Cuando la muerte lo invade todo | Letras Libres
artículo no publicado

Cuando la muerte lo invade todo

Gabriela Ybarra

El comensal

Barcelona, Caballo de Troya, 2015, 171 pp.

El 20 de mayo de 1977 cuatro encapuchados que llevaban batas de enfermeros entraron en casa del empresario y político Javier Ybarra, en Neguri, para secuestrarlo. Eran miembros de eta político-militar. El 20 de junio, pocos días después de las primeras elecciones libres desde la Segunda República, se dio el aviso de que había sido asesinado. Los etarras habían solicitado mil millones de pesetas como rescate. El 22 de junio encontraron el cuerpo envuelto en un plástico en el Alto de Barazar. Javier Ybarra se había negado a pagar el impuesto revolucionario a la banda terrorista. Casi cuarenta años después, su nieta Gabriela Ybarra retoma el suceso para relatarlo en su primer libro, al que se refiere todo el tiempo como novela.

En la nota previa explica que “esta novela es una reconstrucción libre de la historia de mi familia”. Tal vez para explicar las zonas oscuras que no iluminará, advertir de las licencias que se tomará (aunque no especifica cuáles) y para justificar lo que deja fuera. Ybarra imagina la escena del secuestro de su abuelo. En su versión, los secuestradores dejaron que se vistiera y que se llevara algunas cosas (“un rosario, unas gafas, un inhalador y un misal”). Después, los captores sentaron a Ybarra en la cama junto a los cuatro hijos que aún vivían en la casa familiar, que estaban esposados a los barrotes. “El más corpulento de los hombres sacó una cámara de una bolsa de cuero negro que colgaba de su cintura y abrió el pasamontañas a la altura del ojo para asomarse al visor, pero ni mi padre, ni mis tíos, ni mi abuelo lo miraban. El encapuchado chascó un par de veces los dedos para captar su atención, y cuando al fin lo logró, apretó el botón tres veces.”

La primera parte de El comensal se centra en la reconstrucción de los días que siguieron al secuestro –utiliza documentación de los periódicos de la época y otro material bibliográfico, las cartas que envió el secuestrado a sus hijos, y reproduce algunas de las conclusiones del informe forense– y llega hasta el día en que la familia de la narradora abandona el País Vasco. “Durante los años más duros de principios de los ochenta, los llamados de plomo, los vecinos simulan que no pasa nada: juegan al tenis, toman el aperitivo, salen a navegar y visitan los merenderos de Berango. La tensión se esconde. Un coche en llamas, un muerto y a las pocas horas todo vuelve a parecer normal.”

La segunda parte está dedicada a la enfermedad y muerte de su madre, a causa de un cáncer de colon, y el posterior duelo. A través del relato de la convalecencia y del avance del cáncer, que termina con la paciente en seis meses, se perfila la historia de la familia: la madre, el padre, la hija mayor y dos mellizas; el traslado del País Vasco a Madrid; el alejamiento de los padres y el reencuentro durante la enfermedad y tras la muerte. Gran parte se desarrolla en Nueva York, donde la madre decide tratarse el cáncer. La narradora deja su trabajo y la familia compra una casa en Manhattan. Acompaña a su madre a las sesiones de radioterapia y juntas van a comer a restaurantes. Esta segunda parte contiene algunos momentos interesantes en los que explica con elegancia y sin circunloquios el cuerpo y cómo opera la enfermedad y el tratamiento sobre él: “La doctora Gene nos avisó de que la radioterapia le provocaría la menopausia. Luego nos contó que también se le estrecharía la vagina, y cogió un estuche verde que había encima de su escritorio. Lo abrió y sacó varios tubitos de diferentes tamaños envueltos en plástico. El más delgado tenía el diámetro de un rotulador permanente y el más grueso el de un calabacín. Mientras la doctora hablaba, mi madre se miraba la cremallera del pantalón.” Ybarra se arriesga y no teme caer en el sentimentalismo, cosa que sucede en ocasiones, y mantiene la dignidad de la enferma intacta. Es emocionante ver cómo la madre va perdiendo el pudor y cómo la enfermedad proporciona una extraña intimidad a madre e hija. Ybarra introduce fragmentos de un diario posterior a la muerte de su madre en el que la narradora vuelve por primera a algunos escenarios clave del proceso que arrastran el libro hacia la literatura terapéutica y lastran su emoción y potencia. El libro gana mucho cuando habla de cómo es vivir con la amenaza de muerte (de la enfermedad, de eta) y cobra fuerza cuando deja ver cómo la muerte de la madre resucita los fantasmas de la del abuelo y cómo padre e hija, separados por el discurrir de la vida, se reencuentran en el dolor y en el pasado. Sin embargo, esos detalles aparecen apenas insinuados: cuando la narradora le pide que le deje leer el diario de guerra del abuelo, el padre se niega, porque eso le pertenece: “Ese es mi terreno”, le responde. El padre también escribe sobre su pasado. Hay una especie de clímax sugerido: cuando la hija lee el borrador del proyecto al que su padre lleva años dedicado y le gusta.

El comensal tiene algunos momentos brillantes y grandes hallazgos (cuando la narradora imagina la vida de quien ordenó enviar un paquete bomba a su padre, cuando las vidas de asesinos y víctimas, que discurren aparentemente paralelas, se cruzan). Las conexiones que establece en ocasiones son demasiado sutiles o arbitrarias y no consiguen emocionar. Pero hay ecos y repeticiones cuyo significado comprende el lector: padre e hija vivían en Nueva York, respectivamente, en el momento de la muerte de su progenitor; van a visitarles unos amigos y compran en la mejor pescadería de Manhattan porque la madre ya solo puede comer proteínas mientras en España están juzgando a los miembros del comando que mandaron el paquete bomba. Aunque presenta algunos problemas de indefinición y a veces se tiene la sensación de que no se ha aprovechado todo lo que podía un excelente y delicado material, El comensal es un libro valiente en el que no hay sitio para la autoindulgencia. ~