Deudas y dolores, de Phillip Roth y Mueren más por desamor, de Saul Bellow | Letras Libres
artículo no publicado

Deudas y dolores, de Phillip Roth y Mueren más por desamor, de Saul Bellow

Resulta tan gracioso como triste pensar aquí y ahora –en tiempos en los que pequeñeces microscópicas de firmas livianas visitadas por personajes más livianos aún son entendidas por muchos como apasionantes ejercicios de gran literatura– que, en el momento de su aparición, la primera gran novela de Philip Roth y la última de las novelas “grandes” de Saul Bellow fueran consideradas obras fallidas o menores. Está claro que vivimos tiempos difíciles y que lo que se defiende aquí no es el volumen en páginas sino el tamaño de las ambiciones y la obligación de que el visitado por los personajes sea el lector. Está claro también que –con la perspectiva de los años– tanto Deudas y dolores como Mueren más por desamor no sólo han envejecido bien sino que se antojan mucho más sólidas, fuertes y enérgicas de lo que parecieron entonces.

Deudas y dolores (originalmente de 1962, alguna vez publicada en dos tomos como Niños y hombres en 1969 en aquella colección Reno, título original Letting Go, rebautizada para esta ocasión siguiendo las instrucciones del propio autor) fue el segundo libro de Roth, luego del triunfal y premiado y polémico debut de los cinco cuentos y nouvelle reunidos en Goodbye, Columbus (1959). La novela tuvo en su momento buenas críticas pero se le reprochó cierta densidad en su tono y forma (posteriormente Roth se referiría a su construcción con “bloques de consciencia”) en los que se extrañaba un tanto la contundente ligereza de sus relatos sobre judíos rebeldes intentando romper los moldes y cadenas de tradiciones varias. Más de cuatro décadas después, pueden apreciarse todavía mejor las intenciones –y la arriesgada jugada– de Roth. Tanto en Niños y hombres –como en la siguiente Cuando ella era buena, de 1967, su otra gran novela “olvidada” sobre parejas en conflicto, donde refina aún más el personaje/ente de la mujer fatal y fatalizante– a Roth no le preocupaba tanto seguir los dictados de idolatrados mayores como Bernard Malamud y Saul Bellow sino explorar otra región de la tradición literaria norteamericana más cercana al realismo mental de Henry James o a la denuncia doméstico-social de Theodore Dreiser & Co. Dos años más tarde, Roth descubriría para siempre lo rothiano con El lamento de Portnoy y abriría la puerta a varias obras maestras como Mi vida como hombre, La visita al maestro, La contravida, Operación Shylock, El teatro de Sabbath, Pastoral americana, La mancha humana, La conjura contra América y –apuesta segura– Exit Ghost, que aparecerá en ee.uu. en octubre de este año y donde dirá adiós a su alter ego Nathan Zuckerman. Hasta entonces, la visita o revisita a las idas y vueltas del luminoso joven Gabe Wallach (un romántico convencido que de que toda experiencia es útil y didáctica y que todo atolladero puede anticipar la inminencia de la libertad), atraído por ese voraz agujero negro que es el cataclísmico matrimonio de Paul y Libby Herz, permite recuperar a un Roth diferente, clásico, resistiéndose a las maniobras metaficcionales sin que esto signifique que nos encontramos frente a un escritor vacilante e inexperto. Wallach es un claro antecesor de Nathan Zuckerman y de David Kepesh, abundan los detalles autobiográficos (Deudas y dolores es casi una campus-novel, transcurriendo en buena parte en las universidades de Iowa y Chicago, donde Roth fue instructor) y, como bien afirmó Bellow en su momento, “a diferencia de aquellos como nosotros que arribamos al mundo aullando, ciegos y desnudos, Mr. Roth aparece de entrada con uñas, pelo, dientes, hablando coherentemente y escribiendo como un virtuoso”.  

