carecen de plasticidad y sucumben a menudo bajo el peso de sus máscaras. En uno y otro caso, parece que no hay mucho que decirse, ninguna revelación importante que aguardar de los demás; de ahí la escasez de diálogos o la reducción de estos a fórmulas hechas para cumplir con los requisitos mínimos de la comunicación. Porque los personajes de García Bergua (ciudad de México, 1960) se relacionan no tanto con palabras, sino con las cosas que les pertenecen; estas conforman su apariencia, su rutina y, a la postre, su carácter. Así, el otro, el prójimo, no es sólo las otras personas, sino todas las cosas que lo rodean a uno, los objetos que uno usa, desde un tenedor hasta un departamento, desde un parque hasta la lima para las uñas. Los numerosos episodios colectivos en que se ven involucrados estos personajes, como fiestas, comidas, sepelios, bailes, ceremonias, representan, lejos de un reencuentro con la palabra, la claudicación de esta y la oportunidad de comunicarse de un modo más transparente y genuino. Hay un fondo carnavalesco en todo lo que escribe García Bergua, donde las miradas, los gestos, las insinuaciones adquieren más peso que los diálogos y los razonamientos. Sólo así la proximidad constante de los otros deja de ser una fuente de agobio y se convierte en liberación, liberación del propio teatro interior, por lo general desolado y reiterativo. Y en mostrarnos cuán pobres somos por dentro y cuán poco nos bastamos para prescindir del prójimo, la mirada de García Bergua es especialmente implacable. Su concepción de la vida se halla en las antípodas del misticismo, si entendemos por este la lucha del alma individual por despojarse de todo soporte exterior y mundano. Para García Bergua, sencillamente, el alma individual es una ilusión; todos somos habitantes de un edificio, o mejor dicho de varios edificios a la vez, de bullicios que se entrecruzan, molestos pero necesarios, asfixiantes pero protectores.

No extraña que, acorde con esta visión, uno de sus motivos narrativos predilectos sea el de espiar a los otros. Quien espía no está solo, o no sabe estar solo; se aburre y tampoco se atreve a salir de su ensimismamiento; por eso, mira ocultándose. En el mundo de García Bergua, todos aspiran a labrarse un nicho y a defenderlo, pero, ya en él, se sienten sofocar. A menudo, por ello, se disfrazan. Mejor dicho, viven perpetuamente disfrazados, no para ocultar lo que son, sino para disimular el hecho de que no son nada, o que así se sienten. Ahí está, como ejemplo, el reconocido escritor Álvaro Aldana, protagonista del cuento “Aldana y los visitantes”, que desaparece literalmente frente a todos aquellos que, atraídos por su fama, acuden a visitarlo; con un inocente “Espéreme un momento”, abandona la sala y reaparece a los pocos minutos disfrazado de una mujer alta de pelo negro que se hace pasar por la hermana del propio escritor, o convertido en un joven con gorra que se presenta como su sobrino, o en una mujer rubia y fornida que afirma ser su maestra de inglés. Detrás de lo que podría parecer una manía inocente, el cuento insinúa una verdad más incómoda: Aldana es un ser vacío que sobrevive sólo en virtud de sus transformaciones; yendo y viniendo, consigue no dejar de ser nunca Aldana, el afamado escritor, y como no sabe quién es, y le da miedo saberlo, sobrevive gracias a sus innumerables visitantes, frente a los cuales se eclipsa para adoptar otra personalidad y, minutos después, reaparecer convertido otra vez en su propia efigie inmutable.

Pero si el disfraz petrifica, también puede derretir la piedra en que uno se ha convertido por comodidad o por inercia. En el cuento quizá más perturbador del libro, “Páginas de amor”, protagonizado por un coronel retirado y su sirvienta, cuya relación se reduce a unas cuantas palabras imprescindibles, García Bergua nos muestra el poder liberador que late en toda escenografía. Es el viejo tema de la máscara que remueve una máscara más básica y profunda, la que hemos construido sin darnos cuenta. En este caso, dos seres inertes y grises, tocados por la mentira, se iluminan: la criada, de nombre Adira, accede a hacerse pasar por la esposa del coronel en una ceremonia militar donde este será homenajeado, y los dos cumplen diligentemente con su papel, incluyendo unos cuantos bailes del protocolario festejo; de vuelta a casa, a la desolada rutina doméstica en la que volverán a ser un patrón introvertido y una sirvienta silenciosa, de pronto el viejo y rígido coronel rodea delicadamente la cintura de ella y, sin pronunciar palabra, reanuda el baile en el estrecho pasillo del departamento, como si se hallaran en un fastuoso salón principesco. Es un gesto inspirado, que parece sorprender al propio narrador de la historia, uno de estos hallazgos que son la bendición de todo cuentista y que, al tiempo que resuelven una historia, arrojan luz sobre las otras. Porque lo que ocurre en el pasillo de la casa del coronel es un ejemplo más de esa mágica dilatación del espacio que es la constante que vertebra el libro y le otorga un aliento metafísico. Pero esta dilatación, que permite que el trasfondo de un clóset se traduzca en un secreto pasadizo para acceder al departamento contiguo, o un agujero abierto en el suelo conecte un departamento con el de abajo y permita a un marido bígamo resolver momentáneamente su compleja relación con sus dos mujeres, es sobre todo el reflejo de una apetencia de ser y de extralimitarse, de romper los muros y las convenciones (las convenciones que imponen los muros) sobre los cuales se asienta toda convivencia humana y todo edificio. Así, no es nada extraño que el sexo se cuele todo el tiempo en estas historias, no con fuerza transgresora y disruptiva, sino, acorde con el talante conformista de sus personajes, con la modestia de una fuga de agua, no por ello menos apremiante e incontenible. En suma, es como si la estrechez de la vida de nuestros modernos departamentos fuera la premisa de toda metamorfosis, de toda mutación profunda, y estas, a su vez, obedecieran a un anhelo de habitación infinita, de expansión dichosa sin peligro, que es el sustento psíquico de cualquier habitáculo humano; por eso, estos cuentos aparentemente realistas son en realidad fábulas y ensoñaciones. No hay en ellos la mecánica reseña de unas existencias superpuestas; no los anima la pretensión de construir, a través de astutas conexiones entre una historia y otra, una novela coral. El aliento de este libro va en el sentido inverso al de una edificación exhaustiva; desciende desde la azotea hasta los cimientos, a través de un movimiento regresivo, corrosivo y humorista. No asistimos a la complacencia de un constructor, sino a la obsesión de quien hurga y se adentra. Con ello, García Bergua se ha colocado en el mismo nivel de sus lectores y, sobre todo, ha conseguido convertir un simple edificio en un universo. ~