Correspondencia, de Gustave Flaubert y George Sand | Letras Libres
artículo no publicado

Correspondencia, de Gustave Flaubert y George Sand

Cuenta Maupassant que un día, hacia el final de su vida, Flaubert abrió un baúl en que guardaba su correspondencia y se pasó toda la noche en vela destruyendo y clasificando cartas. “Ésta es de Madame Sand, escucha, me dijo, y me leyó un hermoso pasaje mientras repetía embelesado: ¡Ah! Qué gran hombre era esta mujer.”

George Sand había nacido en 1804. Flaubert en 1821. Sand era por tanto diecisiete años mayor que Flaubert. Se conocieron en 1857, en el transcurso de una representación teatral, como cuenta Albert Julibert en su epílogo, pero sólo a partir de 1866 iniciarían una correspondencia más asidua, que duraría hasta la muerte de ella en 1876. Sand y Flaubert no se vieron sin embargo mucho: algunas cortas estancias de ella en Croisset, algunos encuentros ocasionales en París, fueron todo, pero a juzgar por estas cartas se conocieron todo lo íntimamente que se pueden conocer un hombre y una mujer. A principios de 1884, cuatro años después de muerto Flaubert, su amigo y discípulo Guy de Maupassant publicaría las cartas de Flaubert a George Sand. Flaubert no era partidario, por decirlo suavemente, de que se publicase nada que no hubiera estado destinado a la publicación, y Maupassant, justo es reconocerlo, coincidía en este punto con su maestro; pero, con sabio y certero instinto, hizo esta vez una excepción, a la que debemos sin duda una de las cumbres de la literatura epistolar de todos los tiempos. No es ésta, sin embargo, una correspondencia literaria estrictamente hablando, a pesar de tratarse de dos especímenes literarios de pura raza. Por supuesto que aquí hay literatura, opiniones sobre las obras de los demás y sobre las propias, inapelables juicios de valor y algunas jugosas maldades, además de auténticas joyas del género epistolar, pero, como señala André Comte-Sponville en su encendido prólogo, hay mucho más que literatura; y eso es lo que sin duda va a agradecer el lector, cualquier lector, pues no hace falta ser un devoto de Flaubert o de Sand para degustar un alimento de primerísima clase como éste.

Para Flaubert fueron los años de la Educación sentimental y del San Antonio, de los Tres cuentos y Bouvard y Pecuchet, de los que habla con frecuencia a Sand. Ella, por el contrario, apenas menciona sus libros. Suele hablar más de su familia, de sus amigos, de sus ideas. Escribe artículos y publica cuentos en las revistas literarias de la época. Sand es más respetada que Flaubert, más querida, más influyente en los medios literarios. Él quiere escribir para todos los tiempos, ella sólo para el suyo. “Dentro de cincuenta años estaré perfectamente olvidada, o tal vez seré considerablemente incomprendida.”

Para tratar de comprender el efecto tan turbador que nos producen algunas de estas cartas habría que hablar quizás del extraño vínculo, por raro y poco habitual, que une a una mujer y un hombre que se admiran mutuamente más allá de sus respectivas obras. ¿Es algo más que amistad y algo menos que amor? Todo depende de la idea del amor y de la amistad que tengamos. Las afinidades son una cosa extraña, difícil de explicar. Hay afinidades de la inteligencia y afinidades del corazón. Pero también hay afinidades del temperamento. Y la asimetría, por lo demás, es capaz de anudar los vínculos más sólidos. Cuando Flaubert le escribe: “siento una repulsión invencible a poner sobre el papel cualquier asunto de mi corazón”, Sand le contesta: “No lo entiendo en absoluto, pero en absoluto. A mí me parece que no se puede poner otra cosa.”

El tono de las cartas es emocionante. Hay tanta calidez humana, tanta ternura en el trato, se muestran ambos tan desprovistos de toda cautela, de toda prevención, que el lector tiene a veces la impresión de estar cometiendo una indiscreción. Ambos eran plenamente conscientes de la enorme calidad intelectual y humana del otro. Ambos amaban, casi con exclusividad, las excepciones, tanto en el arte como en la vida, y ambos fueron, y lo siguen siendo, una excepción. Sand lo ama todo, y ama demasiado todo, “los bosques y los campos, todas las cosas, todos los seres que conozco un poco...” y eso explica según ella que “si no tuviera un gran conocimiento de la especie, no te habría comprendido tan rápidamente, conocido tan rápidamente, amado tan rápidamente”. Flaubert, por el contrario, no puede decirse precisamente que lo ame todo. Sin embargo, tanto en un caso como en el otro, las cosas no son exactamente así. Ambos son capaces de concebir un gran amor, pero también un gran desprecio por las cosas y las personas que consideran despreciables, que no siempre, sin embargo, serían las mismas. Las masas, los burgueses, el clero, la democracia, fueron constantes blancos de los dardos de una y otro.

En una de sus últimas cartas Sand habla de sus diferencias de temperamento que se resumirían a su juicio en que Flaubert odia la estupidez humana y ella no, es más, ella la mira con ojos maternales. Porque para ella la sabiduría lo es todo, y sólo la sabiduría nos permite comprender la vida, lo absurdo de la vida, y amarla sin embargo. Flaubert en cambio no ama la vida, sólo piensa en el arte. “Soy insociable, todo el mundo me parece idiota”. “Tú –le escribe Sand casi al final– con toda seguridad, vas a continuar en tu desolación, yo en mi consolación.” Le reprocha su tristeza, no su cólera que entiende muy bien: “Habría que encontrar el hilo entre tus verdades de razón y mis verdades de sentimiento.”

Las últimas cartas, tanto las de ella como las de él, siguen conservando el mismo tono de intimidad y cariño sinceros, pero son algo más desencantadas, sobre todo, y como era de esperar, las de Flaubert, que no encuentra ya ni el ánimo ni la energía para seguir viviendo, lo que en su caso significaba seguir escribiendo. Lleva ya tiempo arrastrando su proyecto imposible, que dejaría inacabado, Bouvard y Pecuchet, aunque también es verdad que ahora tiene otros motivos de preocupación más materiales. Se ha arruinado y teme perder Croisset.

La figura de Flaubert está sobradamente arraigada, no obstante lo cual estas cartas a George Sand le confieren algunos rasgos insólitos que la completan, rasgos que supo ver pronto una mujer que le amó: “Es usted uno de los raros que se mantienen impresionables, sinceros, amantes del arte, no corrompidos por la ambición, no embriagados por el éxito”. La figura de Sand en cambio se agiganta. La “inmensidad de su ternura”, su humanidad insobornable, su nobleza, su ingenio, que quizás sus obras no consiguieron reflejar del todo, aquí brillan con luz propia y llegan a fascinar. Y hay que agradecer a Albert Julibert no sólo su impecable traducción, sino la atinada y pertinente selección que ha hecho de una de las correspondencias más bellas que existen, a decir de André Comte-Sponville, y de quien esto escribe. Un libro inmenso, en definitiva. Un libro para releer como sólo lo son los buenos libros. Y un libro “para todos aquellos que tienen sed de lectura y que pueden aprovechar una buena obra”. Si los libros de cabecera son algo más que un tópico recurrente de lectores y escritores, esta correspondencia es sin lugar a dudas uno de ellos. ~