Del lado de la demanda | Letras Libres
artículo no publicado

Del lado de la demanda

Juan Villoro

Arrecife

Barcelona, Anagrama, 2012, 239 pp.

 

Crimen en un recinto cerrado: el recinto cerrado es un hotel de la Riviera maya y es también el vasto mundo de la globalidad.

El buzo profesional Ginger Oldenville aparece muerto en el piso técnico de un acuario, metido en su traje de neopreno, con un arpón clavado en la espalda y “la expresión ilusa de quien mira una gaviota”. Pese a la atmósfera de encierro, mesméricamente lograda por Juan Villoro, o quizá gracias a ella, Arrecife no deja de sugerir que el mal que se propaga por las instalaciones de la ficticia torre de un singular hotel temático en el Caribe mexicano está allá afuera y no es menos protervo, todopoderoso e impune que el que propicia catástrofes como el hundimiento de la plataforma Deep Water Horizon en el Golfo de México.

El narrador de Arrecife es el exbajista mexicano Tony Góngora, émulo del finado Jaco Pastorius, estrella del heavy metal que en vida fue algo así como el Julian Bream del bajo fretless. Góngora es veterano de las guerras del rock en español de fin de siglo, alguien que confiesa no haber sido leal a ninguna droga porque, característicamente, “era adicto a la adicción” y cambiaba constantemente de sustancia. Rara vez he leído en nuestra lengua una geografía de la invalidez moral y la devastación mental que acompaña vitaliciamente al antiguo adicto tan profunda e inquietante como la que brindan las divagaciones del desmemoriado narrador de Arrecife.

La estrategia de Arrecifees paródica y uno de sus retadores modelos, aunque no el único, es el crimen con sospechosos confinados. El confinamiento obra también como una restricción estilísitica que avivará el goce del lector adicto a Villoro. Y esto es así, me digo, porque la prosa de Góngora no remeda las incoherencias de un “dañao”, ordenadas con más o menos astucia para fines narrativos. Al contrario, el cerebro del Dañao Góngora funciona tan bien como el de, digamos, Richard Feynman. Su habilidad para ametrallarte con ráfagas de asociaciones insospechadas es solo comparable a la del propio Villoro.

Muchas estupendas novelas arrancan con una escena en un bar –pienso en Tener y no tener, de papá Hemingway–, pero pocas escenas de bar atraparán al lector con mejor garra que el intercambio vespertino entre Tony y Sandra, la instructora de yoga estadounidense, sentados en la barra, al final del día.

Una canción del repertorio pop, indeleble a fuerza de sentimentalismo desvergonzado, un hit  muy tramolado durante décadas, roza en las primeras páginas el oído de Góngora, buscando mnemónica camorra “y el veneno que repudiaste cuando fue actual regresa como el maravilloso azúcar de los días perdidos”. Los días perdidos serán solo parte de lo que Tony ha venido a buscar en este enclave turístico cuya especialidad es algo que Mario Müller, el delirante factótum de La Pirámide, llama la “paranoia creativa”. Porque, lo sepa él o no, Góngora ha venido también desde una temporada en los infiernos a (re)conocer México.

En un galardonado texto periodístico, Villoro escribe:

De acuerdo con J.G. Ballard, “el hecho capital del siglo XX es la aparición del concepto de posibilidad real ilimitada. Este predicado de la ciencia y la tecnología implica la noción de una moratoria del pasado (el pasado ya no es pertinente, y tal vez esté muerto) y las ilimitadas posibilidades accesibles en el presente”. La técnica permite una gratificación instantánea de los deseos y altera las costumbres. Las redes de distribución del consumo y los inventos progresivamente baratos hicieron que el siglo XX desembocara en la impuslvidad creativa, donde la satisfacción es tan inmediata que resulta irónico que los Rolling Stones canten “I can get no satisfaction”.

Tal vez esa “impulsividad creativa” lleva a Mario Müller a concebir un resort que ofrece en sus paquetes algo más que turismo de aventura y poco menos que un tiro en la cabeza. Un club de riesgos donde las cosas pueden ir muy lejos para regocijo de los huéspedes, siempre, desde luego, que no haya muertos. Sin embargo, tan pronto comienza la acción de Arrecife, ocurren dos asesinatos. Averiguar “de parte de quién” mueren los dos empleados del lujoso hotel yucateco es lo que imprime tracción al relato.

Sostengo a ratos que el mérito mayor que puede tener una novela escrita a este lado de, digamos, 1950 –la fecha no es arbitraria pero nos llevaría muy lejos explicar por qué la invoco–, está en su poder de evocar simultáneamente motivos que provienen de ámbitos simbólicos diversos, de conjurar obras superlativamente memorables y, a su vez, rebosantes de sentido. Arrecife removió en mí, al leerlas, escenas de Sombras del mal, la torva ansiedad de El astillero y gestos de La invención de Morel que creía olvidados. Sin esfuerzo aparente, Góngora transmuta sus observaciones del clima y las personas y aun la Historia en deslumbrantes greguerías dignas de Gómez de la Serna, mientras la novela avanza hacia la soprendente solución del “caso Oldenville”. Pero hay algo que, para mí, singulariza Arrecife de entre toda la hermosa, hipnotizante producción de Villoro y es su posición respecto a la materia narrativa que pueden proveer el narcotráfico y sus alrededores.

Para ello inventa un hotel de prodigios –La Pirámide– que cabe sin reparos en la lista de los más inquietante hoteles literarios: el Stanley Hotel de The Shining, el Seelbach Hilton donde se casan Gatsby y Daisy, el Hotel des Bains del atribulado Aschenbach... Y el locus del hotel es una ciudad mexicana, costera y corrompida: “Los hoteles quebrados son perfectos para simular inversiones y llevar una contabilidad fantasma.”

“Este país se parece demasiado a sí mismo”, dice con sarcasmo el inolvidable Mario Müller explicando a Góngora su idea de la “paranoia recreativa”. “Ofrece demasiado pasado, pasado, pasado. Guitarras, atardeceres y pirámides. Los nuevos turistas quieren algo que no hayan visto los demás turistas.”

México y Colombia, por citar solo dos de nuestros países trágicamente estremecidos por el narco, nos han dado en las últimas décadas novelas que hierven de sicarios, barones de la droga y reinas de los cárteles. El método de muchas de ellas las hace a menudo indisti   nguibles de la crónica –hoy llamado “periodismo narrativo”–, absorta de modo natural en la dantesca teatralidad que cobra el narco entre nosotros. Sin detenerme a separar la paja del grano, me parece lícito llamar a esa vertiente narrativa “novela del lado de la oferta”. La expresión, tomada en préstamo a la jerga de los economistas, me permite señalar en dirección al mundo de las trapisondas, los policías corruptos, las decapitaciones.

Siempre sorpresivo y soprendente, Villoro se sitúa en el otro extremo, y no es exagerado decir que, al hacerlo, inaugura admirablemente con Arrecife la novela latinoamericana del lado de la demanda. ~