Cuentos completos I y II, de Manuel Mujica Lainez | Letras Libres
artículo no publicado

Cuentos completos I y II, de Manuel Mujica Lainez

 
     Manuel Mujica Lainez, Cuentos completos 1 y 2, prólogo de Jorge Cruz, Alfaguara, Madrid, 2001, 468 y 468 pp.
     Demiurgo y señorito

El escritor argentino Manuel Mujica Lainez (1910-1984) fue un viajero, un dandi y un exquisito, fanático de las colecciones y erudito pictórico, una figura no necesariamente simpática que combinó la altivez criolla con el cosmopolitismo, al literato de derechas con el poeta villano, al esteta cursi con el artífice novelesco, al señorito con el demiurgo. En sus novelas, cuentos y poemas decidió combinar, no siempre con tino, el amor mítico por la Argentina de los adelantados y de los conquistadores con una cultura europea cuya solidez no requería de pasar lista en los cenáculos. Mujica Lainez fue más un discípulo de Lugones que un amigo de Borges. Prefirió el cultivo de su linaje a la vida literaria, aunque no desdeñó ninguno de los privilegios que le granjearon su relativa soledad y su constante talento. Sin formar parte del grupo Sur, compartió con ellos las decisiones políticas y culturales más significativas: el antinazismo, la oposición al régimen del general Perón, la defensa de la libertad artística.
     A este touriste, silueta de un siglo que se aleja vertiginosamente, debemos uno de los libros majestuosos de la literatura hispanoamericana, Bomarzo (1962), novela histórica que protagoniza un ilusorio conde renacentista, tan perverso como contrahecho. Varias visitas a un castillo abandonado rodeado de monstruos de piedra, en la zona etrusca de Viterbo, a noventa kilómetros de Roma, incitaron a Mujica Lainez a escribir Bomarzo. En días como los nuestros, cuando la novela histórica se degrada hasta convertirse en un ejercicio comercial aderezado con recetas narrativas propias del más elemental de los talleres literarios, incitaría yo a tantos académicos y mercachifles a leer Bomarzo como penitencia.
     Bomarzo, censurada en Buenos Aires por inmoralidad cuando Alberto Ginastera la presentó como ópera en 1967, es el libro que aseguró la posteridad de Mujica Lainez. Pero sus Cuentos completos nos presentan una obra falible y compleja, indigna del recatado sitio secundario que ocupa. A fines de los años cuarenta del siglo XX, cuando Borges empezaba su extravagante revolución conservadora, Mujica Lainez eligió el anacronismo, presentándose sin rubor como epígono del criollismo hispanófilo de Ricardo Palma, Artemio de Valle-Arizpe, Enrique Larreta. Tras escribir argentinísimas biografías de Miguel Cané, Hilario Ascasubi y Estanislao del Campo, elogiar a su ciudad en verso (Canto a Buenos Aires, 1943) y en prosa (Estampas de Buenos Aires, 1946), Mujica Lainez publicó dos célebres colecciones de cuentos, Aquí vivieron (1949) y Misteriosa Buenos Aires (1950).
     Aquí vivieron recorre la historia argentina a través de las "Historias de una quinta de San Isidro, 1583-1924", mientras que Misteriosa Buenos Aires se propone un cometido similar, convirtiendo a la ciudad en un espacio narrativo autónomo. De la casa a la ciudad, entre el cuento y la novela, Mujica Lainez eligió dirigirse, con toda legitimidad, a un público amplio a través de una vocación nacionalista y popular. Como totalidad, ese proyecto requiere compartir cierto fervor de Buenos Aires que a muchos nos deja por fuerza indiferentes; implica no sólo la lectura de cuentos excepcionales, como "Los amores de Leonor Montalvo (1748)", sino pactar con el autor esa visión ya un poco atrita de la literatura como expresión del genio nacional. Y ese vetusto genio es aburrido e imbécil. Si tuviese que resumir todos los cuentos argentinos de Mujica Lainez en una frase, elegiría la portentosa obertura de La vorágine (1924), del colombiano José Eustasio Rivera: "Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia."
