Después de La sociedad abierta de Karl R. Popper | Letras Libres
artículo no publicado

Después de La sociedad abierta de Karl R. Popper

A mediados del año pasado apareció en español, en edición de Paidós, la selección de escritos sociales y políticos inéditos de Karl R. Popper, el más importante pensador de la ciencia de la historia pero más conocido por su obra La sociedad abierta y sus enemigos, escrita en Nueva Zelanda entre 1938 y 1942, publicada, entre rechazos y otros contratiempos, en Inglaterra en 1945, y referencia obligadísima para comprender los antecedentes y entretelones filosóficos de la formación y funcionamiento de los totalitarismos. La selección de los textos inéditos y la edición se deben al minucioso trabajo de Jeremy Shearmur, profesor de filosofía de la Universidad Nacional de Australia, y a Piers Norris Turner, estudiante de doctorado de filosofía en la Universidad de Carolina el Norte.

Los lectores de Popper no encontrarán en sus escritos inéditos deslumbramientos intelectuales; tampoco advertirán, en su correspondencia y discusión con pensadores como Julius Kraft, Rudolf Carnap, Friedrich Hayek, Isaiah Berlin, Ernst Badian y Herbert Marcuse ninguna pista para acercarse a su vida personal y familiar. Ni falta que hace: la lucidez intelectual de Popper lo refleja con más claridad que a otros en sus autobiografías íntimas.

Estos documentos inéditos publicados en Después de La sociedad abierta confirman la sencillez personal de un pensador sencillamente profundo. Sus recuerdos, sus cartas, sus conferencias y sus apuntes son algo así como el complemento de su autobiografía intelectual, Búsqueda sin término, un título que, además de bello, resume la actitud racional y crítica de quien tuvo el atrevimiento intelectual de escribir y suscribir la ecuación “Platón = Hitler”, en un momento (1938) en que el pensamiento filosófico y político bandeaba de una a otra irracionalidad: de la fenomenología de Husserl y sus seguidores (Heidegger como el prototipo del lenguaje oscuro), pasando por el intuicionismo antirracional de Bergson, y del dogma de la “verificabilidad” del Círculo de Viena a la sumisión irreflexiva de los teóricos del marxismo.

La ecuación “Platón = Hitler”, de apariencia descabellada según el autor, es deliberadamente provocadora. Antes que los atizadores iracundos se alcen contra esta supuesta irreverencia, los nuevos lectores deben acudir sin escalas a La sociedad abierta y sus enemigos y a Conjeturas y refutaciones.

Popper explica: La sociedad abierta y sus enemigos fue escrita como un esfuerzo de guerra, como un combate. Como se sabe, el libro llevaba originalmente un título diferente: Falsos profetas: Platón, Hegel, Marx. El libro fue rechazado, por el título y por el contenido, en una época en que las tensiones del final de la Segunda Guerra Mundial asustaban a la humanidad. El título era provocativo y Popper ensayó con Introducción a la filosofía social y Una filosofía social para el ciudadano, “o algo por el estilo”, dice. El título resultante fue afortunado: la sociedad abierta se convirtió desde entonces en una búsqueda sin término de pensadores y gobernantes.

Después de La sociedad abierta puede tener distintas contrariedades. En los documentos hasta ahora inéditos se puede ver, sin embargo, la recurrencia crítica de Popper al historicismo, al colectivismo y al antirracionalismo; y, con ellos, el examen de las profecías históricas, la defensa del individuo frente a abstracciones del tipo de nación, raza o clase, y la argumentación en contra de aquellas concepciones que hacen de la inspiración una guía más segura que la argumentación racional. Se suman aclaraciones para distinguir el racionalismo crítico, se reafirma la pertinencia de la refutación como método crítico de las hipótesis y teorías científicas, se descubren nuevos elementos para delimitar el concepto de “sociedad abierta”, se entrelazan las relaciones entre la sociedad abierta y el Estado democrático, se demarcan las nociones de ciencia y democracia, se proponen medidas prácticas para el desarme, se exalta y explica la tolerancia y sus límites, se argumenta contra el relativismo moral y, enmarcando todos los temas, se defiende la necesidad de la discusión crítica y racional de los problemas políticos y sociales como método para mejorar el mundo.

La discusión crítica es posibilidad de mejoramiento gradual y a la vez nos distancia de la violencia, dice. Discute los problemas de la explosión demográfica, la delincuencia internacional, las guerras religiosas y el poder de la televisión (dictó telefónicamente el último de sus ensayos, precisamente sobre la televisión, publicado originalmente en italiano). El poder de la televisión es enorme y puede ser peligroso, advierte. La propuesta popperiana de autorregulación de los medios masivos es, me parece, vigente.

Es de suyo interesante el intercambio de ideas y preocupaciones con Carnap y Hayek, el reconocimiento que hace de Hans Kelsen y de Bertrand Russell, su gratísima sorpresa ante los dos conceptos de la libertad de Isaiah Berlin, su pobrísima pensión anual de 1.200 dólares al año (1969), su insistencia razonada en que el “capitalismo” de Marx no ha existido nunca, sus observaciones acerca de los males que la democracia estadounidense ha evitado, gracias a la opinión pública... De principio a fin perseveró en la discusión racional y crítica. Crítica, dice, es sinónimo de racional.

La honradez intelectual de Popper es ejemplar. Escribió y habló (tuve la suerte de conocerlo y escucharlo) con una claridad inequívoca. En una carta que en principio no tenía intención de publicar (“Contra las grandes palabras” –1984–, en la que hace polvo los argumentos del dueto Adorno-Habermas), escribe que la responsabilidad del intelectual es presentar a la sociedad los resultados de su estudio lo más simple, clara y modestamente que pueda. Y termina: “Cualquiera que no sepa hablar de forma sencilla y con claridad no debería decir nada y seguir trabajando hasta que pueda hacerlo.”

Creo que el consejo nos viene bien a muchos. ~


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