Saul Bellow (así como Eudora Welty y Philip Roth, quien lo considera, a la par de Faulkner, como “la columna dorsal de la literatura norteamericana del siglo xx, uno y otro se constituyen en el Hawthorne y el Melville y el Twain de nuestra era”) ha sido el único narrador norteamericano (o, mejor dicho, “de Chicago”, porque en realidad Bellow era canadiense) que ha tenido el honor de ser adoptado, en vida, por ese glorioso canon que es la Library of America.

Y para cuando, en los próximos años, se publique el tomo que contendrá Mueren más por desamor (publicada en inglés en 1987 y editada por primera vez en castellano en 1989 como Son más los que mueren de desamor) está claro que nadie la pondrá a la altura de Carpe diem, Las aventuras de Auggie March, Herzog, El planeta de Mr. Sammler o la para mí insuperable El legado de Humboldt. Pero que sí estará muy por encima de Henderson el rey de la lluvia, El diciembre del decano, de las brillantes nouvellesUn robo, La conexión Bellarosa, Un recuerdo que dejo (reunidas junto a otros textos breves en el indispensable Cuentos reunidos), de la no tan lograda La verdadera y de ese canto del cisne que fue Ravelstein. Pensar en Mueren más por desamor –escrita en apenas seis meses, lo que la convierte en la novela larga menos “trabajada” de Bellow pero, al mismo tiempo, poseedora de la ventaja de que es la que más claramente nos permite vislumbrar el modo en que su creador piensa y asocia mientras crea– como en la última de las poderosas comedias intelectuales de Bellow. Bienvenidos aquí a un paisaje siempre convulsionado y donde las peripecias vividas por un sobrino (Kenneth Trachtenberg, profesor de literatura rusa) y su adorado tío (el genial botánico Benn “Benno” Crader) no sólo configuran una –otra– novela de ideas sino, mejor dicho, una idea de novela, de novela de Bellow. Ya se sabe: difícil de resumir, abundante en digresiones, con pizcas de cierta elegante misoginia muy bellowiana, sofocante por momentos, nutritiva siempre, mayor placer en releerla que en leerla y un mensaje final de compleja sencillez: de tanto en tanto, el que nuestro corazón se rompa es lo que nos permite seguir siendo humanos. Y, hey, si la cosa no resulta, siempre se puede huir a la Antártida. “Es un libro triste e indulgente consigo mismo”, apuntó un crítico. Pero lo cierto es que se trata de un libro muy divertido y, sí, indulgente con sus “héroes”… ¿pero qué libro de Bellow no lo es? Martin Amis, hijo espiritual adoptivo por decisión suya, lo defendió a capa y espada en una conferencia pronunciada en Israel (esta edición de Galaxia Gutenberg tiene la buena idea de incluir a modo de prólogo el texto de Amis hasta ahora sólo hallable en su recopilación de ensayos Visitando a Mrs. Nabokov) y la vida y la obra continuaron hasta alcanzar el, por entonces, todavía bastante lejano pero ineludible final.  

Rescatadas en tándem, vueltas a traducir, Deudas y dolores y Mueren más por desamor proponen, ahora, además, una nueva forma de aproximación. Una y otra novela –de maneras muy distintas– no sólo se ocupan, inevitablemente, de “lo judío” sino que, también, tratan del diagnóstico a fondo de un mismo síndrome: el complejo y en más de una ocasión peligroso vínculo entre maestros y aprendices. Y cerrada la obra de uno y con el otro aprendiendo –esperemos que sin apuro– los pasos para el vals del adiós, descubrimos que en la realidad ha ocurrido lo mismo que en estas dos ficciones: el discípulo ha superado al mentor y, posiblemente –como ocurre con Gabe Wallach o Kenneth Tratchenberg–, tal vez siempre haya sido el más sabio, el más talentoso y el que, finalmente, vive y sobrevive para contarlo. Todo. ~