     A diferencia de Rivera o de José María Arguedas, el primer Mujica Lainez es un cosmopolita latinoamericano que, como el joven Borges, cultiva la violencia criolla como una coartada ideológica o estética premeditada. Ese legítimo artificio sirve para escribir cuentos estupendos sobre conquistadores tras el Dorado, viudas envenenadoras, poetas románticos consumidos por la acedía provinciana decimonónica, caballeros de horca y cuchillo o apuestos conspiradores independentistas. Pero pocos géneros tan exigentes como el cuento, donde cualquier titubeo distrae al lector para siempre, y nada más fácil para lograrlo que encorsetar colecciones enteras de relatos con una etiqueta de identidad. Identidad que en Mujica, es justo decirlo, estaba bien lejos de la pigmentocracia, consciente de que su tradición no podía ser otra que la hispánica. Orgulloso descendiente del imperio español, no en balde Mujica Lainez dedicó a Carlos v una fina viñeta, "El emperador", en Un novelista en el Museo del Prado (1984).
     Los mejores cuentos de Mujica Lainez lo revelan como un aventajado discípulo de Horacio Quiroga, tan ahorrativo al sumar y restar sus economías narrativas como audaz al rematar con dispendio una trama. Cuando Mujica Lainez se libera de sus proyectos y tan sólo narra, como en El brazalete y otros cuentos (1978), sabe honrar el dictamen de Héctor Bianciotti sobre él: "Escribía con la seriedad de un niño que se divierte." Pero como su maestro Larreta, Mujica Lainez sufrió la contradicción entre la fidelidad a las raíces criollas y el llamado de la selva europea. Por fortuna, el escritor argentino acabó por seguir el camino del Renacimiento y con Bomarzo —y El unicornio (1965), su novela medieval— reinventó zonas del Viejo Mundo como sólo los cosmopolitas latinoamericanos saben hacerlo. Entre 1962 y 1965 Mujica Lainez alcanza, en la novela, la cúspide como artista. Pero casi de inmediato reincide en el error de juventud, las colecciones temáticas de cuentos, y escribe un libro casi ridículo, las Crónicas reales (1967).
     Su enfadoso conocimiento de las estirpes dinásticas europeas, junto a una imaginación desaforada de tan fértil, lo hizo creerse capaz de inventar todo un reino imaginario orlado de príncipes violadores, picapedreros rebeldes y reyes acróbatas, una suerte de Gotha literario donde los apellidos compuestos fatigan tanto como los adjetivos. Crónicas reales es un inmenso y gemebundo pastel de bodas con muñequitos de plástico que sueñan soldados de plomo, obra indigesta más propia del lector de revistas del corazón que del touriste literario. Pero el talento de Mujica Lainez resistía sus peores caídas y en esas Crónicas reales hay un cuento, "Los navegantes", que no vacilo en incluir entre los más extraordinarios que he leído, una perturbadora fantasía digna de Swift.
     La gran ciencia de Mujica Lainez fue la pintura, cierta pintura europea que va del Bronzino a Watteau. A diferencia de su dudoso gusto por la heráldica, propio del señorito rastacuero, en la mirada encontró Mujica Lainez un auténtico método de conocimiento literario, como lo prueba Bomarzo. Esa manera de ver fue más allá de la erudición y le permitió realizar, en Un novelista en el Museo del Prado, un hermoso sueño de transmutación: hacer saltar, mediante sortilegios, a los personajes del lienzo, criaturas juguetonas que, a la hora de los fantasmas, abandonan la inmovilidad y se adueñan de ese museo madrileño que fue su casa de la vida.
     Se dice que hay poetas que valen por la totalidad de su obra y poetas de antología. El cuento, contra lo que pudiese dictar la comunidad de la prosa, está más cerca del poema que de la novela. La lectura de los Cuentos completos de Mujica Lainez, más allá de mis reticencias y mis enfados, valió por el descubrimiento de algunos relatos cuyo poder visual nunca olvidaré. Y hablando desde esa cuenta larga a la que todo crítico se debe, esos mismos Cuentos completos son una lección magistral sobre la miseria y la grandeza de la literatura latinoamericana del siglo pasado. En Mujica Lainez encontramos sufrimientos electivos que pudieron pertenecer lo mismo a un Arturo Uslar Pietri que a un Juan José Arreola; sus cuentos oscilan entre la nostalgia criolla y la vitalidad cosmopolita, van de la aparatosa violencia realista a la más perfecta y desenvuelta fantasía, del engorroso compromiso patriótico al calculado desdén del afrancesado y el diletante. En Manuel Mujica Lainez habitaron casi todos los demonios y los duendes que fueron nuestros. No pudo o no quiso excluir, como el Bosco, a ninguna criatura de su reino. ~