Dinero falso | Letras Libres
artículo no publicado

Dinero falso

 

Reseña ganadora del segundo concurso de crítica literaria convocado por Letras Libres.

 

Alan Pauls

Historia del dinero

Barcelona, Anagrama, 2013, 216 pp.

Historia del dinero cierra la trilogía de Alan Pauls sobre la Argentina de los años setenta, conformada además por Historia del llanto, novela que explora las relaciones entre la vocación política y la vocación lectora, e Historia del pelo, dilatada reflexión en torno al cabello y las obsesiones y significados que construimos a partir de él. Juntas, las tres novelas breves conforman una de las visiones más singulares que han surgido en las letras latinoamericanas en los últimos años. Desafortunadamente, más allá de la virtud equívoca que es la idiosincrasia –y que en este caso nunca desemboca en su realización plena, la originalidad–, Historia del dinero resulta una novela poco gratificante, árida, muy alejada del humor y el encanto que hicieron de Wasabi y El pasado las obras admirables y extrañas que son.

La apuesta de Alan Pauls (Buenos Aires, 1959) es ciertamente arriesgada. El método que ha elegido el autor argentino para la configuración de su trilogía es el de la aproximación indirecta. En lugar de introducirnos de forma inmediata en el mundo interior de sus protagonistas –en realidad siempre el mismo: hijo de padres divorciados, aficionado a las historietas y al cine, introvertido, desapegado– o en la realidad exterior que esta interioridad habita, Pauls coloca en el primer plano de su obra un tercer elemento –el llanto, el pelo y, en el caso de su última novela, el dinero– que funciona como puente hacia el núcleo de la novela. Así, la trilogía de Pauls resulta ser una suerte de imagen invertida, un negativo, del momento histórico en que sus personajes viven. La tensión entre el anverso y el reverso –entre el original y la copia, la autenticidad y la frivolidad, la legalidad y la clandestinidad– es, de hecho, una preocupación constante en las tres novelas. La trilogía de Alan Pauls comparte un aspecto esencial con la obra de su compatriota Ricardo Piglia: la ambición de narrar la historia secreta, la que se esconde detrás de la historia oficial y acaso sea la más verdadera de ambas.

Creo que son dos los aspectos que hacen de la lectura de Historia del dinero una experiencia esencialmente insatisfactoria. En primer lugar, la prosa. Historia del dinero –como Historia del llanto e Historia del pelo– se conforma de oraciones larguísimas, oraciones en las que la cláusula principal es interrumpida por cláusulas subordinadas que se multiplican sin cesar y que al final desembocan en un regreso a la cláusula principal. Ahora, está claro que todo recurso es válido dentro de una obra literaria, siempre y cuando este recurso responda a una necesidad real dentro de la obra. Podemos poner como ejemplo de esto a Juan García Ponce, que utilizó y perfeccionó oraciones de gran aliento que encarnaban a la perfección el carácter dialéctico –y las más de las veces circular– de su imaginación narrativa. Las largas oraciones de Alan Pauls, sin embargo, no parecen tener mayor propósito que su misma longitud. El estilo de Historia del dinero es retórico, en el sentido en que este término era entendido por Susan Sontag: hay una inflación de medios sin relación con los fines.

El segundo aspecto tiene que ver con la construcción de los personajes. Como en Historia del llanto y en Historia del pelo, la exploración de la sensibilidad del protagonista anónimo es uno de los propósitos centrales de la obra. Esta exploración, sin embargo, adolece las más de las veces de una falta de dirección. La virtud capital del narrador es el discernimiento: de la infinidad de detalles con que se puede llenar una novela, o con los que se puede construir un personaje, el narrador elige solo aquellos que aportan algo a la configuración del sentido total de la obra. En Historia del dinero el detalle gratuito abunda, especialmente en lo que al protagonista se refiere: el hecho de que el personaje nunca recuerda de qué lado meter la llave en el cerrojo, de que pasa horas en su cuarto escuchando Emerson, Lake & Palmer, el método que utiliza para pagar a los albañiles de su casa. Y los detalles que deberían ser significativos –el detalle insertado de forma casual por el que sabemos que lee todo lo que se le ponga en frente, por ejemplo– nunca encuentran un marco donde insertarse. El resultado es la sensación de que los personajes de la novela, y en especial su protagonista, no son más que un cúmulo de anécdotas, detalles y manías que giran en torno a un centro inexistente.

Historia del dinero es una novela inclasificable, no debido al peculiar mundo en el que nos introduce, sino a la profunda vaguedad que se esconde en el centro de la obra. Historia del dinero nunca se decide a ser nada: ni novela política, ni Bildungsroman, ni recuperación del pasado, ni investigación de la interioridad. En algunos momentos, los mejores, Historia del dinero logra algo parecido a la melancolía; la mayor parte del tiempo no pasa de ser una novela que se esfuerza demasiado en ser literaria y acaba siéndolo en el sentido más superficial del término: gesto vano, artificial, nimio. ~